Las sanciones castigan a los enfermos de cáncer sirios

Varios pacientes del hospital Al-Bairouni. /Mikel Ayestaran
Varios pacientes del hospital Al-Bairouni. / Mikel Ayestaran

El hospital Al-Bairouni, centro oncológico de referencia en el país, sortea desde hace ocho años la guerra y la falta de material

MIKEL AYESTARANDamasco (Siria)

Durante los años de guerra, llegar al hospital Al-Bairouni era una tarea suicida. El principal centro de referencia público de Siria para tratar el cáncer se encuentra en Harasta, una de las localidades del cinturón rural de la capital donde más duros han sido los combates. Durante siete años, el personal y los enfermos debían atravesar una carretera tomada por los francotiradores, volaban entre disparos y bombardeos para llegar a un hospital que en múltiples ocasiones resultó dañado. «En todo este tiempo nunca hemos cerrado las puertas. Ha sido muy duro, nueve miembros de la plantilla han muerto, pero hemos conseguido seguir atendiendo a pacientes llegados de toda Siria», relata el doctor Ihab al-Nukari, director del centro desde hace cuatro años. Los combates han terminado en Damasco, pero ahora el hospital se enfrenta a la dureza de las sanciones que la comunidad internacional impone al Gobierno de Bashar el-Asad y que tienen un impacto directo en el sector de la salud.

El centro tiene 550 camas y en 2018 atendió a 8.000 personas, una cifra cada vez más próxima a los 12.000 casos que se atendían de media hasta el estallido de la guerra, en 2011. «La guerra lo cambió todo porque resultaba muy inseguro viajar y amplias zonas del país quedaron cortadas, por lo que puede que muchos enfermos hayan tenido que ir a tratarse a países vecinos como Turquía o Jordania», informa el director, quien asegura que «aquí recibimos a todos, vengan de donde vengan, de zonas opositoras o leales. El cáncer no hace distinciones». El de pecho, en mujeres, y los de pulmón y próstata, en hombres, son los tumores más habituales entre unos pacientes que no deben pagar por el tratamiento ya que todo está cubierto por la sanidad pública.

Necesidades urgentes

«Gracias a la ayuda de países amigos tenemos garantizados el 80% de los medicamentos, pero tenemos una necesidad urgente de importar cuatro equipos de aceleradores médicos lineales, básicos en la radioterapia. Por culpa de las sanciones no podemos renovar equipos desde 2011 y esto afecta directamente a la calidad de los tratamientos», lamenta el director, que muestra los impactos de proyectiles en su despacho, heridas de un pasado reciente visibles en varias zonas del edificio. La única ayuda recibida hasta ahora es un CT (un escáner) enviado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

«Lo más peligroso era la zona alta, las habitaciones del último piso fueron las más afectadas», relata un enfermero mientras abre la puerta de la habitación número 5 de la cuarta planta. Las camas son un amasijo de hierros, paredes y techos están picadas por la metralla y la ventana es una enorme abertura en la pared, como un mordisco violento e irregular. «Aquí había una persona ingresada, pero en el momento del impacto del mortero estaba en la sala de rayos. Eso le salvó, pero fue solo temporal. El cáncer se lo llevó pocas semanas después», lamenta el enfermero.

Arrasada por la aviación

En la sala de quimioterapia un grupo de mujeres conversa mientras reciben el tratamiento. Unidas por la enfermedad, charlan de la posguerra, de las dificultades económicas, de los seres queridos muertos, heridos o que han viajado a otros países, del bloqueo. todo bajo el ronroneo de un ventilador que hace soportable las altas temperaturas del verano. Aida Mohamed llega desde Raqqa, la antigua capital del califato establecido por el grupo yihadista Estado Islámico (EI), ahora en manos de las fuerzas kurdas y de Estados Unidos, «un camino de diez horas en autobús», señala esta mujer quien asegura que «en Raqqa no queda nada, es puro escombro y allí es imposible recibir tratamiento». Cihan Hakimi llega desde Sweida, ciudad drusa del sur, y pide «el final de la sanciones y del bloqueo, porque en lugar de afectar al Gobierno y a los altos funcionarios, lo que hacen es castigar a los ciudadanos de a pie como yo, a los enfermos».

Tras ocho años de conflicto, «el sistema sirio de salud está devastado. Más de la mitad de los centros de salud y hospitales públicos están cerrados o funcionan solo parcialmente, y más de 11,3 millones de personas necesitan asistencia médica, entre ellos tres millones que sufren traumatismos y discapacidades graves», alerta la OMS. El hospital Al-Bairouni lucha contra esta situación en medio del paisaje apocalíptico de Harasta, zona arrasada por el efecto de la aviación y la artillería. Las armas han callado en Damasco, pero la lucha contra el cáncer nunca se ha detenido.