Los venajos de Fuente del Moro cumplen su primer siglo de función social en Haro

Vista general de los venajos en la actualidad. /E. C.
Vista general de los venajos en la actualidad. / E. C.

Leopoldo González, concejal republicano y cronista de La Rioja, fue el promotor de los huertos comunales

ROBERTO RIVERA

Los venajos del Moro, la explotación agrícola que creó el Ayuntamiento de Haro para ofrecer a sus vecinos un complemento que permitiese aliviar su precaria situación, cumplen ahora cien años. Y la conmemoración de esa efemérides permite revisar, en consecuencia, una de las iniciativas sociales más sorprendentes de cuantas ha promovido el Consistorio jarrero a lo largo de su historia. Porque a ese objetivo, que pareció fundamental cuando se planteó en el seno de la Administración local, se sumaron otros cuando menos llamativos que se han ido olvidando con el paso del tiempo. Pero que resultaron determinantes cuando Leopoldo González Arnáez, concejal del Partido Republicano y periodista, planteó el proyecto en pleno en abril de 1919.

Sepan que entre los argumentos esgrimidos por el edil, que había cumplido en enero «sus bodas de plata en su cargo de redactor jefe de la sección de Haro de este periódico (La Nueva Rioja)», aludió por supuesto al beneficio material que reportaría a los futuros beneficiarios de cada una de las parcelas que proponía crear sobre cincuenta fanegas de tierra para su reparto. «La ejecución de este proyecto supondría un canon anual para las arcas municipales», aceptó de inicio. Y, al mismo tiempo, «un mejoramiento de los terrenos cultivados, un aumento progresivo en la producción y, como consecuencia, el abaratamiento de las plantas de abundante consumo como las patatas, las judías, las verduras, etc».

Pero con enorme repercusión demográfica y moral, porque la propuesta defendida ante los miembros de la Corporación no sólo pretendía alimentar el alma de los jarreros más desfavorecidos. Sino también el alma porque «se obtendría una limitación muy eficaz de la emigración de los campos a la ciudad, problema que entraña», apuntaba antes de hablarse de la 'España Vaciada', «profunda gravedad». Y, en última instancia, un «efecto moral sorprendente pues, ocupando al jornalero usuario en el cultivo de su huertecillo durante las horas libres, en los días festivos y cuando no trabaja a jornal, iría capitalizando su trabajo al mismo tiempo que le alejaría de las tabernas y de los garitos, ennobleciendo su condición de obrero y, estimulándose con el espíritu de previsión, fomentaría el ahorro y combatiría la mendicidad».

Que éste constituía un propósito de máxima relevancia para el representante de la formación republicana lo demostraría, meses después, la crónica en la que hacía referencia a la enésima de las huelgas convocadas en la ciudad, durante aquella etapa tan convulsa que tenía en pie de guerra a trabajadores de bodega, toneleros, peones agrícolas, peluqueros, barberos y hasta los herreros. «Solamente le falta al proletariado hacerse plantear una huelga que sería de enorme trascendencia. Nos referimos», apuntaba González, «a la huelga como puntos en las mesas de juego. El día que llegue esta huelga, los obreros de Haro conquistarían la simpatía del elemento sano de la ciudad, la tranquilidad de los hogares y la propia dignificación. Mientras no se decidan a obras así, es inútil que exijan aumento de salario, pues las pesetas que les concedan sus patronos irán a aumentar los ingresos de las timbas y de las tabernas, en vez de servir para satisfacer las necesidades de sus esposas y de sus hijos», reprendía abiertamente a su potencial electorado desde la minoría republicana en el Consistorio.

En ese clima es, pues, donde acabó tomando forma esta actuación que terminaría recreando en la capital riojalteña «una institución social tan importante como los huertos de obreros de próspera vida en Francia, Bélgica, Inglaterra, etc. Y de tradicional abolengo en las páginas gloriosas de nuestro colectivo agrario», después de presentar «el cultivo esmerado que reciben los venajos del río Tirón, como un ejemplo magnífico de lo que logra la humana voluntad en la lucha contra las fuerzas de la naturaleza y con los reveses de la fortuna».

«Para conjurar de esta manera la crisis económico-social, cuyo intenso desarrollo en nuestros días es motivo de justa preocupación para gobernantes y sociólogos», se dio luz verde en el mes de julio a la creación de los huertos comunales, realizando un primer ensayo con veinticinco fanegas, «dejando lo restante del prado, desde su entada por la carretera de Anguciana hasta el estrecho de la Fuente Nueva (del Moro), para el pastoreo y paso de ganados».

Aunque no todos los sectores afectados aceptaron de buena gana la puesta en marcha del proyecto. Antes fue necesario atender a los reparos de la Comunidad de Labradores, que encontraba tres obstáculos. Sostenían que la pradera de Fuente del Moro estaba declarada «dehesa boyal» y pertenecía al Estado; que se trataba del único prado de la localidad; y que el aprovechamiento de aguas pertenecía «a los terratenientes» y se actuaba sobre «terrenos improductivos».

Ninguno de los argumentos convenció al equipo de gobierno que aprobaría, seguidamente, el reglamento de concesión y uso de los huertos, contemplando que en caso de pedrisco, accidente fortuito o helada se condonasen las cantidades fijadas como canon anual, que las viudas de colonos con hijos pudieran acogerse a la concesión y que se prohibiese la explotación de remolacha.

Un bando de Alcaldía anunciaba en septiembre el sorteo de las parcelas, citando a los solicitantes. Y en diciembre ya estaban adjudicadas ochenta y nueve de las cien que se habían habilitado, con idéntica superficie, antes de ampliar el ámbito de actuación hasta las cincuenta fanegas que se habían reservado para hacer realidad un proyecto que sigue existiendo hoy.

Tal cual, lo recogen las crónicas.