El milagro de la depuración

Pasar del cieno al agua limpia requiere de física, biología y química. España es líder en este sector clave para el futuro

ANTONIO VILLARREALTOLEDO
Muestras de agua y fango en el laboratorio de la EDAR de Talavera de la Reina. Óscar Chamorro./
Muestras de agua y fango en el laboratorio de la EDAR de Talavera de la Reina. Óscar Chamorro.

Profesionalmente hablando, a Paco Jiménez no le hace gracia el agua limpia. Como jefe de planta de la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) de Talavera de la Reina, Toledo, lo que más le consuela es recibir agua decentemente contaminada. «Ahora hemos tenido unos días con muy poquita carga. Están abriendo los riegos, los canales rebosan, y eso al final diluye mucho el agua que llega, con lo cual no hay tanta generación de fango», se lamenta.

Arturo García-Barroso, jefe de servicio de Aqualia en la localidad manchega, coincide: «El agua limpia es muy gratificante, pero esto es mucho más divertido». La planta que dirigen tiene el crucial papel de asegurar que todas las aguas residuales desechadas por más de 100.000 personas acaben en un estado cristalino e inocuo antes de ser vertidas al río Tajo. Los objetivos concretos para el agua que sale de la planta son de menos de 1 mg/L de fósforo, 10 mg/L de nitrógeno y 25 mg/L de DBO (demanda biológica de oxígeno), un pelín por encima del límite que separa el agua pura de la levemente contaminada.

Antes de llegar a la planta, las aguas residuales de la ciudad, el campo y los polígonos industriales, impulsadas hacia el mismo cauce, han pasado varios filtros. «Primero hay un pozo de bombeo donde, con una cuchara bivalva, recogemos arenas y residuos. Luego pasa un primer desbaste con una reja donde te encuentras cualquier cosa, de colchonetas a ramas grandes. Una vez me contaron que, en uno de los colectores grandes, encontraron un coche», dice Jiménez. Tras pasar por tamices cada vez más finos para ir reteniendo objetos, las aguas llegan a la EDAR y van a parar directamente a un último pozo de bombeo. En el punto de entrada, el líquido, negruzco con tintes rojizos, emite una notable pestilencia.

El ciclo comienza en los pozos de agua bruta, donde se divide en dos líneas idénticas de pre-tratamiento. En cada una, 4 bombas de 770 metros cúbicos a la hora «elevan el agua y la conducen a unos tamices rotatorios donde el paso de luz es de 3 milímetros», dice Jiménez. Los filtros atrapan objetos tipo colillas, palillos de dientes o huesos de aceituna.

En este punto, «tenemos un gran problema con las toallitas desechables, se venden como biodegradables pero luego es mentira, y causan muchos problemas de obturación en las bombas. Hace no mucho tuvimos que desmontar una y, por dentro, estaba totalmente maciza de estas toallitas», reconoce Jiménez.

El agua pasa entonces a un canal donde se le inyecta una corriente de aire mediante un soplante. Esto logra un doble efecto: las grasas emulsionan y flotan y, al mismo tiempo, las arenas se desprenden y bajan. Una doble rasqueta recoge entonces la grasa de la superficie y la arena del fondo y el agua llega a la parte más importante de la depuración.

El agua es trasladada a unos selectores anaerobios donde se mezcla con fango biológico. En la superficie suelen brotar espontáneamente las lentejas de agua formando un colorido manto verde lima. En la planta no las retiran, puesto que esta oscuridad en el fondo favorece la formación de biomasa.

Pura química

Desde aquí, la mezcla llega a unas piscinas concéntricas «donde hay zonas con y sin oxígeno para provocar la eliminación del nitrógeno, que en el agua residual viene como amonio por las defecaciones y la orina», apunta el jefe de planta. Unos tramos del carrusel constan de una membrana porosa por la que se inyecta oxígeno con una burbuja muy fina. Esto convierte al amonio en nitrato o nitrito, que al atravesar la zona sin aporte de oxígeno se reduce y pasa a gas nitrógeno, eliminándose con un burbujeo. «El mayor coste que tenemos en la planta es la electricidad para proporcionar oxígeno», dice Jiménez. El agua pasa 24 horas en movimiento dentro de este carrusel, propulsada por hélices sumergidas para que el fango no se decante en el fondo. «Aquí es donde ocurre el proceso de depuración», comenta Jiménez, «en los fangos activados hay protozoos, microorganismos, hongos y bacterias que degradan la materia orgánica creciendo como población». Esto propicia que se formen flóculos grumos y el fango se decante del agua, ya más transparente.

El agua de la planta ya cumple con los parámetros para volver al Tajo, pero una pequeña parte se destina a uso urbano, para regar parques o limpiar calles, por lo que requiere un afino extra.

Vuelve a pasar por unos filtros de anillas, de unas 20 micras de grosor, que retiene más sólidos y luego pasa por unos canales bajo unas lámparas de luz ultravioleta que esterilizan el agua. Finalmente va a un depósito donde se le añade hipoclorito sódico para mantener la desinfección. Es curioso, aunque el agua es ya ecológicamente estable para el río, sin contaminantes ni nutrientes, dice García-Barroso que «a los peces no les gusta nuestro agua». Prefieren la turbidez natural del río y por ello evitan frecuentar la zona de vertido. «Es demasiado clara».