«Me iría de copas con Luis de Guindos»

Yanis Varoufakis./
Yanis Varoufakis.

«La política está llena de ‘macho men’ pero yo no estoy entre ellos, soy feminista militante, hijo y nieto de mujeres activistas»

Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Este hombre de mirada taladrante y perfil rotundo, cuyo peculiar ‘sex appeal’ arrasó en las redes hace dos años, se enfrentó con su chupa de cuero y su aire castigador al establishment europeo... Pero dimitió a los seis meses.

Yanis Varoufakis (Atenas, 1961), aquel rutilante y efímero ministro de Finanzas griego, relata hoy su odisea en un libro de 700 páginas titulado ‘Comportarse como adultos’. La expresión la ha tomado prestada de Christine Lagarde, que la pronunció durante una reunión muy tensa.

–¿Está Europa en manos de políticos inmaduros?

–Está en manos de políticos que reclaman el poder para hacer los cambios que Europa necesita desesperadamente y a la vez se niegan a cambiar las reglas del juego. Vivimos en una extraña paradoja.

–O sea, que no estamos en buenas manos.

–Si compara la calidad de nuestros políticos con los de los años 60 y 70, creo que los de ahora salen perdiendo. Y esto tiene que ver con el cambio que ha experimentado el capitalismo. En aquella época tenían mucho más poder. La gente con más talento no se mete hoy en política, se va a otros sectores. Y eso es un problema.

–¿Diría que el sector financiero domina el mundo?

–El poder de las finanzas ha explosionado mientras que el de la política ha implosionado. Y en Europa todavía es peor. Porque las decisiones importantes se toman en la UE y su núcleo está dominado por cárteles. Sus decisiones no son transparentes ni democráticas. Pregúntele a De Guindos qué poder tiene...

–¿Se solidariza con De Guindos?

–Luis estaba sentado a mi lado en el grupo europeo y, aunque ideológicamente venimos de mundos opuestos, a nivel humano había mucha química entre nosotros. Es alguien con el que me iría de copas. Él sabe de economía de verdad, así que nos entendíamos, hablamos el mismo idioma. Y eso es raro en Europa, donde muchos ministros de Economía no saben ni cómo funciona el capitalismo.

–Sin embargo, usted es europeísta.

–Sí, pero defiendo otra Europa. Los políticos actuales la están dañando. Yo crecí en un país altamente problemático...

–¿Le marcó que a su padre le encarcelaran por comunista?

–Lo curioso es que no lo era. Participó en una protesta estudiantil y fue torturado. Luego el policía le dijo que había sido un error y que podía volver a casa. Pero que antes tenía que firmar una renuncia al comunismo. Mi padre se negó. Le costó cuatro años de internamiento. Y allí acabó haciéndose comunista.

–¿Usted quería ser político desde niño?

–Nunca quise ser político. Desde muy crío estaba interesadísimo por la política. Y me enorgullecía de ello. Pero me repelían los que hacían carrera política y luchaban por alcanzar el poder. Cuando en 2015 acepté la oferta de ser parlamentario y más tarde ministro, lo hice con tremendas reservas. Soy muy feliz como animal político, en términos aristotélicos, pero no ostentando un cargo.

–Cuenta en su libro que Tsipras fue hechizado por Merkel... ¿Usted no?

–Nunca me habría hechizado porque yo llegué al gobierno con un solo objetivo: pedir a Europa la reestructuración de la deuda griega y librar a mi país de la brutalidad de la austeridad impuesta por el FMI. Ahora bien, si a ti te importa muchísimo ser primer ministro y te impresiona la palmadita en la espalda de alguien tan poderoso como la señora Merkel, entonces sí puedes quedar hechizado por ella. Pero cuando lo que te importa de tu trabajo son los objetivos, estás inmune.

–Tsipras y usted han acabado como el dúo Pimpinela...

–Lo describo como un hombre capaz y muy buen político. Tiene esa cualidad que a los políticos les encanta, y que es hacerte creer que eres la persona más importante de su vida, je, je... Lo que cuento en el libro es cómo se fue desestabilizando psicológicamente a medida que fue cayendo más y más profundamente en la trampa.

–¿Se sintió traicionado por él?

–Para nada. Si Alexis traicionó a alguien creo que fue a sí mismo. Perdió la oportunidad de figurar en los libros de historia como el líder político que realizó un gran cambio a favor de Grecia. Pero quiso tener un pie en cada barca y al final se cayó al agua.

–¿Y qué error cometió usted?

–Mi máxima culpa fue firmar la extensión del acuerdo de la deuda griega, a finales de febrero de 2015. La idea era darnos tres o cuatro meses durante los cuales negociar en los mejores términos. Pero mi gobierno finalmente utilizó esos meses para preparar la rendición. Mi error fue darle a mi primer ministro esa oportunidad.

–Dicen que uno conduce como es. ¿Corre mucho con su moto?

–Pues claro, ja, ja, ja... ¿Para qué quieres una moto si no es para darle caña?

–¿Y tiene prisa por volver al poder?

–Nunca tuve prisa para eso. No me emocionó cuando ocurrió y no tengo ningún interés ahora mismo. Mi sueño, a través del movimiento paneuropeo DiEM 25, es devolver la transparencia y la democracia a Europa. Porque estamos en peligro mortal. La Eurozona se está desintegrando, nuestra crisis bancaria está yendo a peor...

–Ada Colau apoya el DiEM 25. Y va mal en las encuestas.

–La apoyaré a través de un vídeo. Y a las encuestas mejor no hacerles caso. La situación en Cataluña es tóxica, en ambos bandos. Y cuando intentas mantener la voz de la razón como está haciendo Ada Colau te aplastan por los dos extremos. Pero nuestro cometido es defender las ideas en las que firmemente creemos y no en otras que puedan ser temporalmente populares.

–¿Se identifica con la imagen de ‘Macho Alfa’ que le adjudican?

–Absolutamente no. Como feminista comprometido, defensor de la necesidad de feminizar la política, esa es justo la imagen que nunca quisiera dar. No tengo el control mi imagen. Sé que la han puesto siempre en entredicho. Incluso porque iba en moto siendo ministro... ¿Y por qué no iba a hacerlo si ya iba en moto antes? Tuve limusinas a mi disposición e intenté usarlas lo menos posible para economizar. Pero eso no se comentaba. Y en cuanto a lo de ser un Alfa... No, mire, la política está llena de ‘macho–men’ y yo no soy uno de ellos.

–En el libro, de hecho, describe una noche en la que su mujer, Danae, le protegió de los puñetazos de unos radicales.

–Soy un gran defensor de las mujeres y un activo detractor del machismo. Mi madre fue feminista en los años 60 y 70, cuando en Grecia era extremadamente peligroso serlo. Mi propia abuela fue feminista en los años veinte en El Cairo. Dedicó su vida a las campañas de la emancipación de la mujer árabe en Egipto. Creo que son pruebas suficientes de que he no he tenido una educación precisamente machista.

–¿Por qué es alérgico a las corbatas?

–No lo sé, nunca me han gustado. Pero igual que no me gusta la cerveza. Y nunca la bebo. Cuando llegué a ser ministro me pregunté: ¿Debería transformarme? Y me contesté que no. Para mí es muy importante poder mirar a mis votantes a los ojos y poder decirles: mírame, esto que ves es lo que soy. Ponerme traje habría sido insincero.

–Se le considera carismático. ¿Se nota usted el carisma?

–¿Yo? Creo que cualquiera que conteste afirmativamente a esa pregunta necesita ir al psiquiatra.

–Pero coqueto sí es... ¿Qué daría por no ser calvo?

–Nada, ja, ja, ja... Reconozco que cuando era jovencito me aterraba la idea de perder el pelo. Incluso lo llevaba muy largo. Pero cuando me di cuenta de que iba a ser calvo, lo acepté y ahora estoy feliz de no tener que preocuparme nunca más por la alopecia.

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