Trump buscó desesperadamente la ayuda de los rusos

El presidente estadounidense, Donald Trump. /Ep
El presidente estadounidense, Donald Trump. / Ep

El informe del fiscal especial detalla su obsesión por encontrar los correos electrónicos borrados de Hillary Clinton y obstruir la investigación de la que ha sido objeto

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (EE UU)

Desde que lanzó su campaña, Donald Trump estaba obsesionado con obtener la ayuda de Rusia para vencer a Hillary Clinton. Tanto, que encargó a su abogado personal Michael Cohen que arreglase un cita con Vladímir Putin cuando visitase Nueva York para asistir a la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2015, pero entonces el magnate inmobiliario solo era un personaje de tabloides y 'reality show', el más impensable para ganar la nominación de los 17 que aspiraban a representar al Partido Republicano.

Contra todo pronóstico Trump los batió a todos y en verano de 2016 estaba ansioso por conseguir que alguien le pasara «trapos sucios» de Clinton para ganar las elecciones. «¡Rusia, si estás escuchando, espero que seas capaz de encontrar los 30.000 'emails' que faltan!», dijo en julio de 2016 en conferencia de prensa. Rusia estaba escuchando. En apenas cinco horas militares de la inteligencia rusa intentaron piratear el correo de la ex secretaria de Estado, según revela el informe del fiscal especial Robert Mueller hecho público este jueves. De hecho, los piratas informáticos ya habían accedido a los servidores del Partido Demócrata y el email personal del jefe de campaña de Clinton John Podesta.

Trump no se limitó a pedírselo a Rusia. Se lo encargó a su asesor Michael Flynn y a «múltiples personas de su entorno», dice el informe. Una de ellas, Barbara Ledeen, que trabajaba para el senador republicano Charles Grassley en el Comité Judicial, llegó a montar una empresa dotada con «decenas de miles de dólares» que proporcionó, entre otros, Erik Prince, el fundador de la empresa de mercenarios Blackwater, cuya hermana ocupa ahora la cartera de Educación en el gobierno de Trump. Esa empresa contrató a asesores informáticos que se dedicaron a buscar los emails personales que la ex secretaria de Estado había borrado de su servidor privado. Fue Ledeen quien dijo que rusos, chinos e iraníes podían tenerlos ya, porque alguien había irrumpido en ese servidor que Clinton instaló en su casa de Chappaqua. Peter Smith, otro republicano de pro que trabajó en este asunto con Ledeen, dijo haber contactado con piratas informáticos «afiliados a Rusia que coordinaban esfuerzos con la campaña de Trump», pero el fiscal especial no pudo verificar esa acusación. También él dijo a los donantes estar «coordinando» esfuerzos con la campaña de Trump. En una ocasión Ledeen creyó tenerlos en la mano, pero los expertos que contrató determinaron que no eran auténticos.

Fue después de ganar las elecciones cuando se supo el grado de intromisión que tuvieron los rusos en la campaña electoral, hasta el punto de que muchos se preguntaron si el candidato era un caballo de troya de los rusos. Cuando el fiscal general Jeff Session, que había sido su asesor durante la campaña, decidió excusarse de la investigación para evitar un conflicto de intereses y su adjunto nombró a un fiscal especial, Trump se desplomó horrorizado: «Estoy jodido. Esto es el final de mi presidencia».

Se equivocó, porque Mueller, abogado, fiscal, exmarine, republicano de pro y director del FBI con George W. Bush es, sobre todo, un institucionalista que quiso concluir su investigación con un respeto exquisito a las leyes y a los procedimientos. Por muchas pruebas circunstanciales que encontró, le faltó probar que Trump o su campaña se coordinaron directamente con los rusos. Si algo le quedó claro es que el mandatario hizo todo lo posible por entorpecer la investigación, pero no podía establecer su intención al despedir al director del FBI James Comey o buscar la dimisión de Sessions sin entrevistarle. Durante más de un año lo intentó sin éxito y llegó a considerar pedirle a un gran jurado que decidiese si le podía mandar una citación judicial para obligarle, pero los abogados de Trump dejaron claro que arrastrarían el caso hasta el Supremo, lo que retrasaría su investigación durante años.

Al final decidió exponer en su informe una decena de argumentos legales que justificarían la acusación de obstrucción a la justicia que acabó con la presidencia de Nixon y llevó a Clinton hasta una votación de impeachment, con la aparente intención de que el Congreso decidiera qué hacer. Fue, sin embargo, su superior William Barr, un cargo político designado por Trump, el que se atribuyó la potestad de decidir que el presidente «solo estaba enfadado y frustrado» porque había sido acosado sin descanso por la prensa y el FBI.

Barr ha intentado manipular sus conclusiones para conceder al presidente la «exoneración total» que ha clamado en Twitter, pero la publicación ayer del informe censurado saca a la luz las averiguaciones. Por si no fuera suficiente, el Comité Judicial de la Cámara Baja ya ha anunciado que llamará a Mueller a declarar para que explique él mismo qué quería decir con las afirmaciones que hace. Un sarta de pruebas y acusaciones que constituyen un tesoro para futuras investigaciones y que todavía podrían llevar a Trump hasta los tribunales cuando pierda la protección que le da la presidencia.