Los 'picaos' se imponen a la ley de la lluvia

La lluvia obligó a cambiar el tradicional escenario. /Robero Ribera
La lluvia obligó a cambiar el tradicional escenario. / Robero Ribera

Suspendida la procesión de la Cena del Señor, los disciplinantes volvierona cumplir con la tradición al amparo de la Iglesia de Santa María la Mayor

ROBERTO RIVERA

La pasión envuelve a los 'picaos' bajo el tupido velo de la lluvia que ensombrece el perfil del Castillo y obliga a encerrar a los disciplinantes bajo las bóvedas de Santa María la Mayor. En la Villa Divisera se diría que este Jueves Santo llega tan cargado de ausencias que induce a sumirse, por ello, dentro de uno mismo para contar los segundos en el picoteo sordo de las gotas de agua sobre el empedrado que conduce a lo más alto de la mota, y en el golpe duro y seco de la madeja que se deshilacha brusca, e impenitente, sobre los lomos de quienes vuelven a prolongar un año más la ancestral historia de una tradición que cuesta situar en el tiempo y mucho más entenderla fuera de él, sostienen los abuelos.

Por abril, la Semana Santa llega cargada este curso de nubes y recuerdos que se desprenden para dulcificar la tierra, pero que alumbran gestos tristes que hablan de relatos personales asomados a los ojos de quienes miran el vuelo implacable del algodón para tratar de disiparlos de una vez por todas.

Se diría, en fin, que quienes ocultan sus ojos se hacen con todos los deseos y sueños de quienes les arropan para asestar con su batido de antebrazo el golpe certero que los acerque a la realidad, y que destroce los peores presagios. Se entiende, en fin, que la manifestación arraigada y preservada en la Sonsierra por la Cofradía de la Santa Vera Cruz de los Disciplinantes, interpretada en muchos casos desde la devoción, el poso cultural o la herencia de mil años, ha llegado a convertirse en un ejercicio de comunión. Entre quienes sostienen el castigo, bajo el anonimato de una túnica blanca, y el de quienes se asombran de que la práctica se mantenga viva.

Y al margen de las circunstancias.

A San Vicente le llegó, como a buena parte de la ribera del Ebro al que se asoma ufano y orgulloso de sus costumbres, un frente hecho de algodones negros de los que se escurría un caudal menudo, constante, pesado. Pero incapaz de impedir que los sonserranos volviesen a ser ellos mismos un año más.

Como en tantas ocasiones. Como ocurrió no hace demasiado tiempo. Como llegó a suceder décadas atrás, cuando las leyes obligaron a oficiar de forma clandestina una tradición que se mantuvo oculta entre los muros de la atalaya medieval que fue un día de Navarra. Los 'picaos' se hicieron fuertes en el templo parroquial del municipio, al albrigo del aire que arrastraba al agua. Y, sin recorrido por las calles de la villa, recorrieron los cincuenta metros que separa a Santa María de la Ermita de San Juan de la Cerca para asomarse a la multitud que hacía pasillo en el pórtico y toparse con la imponente magnitud del retablo que concentra el espacio, estirado hacia el cielo como la madeja que sueña con volar para estrellarse abierta sobre el espacio abierto en sus espaldas.

Se oyó decir entre los bancos de la iglesia que el ejercicio de la 'pica', encerrado en el verdugo que esconde la identidad de quienes lo mantienen tal como fue, y atrancada en la masa de oxígeno ya consumido que se apelmazaba en el templo, sin aireación y tomado por la gente, se hacía agobiante; que la cadencia se hacía mucho más asfixiante, de lo que acostumbra a hacerse, porque no se encontraba resquicio para la caricia del viento que acompaña, cuando es posible, a la procesión.

Es muy probable.

Pero la pasión de San Vicente se construye con metáforas y obliga a revisar lo evidente para toparse de bruces con lo esencial.

Bajo la capucha hay hombres y sentimientos. Y con ellos motivaciones que ayudan, si no a entender, sí al menos a respetar, el relato que les lleva a completar una etapa vital que muchos otros consideran trasnochadas. En el motor de quien se disciplina hay nombres propios, me cuentan; situaciones que exigen decisiones en firme y voluntad plena; ausencias que resultan imposibles de llenar si no es a base de esfuerzo. Cada uno es él y su circunstancia, asertaría Ortega y Gasset, y las circunstancias son fuente de energía infinita.

Por eso, ni la lluvia, ni las leyes de los homres, ni el paso del tiempo consiguen que deje de volar la madeja. Porque en sus alas están las claves, sostienen quienes las blanden contra ellos mismos, que ayudan a pensar que todo, absolutamente todo, es posible.