La noche de la Divina Misericordia

Una estudiante rescatada del cerco en la iglesia de la Divina Misericordia se emociona al encontrarse con una familiar de compañeros de encierro. /MARVIN RECINOS/ afp
Una estudiante rescatada del cerco en la iglesia de la Divina Misericordia se emociona al encontrarse con una familiar de compañeros de encierro. / MARVIN RECINOS/ afp

Dos jóvenes mueren dentro de un templo tiroteado durante 16 horas por paramiliares hasta que los obispos de Managua lograran negociar con el Gobierno la salida de más de cien estudiantes refugiados

MERCEDES GALLEGOEnviada especial a Nicaragua

Estaban muertos. Todos lo sabíamos. Lo habían gritado por las redes sociales a pleno pulmón con las balas pasándoles por encima, «¡Nos van a matar a todos! ¡Por favor, hagan algo, no nos dejen solos, vengan a apoyarnos!». Y aun así, escuchábamos estremecidos cómo se despedían de sus familias en Facebook Live, compartíamos los vídeos con horror, pero nadie se movía de casa.

Durante tres meses el despliegue del Ejército de paramilitares creado por el régimen de Daniel Ortega había cumplido con su papel de reprimir las protestas sembrando el miedo para forzar a la población a quedarse en casa a partir de las 4 de la tarde, so pena de perder la vida. En la última semana la represión se intensificó. Ortega quería zanjar la insurrección antes del 39 aniversario de la Revolución que celebrará el jueves, sin dar tiempo a la Organización de Estados Americanos (OEA) a ponerse de acuerdo en medidas punitivas contra su Gobierno.

Los escuadrones de la muerte actuaban ya con plena impunidad a la luz del día en las vías más concurridas, custodiados por la Policía, también enmascarada, que se encargaba de que nadie se metiera con ellos mientras completaban sus acciones sanguinarias a la vista de todos. Rodeados de gente y de coches parados en el semáforo, los agentes empuñaban desafiantes sus AK-47 y te miraban a los ojos a través de sus pasamontañas, forzando a mirar para el otro lado y seguir camino como si no hubiera cadáver en el suelo. «Me hierve la sangre», se revolvía un taxista humillado, sin levantar la vista. «Nos hacen cómplices de sus crímenes y te sientes un cobarde, pero es que al que se meta lo rafaguean. Y como te vean un teléfono te llevan».

Ese miedo mantuvo paralizada a todo Managua el viernes por la tarde mientras los chavales llamaban desesperados a las Embajadas de todo el mundo rogándoles que intercedieran por sus vidas. «¡Que paren esta masacre, por el amor de Dios», le suplicaba por Twitter el obispo auxiliar de Managua Silvio Báez al secretario general de la OEA.

Todo era inútil. Los paramilitares, bien armados y con botas nuevas, algunos con acento cubano y venezolano, según los estudiantes, coordinaron con eficacia marcial la toma de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), la última en resistir desde que se iniciaron las protestas del 18 de abril, en respuesta a las medidas de austeridad que encendieron la mecha del descontento. Desde las barricadas, seguían gritando, «¡Por favor ayúdennos! ¡Salimos a luchar por nuestra patria, ayúdennos! ¡Sólo el pueblo puede ayudar al pueblo, no nos dejen morir!».

La clave

16
horas duró el ataque de grupos paramilitares, con ráfagas intermitentes contra la iglesia Divina Misericordia de Managua.
Un asedio a sangre y fuego
El Gobierno negó el acceso a ambulancias y desoyó los intentos de los obispos para un alto el fuego
El grito desde las barricadas
«¡Por favor ayúdennos! ¡Salimos a luchar pornuestra patria, no nosdejen morir»

La Policía rodea la catedral a la que fueron trasladados los jóvenes.
La Policía rodea la catedral a la que fueron trasladados los jóvenes. / AFP

Retenes a punta de fusil

Los que nos atrevimos a salir en la oscuridad de la noche encontramos las calles desiertas con retenes policiales que, a punta de fusil, bloqueaban el tráfico y te obligaban a volver a casa sin mediar palabra. Todos entendíamos ya el lenguaje de los rifles, excepto el padre Raúl Zamora. En esas horas en que sólo se oían tiros y explosiones de mortero en el centro de Managua, su camioneta rescató a más de un centenar de estudiantes que huían de la Universidad y les abrió las puertas de su parroquia, la Divina Misericordia. Un nombre providencial para quienes estaban a las puertas del infierno.

Los últimos de la UNAN eran los más codiciados por el Gobierno de Ortega, que pretende atemorizar lo suficiente al pueblo como para seguir ejerciendo el poder sobre un cementerio. No iban a dejar escapar a los más revoltosos, los que iniciaron las protestas, los que, como Joseline Corea, se habían vuelto a las barricadas desde Costa Rica, a donde la mandaron sus padres para salvarle la vida, como a tantos jóvenes perseguidos por el orteguismo que han sacado del país.

Al pueblo le falta el aliento. A los paramilitares les sobraban balas y munición de guerra. Durante 16 horas interminables agujerearon la iglesia con los estudiantes y el párroco dentro, sin dejar pasar siquiera las ambulancias de la Cruz Roja que intentaron trasladar a los heridos, ni a los obispos que trataban de negociar un alto al fuego. Casi a medianoche se supo que EE UU había logrado negociar la salida de uno de sus ciudadanos atrapado dentro, el periodista del 'Washington Post' Joshua Partlow, el único que les servía de escudo humano. «¡Hay que salvar a los muchachos, no podemos dejarles morir!», gritaron los jóvenes que esperaban en la catedral a que las gestiones negociadoras de la Conferencia Episcopal dieran frutos.

Recuperada la autonomía de transmitir, el Canal 10 difundió su llamada para una caravana espontánea de ciudadanos que a toda velocidad tocando el claxon y sin pararse en semáforos o retenes llegó hasta los aledaños de la Divina Providencia. De pie, con banderas y cacerolas, a cinco metros de las camionetas policiales donde les apuntaban los agentes, y a cinco manzanas de donde sus compañeros creían vivir sus últimos minutos de vida, Ortega empezó a perder la batalla que creía haber ganado ese día rematando a los focos insurgentes.

'Nicaragua, Nicaragüita' sonaba por los altavoces, con Carlos Mejía Godoy suplicando al sandinista por televisión que detuviese la masacre. «¡El pueblo, unido, jamás será vencido!», coreaban los que iban llegando. «¡Democracia, sí, dictadura, no!», «¡El pueblo perdió el miedo!».

Gente reunida a la espera de que liberaran ayer a los estudiantes.
Gente reunida a la espera de que liberaran ayer a los estudiantes. / afp

«Asesinos corruptos»

En primera fila, golpeando con fuerza su cacerola frente a los rifles amenazadores, Juanita López ya no tenía miedo, sino ira y una deuda histórica que reparar con las nuevas generaciones. Fue ella la que puso «a estos asesinos corruptos» en el poder. «Luché contra Somoza, cumplí diez años en el Ejército, ¡yo creía en ellos! Nunca me imaginé que iban a ser igual de asesinos! ¡No podemos dejarles que maten a nuestra juventud».

Y no lo hicieron. «De aquí no nos moveremos hasta que dejen salir a los muchachos, ¡y los queremos vivos!», decía Lesther Alemán, el estudiante de 20 años que se ha convertido en líder del Movimiento 19 de abril. Eso era lo difícil. Dentro de la casa parroquial donde se hacinaban entre 100 y 150 personas los tiros no cesaban. Una bala explosiva prendió una cortina y el grito de «¡le han metido fuego a la iglesia!» casi provoca que la caravana se abalanzara sobre la Policía, pero otra voz, «¡han logrado apagarlo!» devolvió la calma. Al menos mientras las noticias seguían saliendo de dentro por los teléfonos móviles, cuyas baterías se apagaron como la esperanza cuando les cortaron la luz.

«A eso de las 5 o las 6 de la mañana pensé que ya nos iban a entrar a matar», confesó después Ludwing Moncada, de 23 años. «Perdí la esperanza y me eché a dormir, no había nada que hacer. Estuvo horrible». Acababa de ver a dos de sus compañeros caer redondos al suelo con un tiro certero en la cabeza. La iglesia era ya un colador, las ráfagas intermitentes de disparos se prolongaron 16 horas y fue entonces cuando se detuvieron de golpe. El nuncio del Vaticano, el cardenal y sus obispos habían logrado un acuerdo con el Gobierno de Ortega, que aguantó las presiones internacionales durante toda la noche. La población despertaba y crecía la multitud envalentonada alrededor de la iglesia. Tendrían que matarlos a todos si querían acabar con los jóvenes. «¡Nos van a sacar!», gritó alguien dentro de la casa parroquial. Y nadie aplaudió, cuenta Moncada. «Ya no sabíamos si podíamos creérnoslo».

Fue ya dentro de los autobuses escolares en que los trasladaron hasta la catedral cuando se permitieron llorar y abrazarse, algunos a moco tendido, «otros con los ojos aguaditos y un nudo en la garganta», contó el estudiante, que tampoco había dicho a sus padres que estaba en las trincheras de la UNAN. «Ahora no sé cómo les voy a explicar los balazos en el coche». La vida vuelve, y la lucha también.

Las monjas les daban el desayuno, ellos pedían un cigarro, «que estamos muy tensos», rogaban a los periodistas. «Ortega se ha quedado sin pueblo», sentenció Alemán, poco antes de que los paramilitares se despidieran de él con otra ráfaga de disparos. «Sólo es un vil capitalista que cuida de su dinero, a este pueblo nunca lo quiso. Ha tratado a Nicaragua como una hacienda y eso se va a acabar», prometió.

El obispo Silvio Báez, en una de sus intervenciones en la catedral de Managua.
El obispo Silvio Báez, en una de sus intervenciones en la catedral de Managua. / Jorge Torres/ efe
«Ortega le teme a la realidad y vive en un mundo de sueños»

En la Managua de la represión orteguista, son los perros, espantados por el ruido de las balas y los morteros, los que no dejan dormir, pero lo que le roba el sueño a monseñor Silvio José Báez son las caras y las noticias del día. Otro detenido al que liberar, mujeres suplicantes que intentan esclarecer el paradero de sus maridos, el pueblo desamparado ante la saña del dictador y hostigado por sus fuerzas parapoliciales, al que sólo queda la Iglesia. Y aunque él no es el cardenal sino el obispo auxiliar de Managua, el iPhone blanco que lleva en la mano y sus habilidades con las redes sociales le ha convertido en la cara más visible.

El viernes empezó el día en la paz del Seminario de la Purísima donde vive, una loma humilde pero paradisíaca a las afueras de Managua donde el intento de linchamiento del que fue objeto el lunes por las turbas de Ortega parece un mal sueño remoto que tiene muy presente. Y aún sin saber que en ese día una de sus parroquias sería acribillada a disparos durante 16 horas seguidas, ya reconocía que «vivimos un momento muy difícil». Sabía que el Gobierno apostaba al cansancio del pueblo al que somete desde hace tres meses con terrorismo de Estado y un ejército paramilitar que nadie tiene claro de dónde ha salido.

Como en Siria, Ortega apostó por responder con balas y mucha represión a las protestas de los estudiantes y luego optó por abrir las cárceles y dejar entrar a criminales de fuera para sembrar el caos y generar el terror, un poderoso instrumento para someter a cualquiera.

El obispo sabe que hablar claro le ha valido muchos seguidores en las redes sociales, pero también le ha traído muchos problemas en la vida. Cuando tuvo delante al líder sandinista se lo dijo a la cara: «Ustedes han manejado muy mal esta situación», le sermoneó. «Si desde el principio hubieran tenido gestos más humanos, se hubieran presentado de forma más humilde y hubieran rechazado la desproporción del uso de la fuerza contra la población, se habrían ahorrado los discursos virulentos y llenos de odio que lanzaron y en su lugar hubieran tenido gestos de misericordia y cercanía con el pueblo, probablemente estaríamos en otra situación».

El líder todopoderoso que ha gobernado el país de una forma o de otra durante casi 40 años, los últimos once de forma ininterrumpida, no le contestó. Se quedó mudo. «Creo que tiene miedo de la realidad», analizó el obispo. «Cuando se le presenta a la cara no tienen palabras, es a lo que más le teme. Le gusta vivir en un mundo de sueños, engaños, e ilusiones».

Ha conocido a poca gente «con una psicología tan compleja» y cree que uno de sus errores en este turbulento proceso que vive Nicaragua fue poner a la Iglesia al frente de la Mesa del Diálogo con la que pretendía dilatar la solución. Pensó que podría manipular a los obispos y no pudo. Desde entonces ha atacado a este teólogo ingeniero al que gusta la informática, empeñado en mantener la fe de su pueblo para que pueda continuar la lucha. Si logra que Nicaragua resista la tentación de las armas, cree que le habrá hecho un servicio al pueblo y a la humanidad demostrando que se puede lograr el cambio por la vía pacífica, sin importar la virulencia del régimen al que se enfrente.

Para eso necesita mantener él su propia fe y el silencio interior con que apacigua los fantasmas que le visitan de noche, cuando intenta conciliar el sueño. Ha cambiado de teléfono para no recibir más amenazas, ora al menos media hora por la mañana y media por la tarde y recuerda a sus pastores que si bien las balas pueden traspasar las sotanas, «no pueden destruir la fe de un pueblo ni el proyecto de Dios», asegura. Y el de Nicaragua parece estar inequívocamente desligado ya de los hilos de Ortega, por mucho que tarde en ceder.