Un jarrero, el verdugo de Barcelona

Ejecución de Isidro Monpart en 1892, en presencia de numerosos barceloneses, uno de ellos un niño subido a un árbol. /E. C.
Ejecución de Isidro Monpart en 1892, en presencia de numerosos barceloneses, uno de ellos un niño subido a un árbol. / E. C.

Nacido en Haro en el año 1842, ajustició en el 'garrote vil', que él mismo modificó para hacerlo más letal, a entre 50 y 80 reos

FERNANDO DE LA FUENTE

Hace no muchas fechas recibí la llamada de un catedrático jubilado de la Universidad de Murcia, consultándome sobre un harense, nacido el 15 de septiembre de 1842 en la Calle de la Ventilla, llamado Nicomedes Méndez López. Desconocía entonces al personaje, que él consideraba muy importante y sobre el que estaba escribiendo un libro, desvelándome que había sido el famoso ejecutor de la justicia de la Audiencia de Barcelona y suplente de las de Valencia y Zaragoza.

En su Partida de nacimiento figura que Nicomedes fue bautizado por el teniente cura de la Iglesia de Santo Tomás Apóstol, Cristóbal Castillo, el 16 de septiembre, sin que exista más información en los archivos de Haro ya que junto a sus padres, Santiago Méndez y Paula López, naturales de los Balbases y su capital, Burgos, abandonaría la entonces villa a los doce años, por lo que sólo pude intuir que acudiría a las escuelas públicas de primera enseñanza, recibiendo clases del maestro José del Campo.

Para ilustrarme sobre su vida consulté diversos documentos que hacían referencia a su quehacer en escritos, de garantía, publicados en varios medios, encontrando datos muy interesantes y creo que inéditos en Haro.

Resumiendo su historia diré que ejerció primero como ayudante de los verdugos de Madrid y Ciudad Real, antes de conseguir plaza propia. Y que, según dice Joan Vendrell, era zapatero de profesión, hombre cordial y de carácter afable que en su tiempo libre se dedicaba, entre zapatería y cadalso, al cuidado de sus gallinas y a la cría de canarios, afición que compartía con el verdugo francés de la Bretaña Adolphe Deibler.

Como ejecutor de la Audiencia de Barcelona se inició ajusticiando en Manresa al bandolero y asaltador de caminos Panchamplá el 18 de agosto de 1878, jubilándose el 8 del mismo mes de 1908.

Durante su ejercicio introdujo la modificación del 'garrote vil', con un punzón accionado por el tornillo principal que rompía el bulbo raquídeo, logrando la muerte inmediata de los condenados, que de esta forma no sufrían una larga y penosa agonía ni tenían que ser rematados malamente en ocasiones, por lo que fue reconocido como el «genio del garrote vil». El primer ejecutado por este sistema fue, el 21 de noviembre de 1894, Santiago Salvador, el anarquista que el 7 de noviembre de 1893 había arrojado dos bombas en el Teatro del Liceo de Barcelona.

Nicomedes sería tan puntilloso y tan competente, y le apetecía tanto ser el número uno de su profesión, que para ello competió, sordamente, con Gregorio Mayoral Sendino, verdugo de la Audiencia de Burgos; Áureo Fernández, de la de Madrid; José Fernández, de la de Sevilla; y Saturnino León, de la de Cáceres, no llegando ninguno de ellos a ser tan reconocido.

Un personaje mediático

Leyendo la Vanguardia, en concreto la edición del sábado 16 de enero de 1892, el articulista Juan Buscón, tras comentar que la historia a veces se muestra grata y benéfica y en otras dura e impía, publicaba una entrevista con el jarrero Nicomedes, diciendo, entre otras cosas: «Fijé entonces mis ojos con viva curiosidad en el formidable funcionario, que me saluda atento, con sonrisa amable. Veo en él a un hombre de estatura regular, vestido sencillo y decorosamente, con el aspecto de un menestral endomingado. El rostro es apacible, sereno; con frecuencia risueño: sus líneas son regulares y correctas; los ojos pequeños, de un gris claro, miran con suma naturalidad, sin embarazo y sin osadía; un pequeño bigote obscuro cubre el labio superior; en suma, una de esas fisonomías como se ven muchas, sin nada verdaderamente distintivo y a las cuales aplicamos con tanta frecuencia como vaguedad el calificativo de simpáticas. Porque lo cierto es que en su aspecto, en su fisonomía, nada tiene el ejecutor de la justicia de esta Audiencia, que pueda llamarse repugnante»,

Contestó a sus numerosas preguntas, con serenidad. «Si todos cumplieran sus deberes de hombre como yo procuro cumplir los míos, no habría necesidad de mi ministerio y sobrarían las cárceles y sobrarían los tribunales», explicaba.

Su terrible oficio lo ejercía con la serena impasibilidad del hombre convencido; del hombre que lleva a cabo sin piedad, pero sin encono, el cumplimiento de la Ley. «No soy yo quien mata a ese desgraciado; no son los tribunales quien le mandan quitar la vida. El mismo es quien se mata con el crimen que cometió».

«Si no tuviera absoluta necesidad de mi sueldo para vivir, 165 pesetas al mes, si estuviera en situación independiente y desahogado, renunciaría a mi paga; pero no a mi calidad de ejecutor, porque creo de todas veras que presto un gran servicio a la sociedad». En este apartado, hay que añadir que cobraba un extra de 100 pesetas por ejecución.

Por esas fechas ya llevaba ejerciendo 27 años y «tuvo la idea de dedicarse a este oficio como pudo tener la de meterse torero u otra cosa». A la vez que comentaba, sin vanagloriarse, que ya llevaba 41 ejecuciones. Al final de su carrera, según diversas versiones, serían entre 50 y 80. Y la impresión experimentada en la primera había sido nula, ya que no hacía nada más que cumplir con su obligación. «Cuando una plaza de verdugo quedaba vacante, había nubes de solicitantes, entre ellos muchos médicos, y para triunfar se necesitaban influencias, recomendaciones y méritos».

Curioso. En aquella época, las ejecuciones eran todo un espectáculo que atraía a gran cantidad de público, quedando la actuación de los verdugos al reconocimiento o crítica de los asistentes.

Sin embargo su vida personal quedaría marcada por la tragedia, ya que perdería pronto a su esposa Alejandra Amor, con la que se había casado a los 17 años. Su hija Saturnina se suicidaría porque su novio la abandonó al conocer la profesión de su padre. Y su hijo, de no muy buenas costumbres, apareció muerto, al parecer tras un ajuste de cuentas.

En los últimos días de su vida, Nicomedes intentó abrir un espectáculo en el Paralelo barcelonés, el Palacio de las Ejecuciones, en el que era la estrella. Pero, al no prosperar la idea, se fue aficionando a la bebida y se instaló en una tasca de la calle Vila i Vilá, llamada Can Ramón, donde comenzó a dar charlas de noche, contando anécdotas de los criminales y sus ejecuciones a cambio de unos vasos de vino. Falleción alcoholizado el 27 de diciembre de 1912.

En fin, una historia para escribir un libro. Como hizo el novelista valenciano Vicente Blasco Ibáñez que, en su cuento 'Un funcionario', se inspiró en Nicomedes para retratar a su Nicomedes Terruño. O de Toni Orensanz, que le convirtió en protagonista del relato bra titulado 'Nicomedes, el verdugo diligente'.