Muere Arturo Fernández, el eterno galán del teatro español, a los 90 años

El seductor incombustible de la escena cerró su trayectoria en Bilbao hace cuatro meses

TERESA ABAJOMadrid

«He sido y soy un hombre fundamentalmente feliz. ¿Cómo no serlo? Trabajo en lo que me gusta, tengo una familia maravillosa, gozo de buena salud para mi edad, me siento a gusto conmigo mismo porque sé que no he hecho mal a nadie, al menos a sabiendas. ¿No es para sentirse feliz». Arturo Fernández cerraba con estas palabras una entrevista con EL CORREO el pasado mes de febrero, cuando celebró su 90 cumpleaños. Lo hizo trabajando, porque se aburría fuera del escenario, y pronto preparó las maletas, con sumo cuidado para que sus trajes lucieran impecables, rumbo a Bilbao. En el Campos Elíseos protagonizó del 7 al 17 de marzo junto a Carmen del Valle 'Alta seducción', una de esas comedias cortadas a su medida con un público tan incombustible como él. Algunas señoras aprovecharon incluso para verle más de una vez.

Fue su despedida. En abril suspendió la gira, que continuaba en Zamora y Valencia, tras sufrir una caída. Llevaba días ingresado en un hospital de Madrid, donde falleció anoche. Se marcha así un actor convertido en personaje, el eterno galán al que muchos denostaban pero que sacó adelante durante más de medio siglo su propia compañía. «A mí solo me importa la opinión del público», decía. «Es el único crítico que sigo, se rige por criterios menos contaminados y más auténticos». Sabía hacer reír y también reírse de sí mismo, como demostró hace cinco años en 'Ensayando Don Juan', que protagonizó a las órdenes de Albert Boadella.

También con aquella obra pasó por Bilbao, que siempre ha ocupado un lugar importante en su agenda. Presencia habitual en Aste Nagusia, es imposible recordar su paso por la ciudad sin imaginarlo junto a Iñaki Azkuna, de quien decía que «es un actorazo y un hombre muy inteligente». A los dos les gustaba vestir bien y hablar sin circunloquios, lejos de lo políticamente correcto. 'Chatín' estaba en las antípodas de la izquierda –en su última gira rechazó actuar en Cádiz porque gobierna José María Fernández, Kichi– pero no provenía de una familia acomodada. Su padre, mecánico ajustador del ferrocarril minero de Langreo, estaba afiliado a la CNT «cuando existían las ideologías» y tuvo que exiliarse.

De su infancia en Gijón guardaba «recuerdos muy alegres» apesar de la escasez. Como si ya hubiera tomado la decisión irrevocable de ser feliz, aprendió a borrar de su memoria los malos recuerdos mientras practicaba diversos oficios. Parece que nació con traje y pañuelo en la solapa, ensayando una sonrisa seductora, pero no. Dejó la escuela a los doce años porque no le gustaba estudiar sin saber que su destino sería «memorizar textos y más textos». Se enroló en un barco, trabajó en un taller electromecánico, vendió corbatas –ahí sí nos lo imaginamos– y distribuyó chocolate de estraperlo. No fue hasta después de hacer la mili cuando se puso delante de la cámara y se propuso convertirse en una figura.

Lo logró. Participó en más de 70 películas – la más recordada es 'Truhanes', de 1983– y demostró que podía ser un actor dramático antes de consagrarse a la comedia, el género con el que triunfó en la televisión –'La casa de los líos'– y los escenarios. El teatro se convirtió en su casa, aunque sus amigos estaban fuera del gremio –prefería «la rivalidad entre intérpretes»– y no solía acudir como espectador. «Si voy y me gusta, me fastidia no haberla hecho yo», decía. «Y si no me gusta, no puedo perder dos horas». Otra de sus consignas para ser feliz.