Melania Trump se convierte en la primera esposa de un presidente en pedir una dimisión

Mira Ricardel, a la derecha, junto al presidente durante una ceremonia hindú celebrada en la Casa Blanca el martes./Reuters
Mira Ricardel, a la derecha, junto al presidente durante una ceremonia hindú celebrada en la Casa Blanca el martes. / Reuters

El mandatario de EE UU, contrariado por los últimos escrutinios electorales, y su mujer exhibieron su mal humor durante el viaje a Francia

MERCEDES GALLEGOCorresponsal Nueva York

El Air Force One no debía de ser un lugar agradable el pasado fin de semana. Donald Trump estaba de mal humor. Sigue de mal humor. Los resultados de las elecciones que a priori creyó «un éxito tremendo» se han complicado con el conteo, que ha otorgado a una demócrata abiertamente bisexual el asiento de Arizona al Senado. El de Florida sigue empantanado en el recuento. La Primera Dama Melania Trump tampoco estaba de buen humor. La Casa Blanca no le da a su personal el lugar que merece durante los viajes.

En ese clima en el que Trump azota a todo el que se cruza con él, según reportaban ayer diversos medios, se coló el viernes una llamada de la primera ministra británica Theresa May, en plenos cielos del Océano Atlántico. Pretendía, según el Washington Post, aprovechar la oportunidad para congraciarse apelando a lo único seguro, su ego, pero no estaba el horno para bollos. La británica le felicitó por su «gran victoria» y recibió de vuelta un sonoro rapapolvo «por no hacer lo suficiente con Irán», contó The Washington Post. Según el rotativo está acostumbrada al carácter «grosero» de Trump, pero incluso con esas bajas expectativas los malos modales dejaron anonadados a sus ayudantes.

La cosa no hizo más que empeorar en los cielos lluviosos de París, donde escuchó el discurso de Emmanuel Macron contra los nacionalismos como un ataque personal. La decisión de esquivar el homenaje a los héroes estadounidenses de la Primera Guerra Mundial al no poder llegar en helicóptero fue suya, pero cuando vio las críticas que suscitó en las redes sociales lo pagó con el jefe de personal John Kelly, por no haberle hecho desistir. Kelly, un general retirado, acudió por carretera al cementerio ubicado a 80 kilómetros de Paris con el jefe del Estado Mayor general Joseph Dunford, al igual que Macron, Angela Merkel y Justin Trudeau, lo que dejó mal al mandatario estadounidense «que prefirió quedarse en su habitación viendo la televisión», tuiteó David Frum, que escribía los discursos de George W. Bush.

Trump estaba furioso. Ni a la primera dama le debía ser fácil hablar con él, en un momento en que prepara varios despidos aprovechando la coyuntura electoral. Si Melania Trump pensó que ese viaje a París le daría la oportunidad de convencerle para que se librase de la persona que más le incomoda en el Ala Oeste, al volver a Washington eligió otra vía. Su portavoz Stephanie Grisham forzó su salida al enviar el martes a la prensa un comunicado en el que por primera vez una primera dama pedía públicamente el despido de un miembro del gabinete , la asesora adjunta de Seguridad Nacional Mira Ricardel, «que ya no merece el honor de servir en la Casa Blanca». Firmado, Melania Trump.

La californiana de origen croata que sirve de mano derecha a John Bolton seguía ayer en su puesto, pero nadie apuesta por ella, porque no tiene más amigos que su jefe en el ala Oeste. Melania cree que es ella la que ha estado difundiendo rumores negativos contra otros miembros como Kelly o el general James Mattis, pero cuando se le cruzó definitivamente fue durante su viaje a Africa el mes pasado. Ricardel hizo público los detalles sin su consentimiento y luego amenazó con retirarle fondos si no le daba un asiento en el avión. En una inusual entrevista a ABC News, la primera dama admitió ser la guardián de su marido y hacerle saber qué gente no le merece confianza. «Se lo digo y alguna de esa gente ya no trabaja ahí», advirtió. La expulsión de Ricardel es, hasta ahora, su batalla más dura y más pública.

 

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