Haro pide amparo de la Vega sin distingo

El paso de las instituciones, las asociaciones y los vecinos de la localidad confeccionó un manto de infinidad de colores a los pies de la imagen de la Virgen de la Vega. /Donezar
El paso de las instituciones, las asociaciones y los vecinos de la localidad confeccionó un manto de infinidad de colores a los pies de la imagen de la Virgen de la Vega. / Donezar

La ofrenda de flores concentra a buena parte de los jarreros, en un encuentro de fusión repleto de piropos a la patrona

ROBERTO RIVERA

De uno o de otro lado. De aquí o de allá. Progre o reaccionario. De un tiempo a esta parte, se simplifican tanto las cosas que la discusión parece resumirse en qué es blanco o negro, y si es mejor o peor ésto que aquéllo. Aunque con tanta simpleza se renuncie, inevitablemente, a la infinita riqueza que introducen los matices, al brillo que en las fotos de toda la vida aportaba la escala de grises.

En ese espacio de todo o nada, de tú o yo, de los nuestros y del resto, de incompatibilidad de caracteres, de renuncia al diálogo e imposición del poder, se agradece encontrar un punto de fusión que introduzca paleta de colores a las cosas, y ensamble al mismo tiempo piezas que en cualquier otra circunstancia podrían parecer irreconciliables.

Ahí es donde brilla, con la sencillez y naturalidad de un abanico de flores atrapadas con la mirada, la imagen de la Vega, como la de muchas otras imágenes y símbolos a los que se asoma el resto del planeta, para centrar la mirada, encontrar un punto de apoyo compartido por quienes de verdad se sienten de casa y sentar de esa manera las bases de la convivencia.

De todo eso fue la ofrenda que los jarreros dedicaron, un año más, a su patrona a la luz del día, y en los Jardines de la Florida, en una mañana de «emociones» que trataban de arrancar de su estampa gótica «una sonrisa», apuntaba Carmen Aduna, mirándola a los ojos mientras se asomaba a los suyos desde lo más alto de sus andas.

«Estemos donde estemos, hoy tenemos un pensamiento, un recuerdo, una oración, un suspiro para ti. Hemos pisado las uvas para hacerlas mosto; hemos cosechado la mies para ofrecerte estas primicias de la Rioja Alta porque es», remarcó la mayordomo de la patrona, «nuestra mayor ilusión».

Se trataba, dijo, de ofrendas que se presentaban a los pies de la advocación riojana implorando que siga protegiendo a los jarreros, «velando por sus vidas y esperanzas», acompañándoles «en el camino de la vida, ofreciendo consuelo en los momentos más tristes y difíciles» a los que deberán enfrentarse, si no lo han hecho ya.

Y lo pedía para todos sin entrar en distinciones, entendiendo que su manto, generoso, infinito y abierto, acabaría cubriendo a unos y otros, sean quienes sean.

Los sueños de quienes son o sienten Haro, y por fuerza de quienes dan pulso y vida a la ciudad, se fueron pintando por ello poco a poco, de ramo en ramo, y encontrando coherencia en la suma de todos los colores que introducían su donaciones en el paño extendido sobre los jardines gladiolos, azucenas, rosas, margaritas, crisantemos, hortensias, tulipanes y otras muchas variedades más.

Evidente. El macro de la imagen que buscaban los fotógrafos, tras la salida de la presidenta de la Comunidad, Concha Andreu; la alcaldesa del Concejo, Laura Rivado; los representantes de las instituciones de la región; cada una de las entidades que dinamizan la capital riojalteña; y hasta el último de los vecinos que quisieron sumarse a la convocatoria de la cofradía tras el desfile pausado de todos los colectivos del municipio, ganó en profundidad. Y en volumen y colorido. Porque muchos diferentes, demostró la última toma, acabna concentrando todas las verdades posibles, y haciendo incuestionable la cuestión.

Aunque a primeras horas de la mañana, dicho sea de refilón, se advirtiesen síntomas de desencuentro que la cofradía de la patrona contuvo con cautela, partidaria de mantener el espíritu fundamental del encuentro.

A la ofrenda floral, alentada por el 'Himno al vino' del sainete 'Vega, la jarrera', y algún pasodoble que parecía no venir al caso, se sumaron además los ganadores del concurso de piropos que se fue para Férez (Albacete) y regresó a Haro en manos de su ganador, José Antonio Martínez, bajo el lema 'Alauda arvensis'.

Él se encargó de dar voz en primera persona a los versos que el jurado consideró ideales para expresar el sentimiento del millar largo de personas que se concentraba a la sombra del Quiosco de la Vega, un año después con músicos y voces en su panza, después de cuatro temporadas de silencio.

«Virgen de la Vega hemorsa, patrona de los jarreros./Cada ocho de septiembre con amor te piropeo/ y te desgrano aleluyas cada alba del año entero,/ hosannas con ruiseñores que acicalan tu cortejo./ Con dulce mosto consagro tu corazón milagrero/ porque eres piadosa madre, jazmín que vino del cielo,/ luz de gloria que ilumina los pasos de mi sendero,/ alimentando mi vida con esperanza y consuelo./ Al cobijo de tu vega mi cebada y mi centeno/ son por tu gracia divina trigo candeal y moreno./ ¡Que vengan verdes abriles, que lleguen julios trigueros,/ que las vides generosas traigan septiembres uveros,/ que no se acabe esta dicha, que no termine el festejo/ y que te loemos siempre las jarreras y los jarreros».

Eso dijo el poeta, mirando sin pestañear a los ojos de la patrona, después de reconocerse de Férez (Albacete), pero con domicilio en Murcia y trabajo en Cartagena, expresando su deseo de ser considerado después de dos años de participación en el encuentro un jarrero más.

Habló en esos términos con verso endecasílabo, y después de una previa repleta de anécdotas y sonrisas. Y, tras el himno a la patrona y la ciudad, Haro se convirtió en fiesta por completo. Porque todas sus calles se convirtieron en hervidero.