Alcohol, drogas y ansiedad: el coste de la crisis para los griegos

Un sintecho en Atenas. /Reuters
Un sintecho en Atenas. / Reuters

La recesión ha provocado que los licores vivan días de gloria y la aparición de una nueva sustancia en las calles de Atenas, la sisa, conocida como la 'cocaína de los pobres'

DARÍO MENOR

Hay una estampida en la calle Chalkokondili. «¡Viene la Policía!», grita una mujer con el rostro y el cuerpo marcados por años de drogadicción. Es una más del grupo de decenas de toxicómanos que salen corriendo por esta céntrica vía de Atenas. La parte final de Chalkokondili, con sus aceras porticadas y el antiguo hotel Ionis, convertido con la recesión económica en un albergue para indigentes, es uno de los puntos calientes del mercado de estupefacientes.

A cualquier hora es posible encontrar a hombres y mujeres tirados por el suelo, con el síndrome de abstinencia o consumiendo heroína o sisa, la nueva droga que ha surgido en Grecia durante la crisis. Es un cristal de metanfetamina que se fuma y resulta terriblemente adictivo, al que se conoce como la 'cocaína de los pobres' por su bajo precio. Además de ser un poderoso estimulante, también inhibe la sensación de sed, lo que puede provocar la muerte por deshidratación en sólo unas horas durante el sofocante verano ateniense.

Falsa alarma en Chalkokondili. Al final no aparece ningún agente y los toxicómanos retoman sus posiciones. Hay tanto griegos como inmigrantes, entre los que destacan los afganos, muchos de los cuales llegaron al país ya adictos a la heroína de su tierra. Mientras un chico de rasgos orientales fuma sisa en una pipa de cristal sentado en la acera, del hotel Ionis sale llorando una muchacha griega que un día debió de ser bonita, pero a la que la droga se ha ya medio comido. Le ruega al joven que le invite a una calada, pero éste se hace de rogar. Harto del jaleo, el dueño de una agencia de viajes situada en la esquina de Chalkokondili sale de su tienda y se pone a increpar a los drogadictos. Está claro que no es el mejor ambiente para hacer negocios legales, aunque la gente de la zona apuesta por una próxima intervención de las autoridades. «Han abierto al lado un hotel de cuatro estrellas y construyen otro, así que no tardarán en echar a los yonquis», dice Spyros, que vive a pocas manzanas.

«El centro de Atenas se ha visto muy golpeado por la recesión. Hay muchas tiendas cerradas y el mercado está moribundo, así que los drogadictos han ocupado el espacio que quedó vacío», cuenta el psiquiatra Konstantinos Kokkolis, director de implementación de programas en Okana, la organización estatal contra las drogas. «La crisis se ha notado en todos los aspectos. En los primeros años, entre 2009 y 2013, hubo un aumento terrible del sida. Pasamos de 10 o 15 nuevos cada año a entre 150 y 200. Muchos drogadictos no tenían dinero para comprar jeringuillas y las compartían, lo que propagó mucho la enfermedad. Por suerte el Estado reaccionó, invirtió en planes de prevención y volvimos a las cifras normales».

Futuro pesimista

Kokkolis no cree que hayan aumentado los usuarios de drogas duras durante la década de crisis y considera que habrá que esperar unos años para ver sus efectos. «Muchos niños inmigrantes que están hoy en los campos de acogida tienen un alto riesgo de acabar viviendo en las calles y consumiendo», advierte. Es en cambio mucho más inmediato el impacto de la recesión en el abuso del alcohol. «La gente cada vez bebe más y además consume bebidas de peor calidad, porque han aumentado mucho las destilaciones clandestinas de 'tsipouro', un licor local. El alcohol vive sus días de gloria durante la crisis, porque además ha bajado de precio».

La absoluta incertidumbre ante el futuro que atenaza a buena parte de los griegos ha aumentado mucho los niveles de ansiedad entre la población, señala Kokkolis. Caterina Pasa, psicóloga social que trabaja en Atenas, destaca por su parte los efectos de la recesión en dos sectores particulares: los jóvenes y los padres de familia. «Si tienes hoy unos 20 años la mayor parte de tus recuerdos son de un momento de depresión y pánico nacional. En esa situación resulta difícil pensar cómo vas a poder construirte un porvenir, cómo atreverte a imaginar algo diferente. Acabas viviendo al día», dice la psicóloga. Para los varones de mediana edad la situación económica puede tener efectos «desesperantes», porque sienten la responsabilidad «de sacar adelante a la familia y, a diferencia de las mujeres, les cuesta mucho más hablar de esta frustración y pedir ayuda».

No resulta difícil entender la desesperación de muchos griegos al escuchar la historia de una de las usuarias habituales del comedor social Kiada, el mayor de Atenas, gestionado por el Ayuntamiento y la Iglesia ortodoxa. «Es una señora de unos 50 años divorciada que tiene cuatro hijos. Ha perdido el trabajo y no se atreve a decírselo a los niños, así que cada día viene y se lleva cinco raciones, que mete en la olla antes de que ellos regresen de la escuela para que piensen que los ha cocinado ella», cuenta uno de los voluntarios del comedor.