La primavera saca del letargo a Mongolia

La tentación de una vida menos dura amenaza la supervivencia de los 400.000 nómadas mongoles./ZIGOR ALDAMA
La tentación de una vida menos dura amenaza la supervivencia de los 400.000 nómadas mongoles. / ZIGOR ALDAMA

Tras dejar atrás el crudo invierno y con la mejora del tiempo, los nómadas herederos de Gengis Kan buscan un nuevo asentamiento para el ganado. Les acompañamos en un viaje que cada vez hacen menos

Zigor Aldama
ZIGOR ALDAMA

«Ya ha acabado el invierno!». Uuganbatar Davaasurca proclama la llegada de la primavera mientras se despereza, a pesar de que fuera de la yurta que habita con su familia la temperatura es de 18 grados bajo cero. Aparentemente, ya es suficientemente elevada como para abandonar el campamento de invierno, situado en la remota estepa del oeste de Mongolia. Así que es hora de dejar el refugio que ofrece un rudimentario establo de madera y mudarse al asentamiento de primavera. Le acompañan su mujer, sus dos hijos, diez caballos, dos docenas de yaks y unas 500 ovejas y cabras. «Ha sido un invierno bueno, no ha hecho demasiado frío -la temperatura media ha rondado los 25 grados bajo cero, con mínimas de 42 bajo cero- y no han muerto muchos animales», cuenta.

No es fácil sobrevivir al invierno mongol. Es el segundo más duro del planeta, superado únicamente por el de la región rusa de Siberia. Aquí la temperatura no se mide en grados, sino en minutos. Concretamente, en los minutos que tardan en congelarse las manos y los pies. A 10 grados bajo cero se pueden aguantar varias horas; a 40 bajo cero, quince minutos son ya una hazaña. Sin embargo, Davaasurca es capaz de trabajar sin guantes aunque los primeros rayos de sol todavía no calienten. Con la ayuda de su mujer, Baigalmaa Rolom, no tarda ni media hora en desmontar la yurta, conocida en Mongolia como 'ger'.

Primero las capas de tela y fieltro que permiten sobrevivir al pie de una montaña en la inmisericorde estepa. Luego los pocos muebles de la familia y la estufa-cocina metálica con su chimenea. Finalmente, la estructura radial de madera y el rifle artesanal que utilizan para cazar los lobos que acechan a las ovejas. Todo ello se carga en el camión ruso de la familia, cuyo motor se tapa con una manta para evitar que arrancarlo se convierta en una odisea, como la de recorrer los cien kilómetros que les separan del terreno en el que volverán a levantar el 'ger'.

Davaasuren prepara un guiso ante la mirada de sus nietos.
Davaasuren prepara un guiso ante la mirada de sus nietos.

Son las 8.30 de la mañana cuando todo está ya listo para marchar. Lo último que se sube al camión son los corderos que han nacido hace unos días y que hay que tratar con especial cuidado. Sustituyen el calor de sus madres metiéndolos bajo el abrigo para hacer el viaje. Son casi como sus hijos. «El número de cabezas de ganado determina nuestro nivel de vida. En la ciudad la gente tiene dinero, que guarda en un banco; nosotros tenemos animales a los que hay que proteger para sobrevivir», explica Davaasurca.

Hace ya varias horas que su hijo mayor, Purevbat, salió a caballo con su abuela, Davaasuren, para llevar al resto del rebaño. Comenzaron a trotar antes del alba y llegarán cuando el sol se haya puesto. El camión los encuentra a medio camino, en un escarpado valle con montañas todavía cubiertas de hielo. Sonríen, y con el cambio de expresión se cae un poco de la escarcha que se ha formado en sus cejas. Cualquier persona de otro lugar habría descabalgado hace tiempo, pero para ellos no es más que un invierno templado.

Baigalmaa ordeña una yak; la riqueza de una familia se mide por su ganado.
Baigalmaa ordeña una yak; la riqueza de una familia se mide por su ganado.

No muy lejos de allí, Hurelbaatar Banzragch también ha decidido ponerse en movimiento. Y también considera la mudanza como algo rutinario. Al fin y al cabo, la familia cambia de emplazamiento seis o siete veces al año. «La naturaleza decide cuándo y adónde nos vamos. Necesitamos mudarnos para encontrar un lugar en el que los animales puedan comer, pero también debe estar resguardado en invierno y despejado en verano», explica este hombre de 52 años que se gana la vida con la lana de cachemira que vende.

«Nos pagan unos 64.000 tugrug (21 euros) por cada kilo de lana, y cada cabra produce en torno a 300 gramos. A pesar de que es poco, resulta más rentable que criar ovejas para producir leche y vender su carne. La vida es dura», reconoce Banzragch después de haber montado el 'ger' en apenas hora y media y con un vaso de vodka ya en la mano. Tan dura que cada vez son más los mongoles que abandonan la vida nómada y deciden echar raíces en las pocas ciudades del país. «Sobre todo los jóvenes. Quieren estudiar y ganarse mejor la vida. No se lo echo en cara, porque antes se podía vivir bien del ganado y ahora hay más oportunidades en la ciudad», comenta.

Poco a poco, la tecnología va calando entre los 800.000 nómadas que todavía habitan la tierra de Gengis Kan. No solo son habituales ya los vehículos con motor -antes toda la mudanza se hacía a caballo o con camellos-, sino que también proliferan las placas solares que han llevado la electricidad al 'ger'. «Han cambiado nuestra vida. Antes nos íbamos a dormir cuando se iba el sol, pero ahora podemos ver la televisión e incluso películas en un reproductor de DVD», cuenta su hijo, Delgersuren.

Purevbat galopa reuniendo la manada de caballos para el traslado a los pastos de primavera.
Purevbat galopa reuniendo la manada de caballos para el traslado a los pastos de primavera.

Pero es un arma de doble filo. «La televisión y los teléfonos móviles -aunque en la mayor parte del territorio no hay cobertura- han hecho que los chavales idealicen la vida en la ciudad, porque nunca se ve lo malo. Así que van allí a buscar trabajo y al final caen en el alcoholismo y la desesperación. Y no hay nada peor para un nómada que vender su ganado para cambiarlo por una casa en la ciudad. Así que nosotros seguiremos viviendo con la naturaleza hasta que nos mate de frío», sentencia Banzaragch entre risas y con los carrillos cada vez más sonrosados, fruto del gran contraste de temperatura y del sempiterno vodka. «Con algo nos tenemos que calentar», vuelve a carcajearse.

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