«Mi nieto va a ser mi tercer hijo»

Génesis Valdez, con su bebé prematuro, una niña de un mes./FOTOS: JON G. ARAMBURU
Génesis Valdez, con su bebé prematuro, una niña de un mes. / FOTOS: JON G. ARAMBURU

Madres adolescentes hacen cola de madrugada en la clínica de maternidad de Caracas. Faltan médicos, fármacos y no hay repuestos para los equipos de exploración

JON G. ARAMBURUCARACAS

Adriana Gómez tiene 17 años y espera ya su primer hijo. Monta guardia junto a su madre a la puerta de la Maternidad Concepción Palacios, un centro público en el corazón de Caracas conocido, dicen las gestantes, por ser «el mayor paridero del país». El de Adriana -explica su madre porque ella no habla, solo sonríe- es un embarazo de riesgo, ya que esta adolescente sufre frecuentes ataques epilépticos y «desórdenes mentales moderados». Va a ser niño. Rosa Abache, la futura abuela, está más contenta que su hija y no cesa de repetir que «mi nieto va a ser mi tercer hijo». El padre de la criatura, todo sea dicho de paso, brilla por su ausencia. «Es el vecino y se ha desentendido de todo».

Pero Rosa no capitula: «Dios no le pone pruebas a nadie si no las puede superar», dice. A esta familia humilde la situación les va a acarrear por lo pronto un serio quebranto económico. Sólo el paquete de pañales cuesta entre 50.000 y 60.000 soberanos -como se conoce al nuevo bolívar-, cuatro veces el salario mínimo «y se acaba en un suspiro. Menos mal que le dará el pecho y no tendremos que preocuparnos de la leche hasta pasados seis meses», suspira. Sólo un sombra empaña su entusiasmo. La futura madre toma carbamazepina, un medicamento para combatir las convulsiones que puede representar un riesgo para el feto. Entretanto, Adriana tiene congelada la sonrisa. «Ella no está asustada, yo sí -dice Rosa mientras le acaricia la cara- porque sé la que se me viene encima».

La gerico-obstetra Sonia Sosa
La gerico-obstetra Sonia Sosa

Adriana es una más de la larga lista de futuras madres que hacen cola para su primera visita. Esta mañana han llegado alrededor de 30 en busca de cita, pero sólo entrará una docena porque no hay médicos suficientes. En la fila aguarda Yurbelia Urbina, 31 años, que lleva dos semanas tratando de hacerse un hueco entre las elegidas «para ponerme en control y que me abran un historial aquí». Trabaja de funcionaria y es de las que se crece ante la adversidad. «Si hay que luchar, se lucha -dice-. En este país, las preñadas tenemos que ser bravas». Lo mismo Jeisel Leal, que va por su segundo y ya ha dejado atrás las náuseas y vómitos. Todas se arremolinan en torno a la puerta y desbordan a un celador que trata, sin demasiado éxito, de poner orden en el caos. «Yo ya les digo, pero es que no me pagan bola», se desgañita.

Norelia Mago es la jefa de consultas del área de Prenatal y tiene ya establecida su propia estadística. «De septiembre a diciembre es cuando hay más partos, la mayoría salen de las vacaciones con un bombo». ¿Y qué papel juegan aquí los programas de planificación familiar? «Pues el que les dejan». Las madres desfilan por las consultas con un gesto de resignación. Saben lo que les va a decir el obstetra. Que tienen que comer hortalizas y legumbres, además de proteínas, carne, pescado, huevos... «Una alimentación equilibrada», dicen, pero inalcanzable para ellas y sus familias. «Los complementos vitamínicos, el hierro, el ácido fólico... todo cuesta dinero y eso es, precisamente, lo que no tenemos», dice Yestin Bermúdez, 27 años y que ya va por el tercer hijo.

Marilin Figueroa es enfermera y lleva 14 años al pie del cañón. «Se me parte el corazón cuando las veo aguardando desde las tres de la madrugada en la calle. Tienes que decirles a la mayoría que se vuelvan por donde han venido, que lo intenten mañana, que no hay recursos para atender a todas». Y ese es sólo uno de los problemas. «Aquí no hay ascensores y las pacientes embarazadas tienen que subir tres pisos, muchas cuando están ya de ocho, de nueve meses». No es que no haya medicamentos, «que tampoco». Las más elementales normas de higiene se vulneran constantemente. «No hay desinfectante para limpiar los pasillos, ni gel; tampoco con qué limpiar las batas ni las sábanas, así que las acostamos sobre papel».

Yurbelia Urbina, embarazada de siete meses.
Yurbelia Urbina, embarazada de siete meses. / JON G. ARAMBURU

Hace 15 años, la Maternidad Concepción Palacios funcionaba bien. Buenos médicos y equipos técnicos en consonancia. Ahora la situación ha cambiado, aunque todos los exámenes que se hacen siguen siendo gratuitos. «Hay más embarazos de adolescentes, quizá porque les dan un bono de ayudas y nadie se para a pensar que el gasto lo supera con creces», relata Figueroa. Por estos pasillos ha visto pasar a niñas de 12 años encinta «y hasta de 9, descuidadas por sus padres y violadas por desaprensivos». El aborto sólo está permitido cuando el niño viene con malformaciones, no en casos de violación «porque cómo lo pruebas». Literal.

Sonia Sosa, gineco-obstetra, lleva 43 años en el Concepción Palacios y es toda una institución en la maternidad. Mujer de firmes convicciones -«¿chavista?, yo soy de izquierdas»-, está orgullosa de pertenecer a un centro que atiende a mujeres con bajos -o nulos- recursos y que en el caso de las adolescentes les presta además apoyo psicológico. Su día a día es una batalla enconada contra el lupus, la hipertensión, anemias o cardiopatías, cuando no enfermedades de transmisión sexual.

Mujeres haciendo cola para pedir cita. Rosa Abache, mamá de Adriana, de 17 años y embarazada.

¿Qué le preocupa a Sonia? «La imposibilidad de diagnosticar esas enfermedades y de tratarlas como corresponde por las dificultades que plantea el bloqueo. ¿Dónde compramos los reactivos si son importados y no nos los venden? ¿Dónde los repuestos para los equipos que se estropean y necesitan mantenimiento?». Pero el problema va más allá cuando hasta un examen de laboratorio resulta un obstáculo difícil de salvar. Charlas de orientación familiar, planificación, apoyo psicológico... «Todos reciben un bono adicional para que mejoren su alimentación», aunque el dinero no siempre cumpla su cometido. Sonia asegura no saber ni lo que cobra en la sanidad pública, «es tan insignificante que ha dejado de preocuparme»; pero al menos está la clínica, su otro trabajo, «que me permite cubrir mis necesidades».

Nadie parece saber adónde va Venezuela. «Existe el riesgo de que todos esos interesados en apoderarse de las cosas que no hemos sabido defender, se queden con ellas. Pero, ¿qué culpa tienen esas pobres muchachas que esperan en el pasillo con un embarazo de riesgo?», clama. «¿Sabe? A veces la gente mira los cerros, los barrios de chabolas que rodean la ciudad y olvida que ya estaban antes de Chávez y de Maduro. Yo he llegado a escuchar a gente decir que no le importaba que hubiese monos, pero que lo que no quería es que bajasen. Eso es intolerable».

La Maternidad forma cada año a 24 especialistas, pero sólo se quedan dos; el resto se va a la privada o al extranjero. Pero si no hay equipos de exploración o los que hay carecen de repuestos para volver a ser operativos, ¿cómo renunciar a desarrollar tus facultades en otra parte? Las máquinas de ultrasonidos son quizá el ejemplo más sangrante: de las siete con que cuenta el hospital sólo funcionan tres. Y lo mismo se puede decir de los de monitorización fetal anteparto, que se utilizan para vigilar el bienestar del feto. «Teníamos once especialistas y ahora sólo quedan cinco, y de pasar consulta a 130 pacientes al día a poder atender sólo a 70. Así no hay manera de levantar nada», dice Sosa.

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