La inspiración del falsificador

La inspiración del falsificador

Gucci redime al sastre de Harlem al que arruinó el negocio por adueñarse de su logo. Vestía a los negros como si fuesen blancos

Luis Gómez
LUIS GÓMEZ

Dapper Dan (su nombre aparece grabado en las patillas de las estrambóticas gafas de la fotografía principal que ilustra este reportaje) plagió en los años 80 todo lo que pudo, pero lo hizo a conciencia. Hasta copió el nombre de un antiguo rey de las apuestas para ganarse una fama que le condujo a la ruina, aunque finalmente ha logrado la redención y el reconocimiento de toda la industria del lujo.

Daniel Day, su verdadero nombre, se ganó demasiados enemigos entre los poderosos. Blancos, casi todos. Durante ocho años fue un modista al que adoraron gángsteres y pandilleros e idolatraron las estrellas del hip-hop y el rap y figuras del deporte. A cambio, el sastre de Harlem, un héroe entre los suyos, les diseñaba prendas, accesorios e incluso tapicerías de coches tejiéndoles enormes logotipos de marcas de lujo que intentaba democratizar. Todos falsos, por supuesto.

Pero qué le importaba a la comunidad negra de uno de los barrios más peligrosos de Nueva York si con aquellos diseños podía acabar con la supremacía de la «aristocracia blanca». Los negros ansiaban vestir como los blancos. Soñaban con las mismas ropas, pero no se las podían permitir. Gracias a Dan, aquellas gentes paseaban orgullosas y exultantes por sus calles, insertadas en el norte de Manhattan pero alejadísimas del estatus económico y social de las zonas nobles de ese distrito. Lo hacían con pantalones y camisas adornados con enormes símbolos, sobre todo, de Louis Vuitton y Gucci.

Era la forma que tenía «la minoría oprimida» de apartarse de la marginalidad y reivindicar la lucha de clases y racial. «El uso de los logos es algo aspiracional y se convierte en el símbolo de la aristocracia negra para mi comunidad», subraya el diseñador septuagenario. Todo el mundo sabía que los emblemas que estampaba no eran auténticos. También lo sabían las firmas afectadas, que se lo hicieron pagar. Muy caro, además. Los procesos judiciales se acumularon y obligaron a Dapper a cerrar su boutique de la calle 125 en 1992 por carecer de los derechos de reproducción. Una redada fulminó su época de gloria ochentera. «Después se encargaron de eliminar cualquier obra mía», lamentó. Si entonces vestía a LL Cool J, Floyd Mayweather y Jay-Z, hoy hace otro tanto con DJ Khaled, Salma Hayek y Beyoncé.

El creador de la moda urbana de lujo fue un currante incansable. Abrió su negocio las 24 horas del día durante ocho años. Cuenta que se tomaba un descanso de tres horas y que dejaba entreabierta la puerta del comercio para que pudieran entrar raperos y «buscavidas». Sus modelos alcanzaron tal popularidad y prestigio que inundó Harlem de Bentleys y Rolls-Royces. Vendía a 1.000 euros sus pantalones de cuero y a 2.000 las cazadoras de borrego. Las prendas de precios accesibles, nada que ver con los desorbitados de las originales, acabaron resultando, sin embargo, al final igual de caras que las más exclusivas. El éxito de Dapper se propagó a tal velocidad que acabó llegando a todos los sitios. Hasta los tribunales. Gucci fue de las primeras firmas en acusarle de plagio.

Pero el mundo es una caja de sorpresas. La misma compañía que le demandó le ha extendido la alfombra roja. El pasado invierno le contrató como imagen de la campaña masculina, luego le financió la reapertura de su famoso taller -el nuevo atelier está a unos metros del anterior, con parte del mismo equipo- y finalmente le encargó una colección cápsula. El mundo al revés. Esta colaboración inédita ha resultado un pelotazo. Alessandro Michele, director creativo de Gucci, el hombre más importante de la moda hoy en día, andaba como loco por echarle el lazo. El flechazo de Michele ha sido tal que él mismo podría acabar rindiendo cuentas a la Justicia por versionar una de las creaciones ochenteras de Dapper. En otras palabras, que 30 años después, los plagios siguen a la orden del día.

Dapper Dan es una leyenda en Harlem. En los 80 estampaba en su ropa emblemas de marcas de lujo, pero hoy la industria reconoce su arte.
Dapper Dan es una leyenda en Harlem. En los 80 estampaba en su ropa emblemas de marcas de lujo, pero hoy la industria reconoce su arte. / Instagram

«Necesitamos abrazarnos»

Gucci ha replicado una chaqueta de visón con mangas de cuero que el sastre de Harlem creó para la atleta olímpica Diane Dixon en 1989. Si el original era un abrigo de piel con las mangas abullonadas con un impresionante logotipo de Louis Vuitton, Michele repitió la misma fórmula cambiando el anagrama de la firma francesa por la doble G de Gucci. Esta copia generó el lógico alboroto en las redes sociales, pero sin que haya llegado la sangre al río. «Me encanta la comunidad negra y creo que tiene una gran voz en términos de moda», explicó. Dapper lo vio de otro modo: «Fue como si se abriera el cielo y sonara una trompeta. Es como cuando uno de esos predicadores de Harlem da un sermón. No importa cuál sea su intención, lo importante es el efecto que causa en la gente».

La casa italiana se ha volcado en el regreso de Dapper y ha puesto a su servicio toda la infraestructura para el desarrollo de la colección. Bombers, sudaderas, vaqueros, camisetas, cadenas XL, riñoneras y pañuelos constituyen las piezas estrella. «Adoro estar aquí. Quiero decir que tengo voz, que se me oye cuando hablo de moda, de injusticia social o señalo el origen de los problemas. Nosotros fuimos la causa de que la moda se nos escapara. Yo no podía hacer nada. Lo intenté, pero entonces mi voz no sonaba lo suficientemente alto», reconoce.

No es el caso actual, aunque su discurso se mantenga invariable y piense como hacía en los 80. «Cuando empecé, la moda no encajaba aquí, pero en lugar de irme me quedé para trabajar con mi comunidad y construir algo para ella. No soy ese negro que se va a quejar: 'Oh, los blancos europeos hicieron esto o aquello'. Yo quiero cambiar las cosas».

Y a fe que lo está consiguiendo. Agradece que su fichaje por Gucci es el mejor regalo que le podía entregar a la comunidad negra. «Que haya venido aquí significa que Harlem merece la pena. Ha abrazado nuestra cultura y la ha fundido con su estilo. Unos y otros necesitamos abrazarnos», sentencia.

El jersey quiere dejar de ser el patito feo de la moda

El jersey, prenda socorrida de la que echamos mano en cuanto caen los termómetros, no se conforma con mantener el papel secundario al que tradicionalmente le ha relegado la moda. Reivindica un protagonismo mayor y aspira a destacar en las grandes citas. Su papel es residual: casi siempre casual, deportivo. Quiere dejar de ser el convidado de piedra, figurar en las mejores colecciones y colarse en las fiestas más exclusivas, además de liderar combinados impensables hasta el momento. Algo se está tramando esta temporada en torno a una pieza que quiere dejar de ser el patito feo y se postula incluso para aparecer en las bodas de este otoño.

Con las normas de estilo más variables que nunca, la industria de la moda muestra un carácter flexible. Permite al jersey mezclar con faldas largas tableadas, vestidos vaporosos, joyas y tacones. Generalmente, los grandes cambios suelen venir de la mano de las firmas de lujo, aunque luego las populares terminan subiéndose al carro. Esta vez es Zara la que desea dar la vuelta al calcetín con un modelo de punto gris con pedrería de 59,95 euros. Se trata de una edición limitada y lo llama 'jersey joya'. Sirve de multiusos por ser, en teoría, tan válido para la oficina como para rebajar sofisticación a un estilismo de noche.

Habrá que esperar para ver si la moda consigue su objetivo o su intento queda, como otros muchos, en nada. En cada vez más estilismos masculinos, el jersey se deja ver la mar de a gusto con trajes. Ahora es el turno de las mujeres, que decidirán si se convierte en cisne o solo nació para abrigar.

¿Se atreven con chanclas con empeine de lechuga?

Tiene asegurados los memes, pero poco parece importarle. El diseñador Mats Rombaut, vegano convencido y creador de la marca de calzado Rombaut, también vegana, es un empresario peculiar. Su emergente etiqueta calza a 'celebrities' como Bella Hadid, pero su ansia por llamar la atención no tiene límites. El lanzamiento de chanclas con empeine de lechuga -en forma y color- y suela en un tono kale, un tipo de col de la familia de las berzas, jamás será el colmo de la sofisticación.

El zapatero francés tiene una especial fijación por los vegetales. No le viene de ayer. Ha llegado a modelar esculturas de zapatos con vegetales auténticos: un salón de nabo, un mule con tira al tobillo de zanahoria y unas plataformas de naranja. Y, fiel a su espíritu vegano, cuida hasta el último detalle. Las chanclas vienen envueltas en un envase de plástico con la etiqueta '¡superverde!' y detallan que están «lavadas minuciosamente y listas para... usar». Menos mal que no escribieron para comer. A estas alturas, ya resultarían de lo más indigestas.