Muere Karl Lagerfeld, el diseñador eterno

Karl Lagerfeld./E. C.
Karl Lagerfeld. / E. C.

Nadie sabía la edad real del diseñador de Chanel. Karl Lagerfeld jugó al despiste. Aspiró a ser eterno y se confesó «un ninfomaníaco del trabajo»

Luis Gómez
LUIS GÓMEZ

Modelos y diseñadores solían entretenerse apostando sobre la edad real de Karl Lagerfeld, fallecido este martes a los 85 años. Fue uno de los secretos mejor guardados. El modisto alemán montó el pasado 10 de septiembre una superfiesta para celebrar no se supo qué aniversario. Los invitados acudieron convencidos de soplar 80 velas, pero todos salieron como llegaron: locos con el baile de fechas. El káiser de la moda confesó la imposibilidad de concretar la fecha exacta porque, «lamentablemente», el certificado de su nacimiento habría desaparecido durante la Segunda Guerra Mundial. Otras veces se escudó en que ya no recordaba cuándo le trajo al mundo Elizabeth, su madre.

La única certeza fue que cumplió años como los demás mortales y que estaba consiguiendo «ser eterno». En medio de esta intriga, el creador más veterano tras el nonagenario Cardin no pensó en la jubilación. Solo un insensato se lo imaginaba matando el tiempo enfrente del televisor o echando una partida al dominó con algún coetáneo. Karl se comportó como un joven y trabajó hasta la extenuación. Llevó la dirección creativa de Chanel, una de las firmas más lujosas del mundo, asesoró a Fendi y se dejó la piel con su marca homónima. Su absoluta entrega al trabajo le convirtió en un «ninfomaníaco de la moda que nunca llega al orgasmo».

Su presencia en fiestas junto a modelos imberbes y los paseos con sus apolíneos y veinteañeros novios fueron un clásico de los veranos de Saint Tropez. Intentó rodearse siempre de gente guapa y de buena cuna porque le «horroriza» la fealdad. «La clase media no tiene suficiente clase», sostenía. Realizó dietas muy poco saludables para adelgazar 40 kilos y meterse en los pantalones de Hedi Slimane. «La única ambición que tengo en la vida es ponerme unos vaqueros de la talla 30», esgrimía. Tenía una lengua viperina y repudiaba a quien le lleva la contraria o le caía mal. Despreció a a la cantante británica Adele y a la política alemana Ángela Merkel por sus kilos de más -«nadie quiere ver gordas en las pasarelas»- y arremetió contra el presidente francés, François Hollande, por la cruzada contra las clases sociales más pudientes -«ese imbécil será tan desastroso como Zapatero»-. De sus dardos tampoco se libró el monarca español. «Doña Sofía es la persona más educada de la tierra y no se merece el tipo de tonterías que ha cometido el Rey», criticó.

El «Mourinho» de la moda

Lagerfeld fue el «Mourinho» del diseño. «Jamás fui feminista porque no soy lo suficientemente feo». Es obvio que le gustaba encharcarse en todo tipo de escándalos. «No me gusta su cara. Debería aparecer siempre de espalda», dijo de Pippa Middleton. Se reía de sí mismo fabricando muñecos con su caricaturesca imagen, pero nunca daba puntadas sin hilo cuando olfatea el negocio. Recordaba al difunto rey del pop Michael Jackson por su costumbre de ocultar los ojos con grandes gafas negras, el cuello con los altos de las camisas de tamaño gigante y las manos, con guantes de tachuelas. Se resistía a asumir el paso del tiempo tapando las partes de su cuerpo que más evidencian su deterioro físico.

Todo en Lagerfeld, que comenzó en el taller de Pierre Balmain, parecía fruto de una cuidada escenografía. Sus gafas son su «burka», admitió que «actúa» las 24 horas del día y que toda su vida era «una pantomima». Solo bebe Coca-Cola y, cuando entraba en una librería, siempre compraba tres ejemplares: uno para leer, otro para recortar y un tercero para guardar en su enorme biblioteca. Pese a sus salidas de tono, fue uno de los grandes del diseño de todos los tiempos. Siempre tuvo un cuaderno de dibujo en la mesilla de noche por si se desvelaba. Llevaba toda la vida entregado a la moda, una pasión «peligrosa, injusta y efímera». Aunque, precisamente por esto último, creyó que «no hay más remedio» que seguirla.

Consciente de su poder, tampoco se mordió la lengua cuando en 2010 se arrepintió públicamente de haber diseñado una colección para H&M ante la decisión del gigante sueco de ampliar las tallas y llegar a un mayor número de clientas. Tampoco conviene dar excesiva relevancia a sus confesiones. Al excéntrico modisto de Hamburgo le gustaba llamar la atención con titulares intrascendentes y vacuos. «La mitad de la prensa la forman guapas tontas; la otra mitad, mujeres embarazadas», llegó a decir.

«No justificarme ante nadie»

Es complicado discernir entre lo real y lo inventado, el ser humano y el icono que es. «El personaje que captan los medios de comunicación es una marioneta y yo soy el maestro titiritero», se justificó para dejar claro quién maneja los hilos. «Siempre hago lo que se supone que no debería hacerse. Odio a los niños y mi mayor lujo es no tener que justificarme ante nadie», reflexionó.

Cuesta creerle cuando proclamaba que le gustaba observar sin sentirse observado. Hay tal punto de narcisismo en todo lo que rodeó a este hombre que acostumbró a llevar recogido su pelo en una cola de caballo que terminó por resultar esperpéntico. «Me gusta que todo sea lavable, incluido yo mismo», proclamó. Reciclable o no, explora el lado «cool» de las tendencias. «El objetivo de la moda es que la gente se sienta bien y no expresar el sufrimiento y la desdicha con tafetanes». Sostuvo, como Coco Chanel, firma que dirigió desde 1983, que el estilo es lo único que permanece. Con el éxito sonriéndole a casi todas horas, nadie comprendía la personalidad corrosiva de este genial creador que abominaba a cada vez más gente y tendió a refugiarse en el cariño de su amada «Choupette», la gatita más fotografiada del mundo.