San Felices transita triste por Haro

Baile en honoer del patrón. /Donezar
Baile en honoer del patrón. / Donezar

Esquizofrenia total en el día grande de las fiestas de la localidad jarrera: la procesión hace hueco al director de la Banda de Música pero sin sus músicos

R. RIBERA

Querido y admirado, al mismo tiempo, paisano. Como quiera que se cuenta que su merced, alumbrado en estos pagos en tiempos del arrianismo, decidió en su día hacer el macuto y alejarte de este espacio de discordia que se aliñaba, ya por entonces, con ciertas dosis de ingratitud, me atrevo a contarle, no sin dolor, que en la celebración de su fiesta, día grande a todas luces y durante muchos siglos, los jarreros asistieron ayer a un festejo triste, sin lustre ni brillo, sin la música que interpretan los músicos de su Banda y la nuestra, sin que nadie acierte a entender por qué, ni a aceptar por qué no estaban ahí, siendo de estos pagos, como han estado siempre.

Y que lo hicieron sorprendidos, además, al comprobar que con los corporativos y autoridades de aquí, de la Comunidad y del Estado, desfilaba el director de una banda sorda que no estaba, interpretando sin música que se trataba de un ejercicio de esquizofrenia total. ¿Para qué?

Como formaba parte del séquito y en esta ocasión, lejos de parecer que buscaba en la panza de los cielos la explicación de cuanto lee desde hace siglos en su inagotable libro, parecía advertirse su expreso deseo por alejarse de tanto conflicto inútil y sin sentido para buscar espacios de solución, de concordia, de encuentro, no le sorprenderá que al vecindario le resultó agónico su paso, y el de quienes le quieren, por el callejero de la localidad.

Admirable el empeño de los jóvenes miembros del Grupo de Danzas de San Vicente de la Sonsierra por abarcar todos los tiempos posibles, y de rellenar los vacíos que se generaban en la comitiva doblando sus actuaciones por todos los ámbitos para cubrir la ausencia de los músicos que se siente de aquí, precisamente. Se dejaron la piel, sudor en cada baile, el oxígeno en un día de máxima exigencia porque calentaba de lo lindo y no contaban con más asistencia logística que la de sus padres que llevaban botellones de agua a las dos filas de la formación para evitar el riesgo de deshidratación que corrían sus vástagos.

Así pasaron los minutos, que no horas, en la procesión más rápida y con menor íncide de asistencia de toda la historia. Con la sensación de que no se acudía al acto central de las fiestas patronales de junio, sino a un desfile funeral, después del velatorio, que apenas conseguía animar la agrupación musical de la Sonsierra desde la distancia porque el abismo de soledad resultaba inmenso.

No hubo apenas gente en las aceras que formabam parte del itinerario, acaso porque se comprobó de partida que no habría sintonía local ni músicos que la interpretasen, o porque cantaba sobre el solar de la Paz (con granito gris mucho más solar aún) la 'chicharra' y se sufrían cerca de treinta grados de temperatura, y a diferencia de otras ediciones nadie seguía por detrás de los puestos que ocupan los concejales de la Corporación jarrera que servían de referencia para el listado final de los asistentes a um acto deslucido.

En silencio llegaron, y en silencio se fueron, afrontando como si tal cosa la cuesta de subida de la Calle Mayor, con la negativa de los danzantes a pegarse la última pechada después de dejarse media vida en el recorrido por la plaza mayor, las calles de la Vega, La Calzada, Lucrecia Arana, Laín Calco y Sánchez del Río.

No le cuento nada si le digo que hubo quienes se hacían de cruces ante tal dislate sin llegar a entender nada, o que hubo casos en los que desde los linderos de la comitiva se cuestionó públicamente a los mandatarios de la ciudad pregumtando «dónde está la Banda».

Estaba allí y asistió desde lo alto a esos momentos de confrontacón verbal, mínima y educada. Sin más.

«Todo pasa y todo queda. Pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos. Caminos sobre la mar». Lo escribía Antonio Machado, poeta inmortal de las letras castellanas, dejando claro que nuestra huella la borran las olas. Y advirtiendo del riesgo que implica asistir al paso de gentes que tratan de dejarse notar, a cualquier precio.

No pasa nada.

Tal vez no lo acierte a entender porque, alejado voluntariamente del mundanal ruido que se escucha por aquí y asalta los oídos de los mortales, no sepa que sus paisanos le admiran por haber sentado cátedra desde la humildad y el silencio, los mismos valores que se reconocen a quien comparte con usted grado de patrocinio sobre la localidad que nos vio nacer, la Virgen de la Vega.

Así que, pelillos a la mar, quedémonos con esa nueva versión de su festividad, la de San Felices. Sin música resulta más sencillo meterse de lleno en lo más íntimo de nosotros para valorar lo que más queremos. Y sepa, paisano, que hasta en ese espacio sin ruidos resuenan los compases que interpreta la Banda de Música de Haro porque, no sólo es nuestra, sino que además toca con alma aquello que más nos llega.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos