Ascensión cierra su bar tras cien años detrás de la barra

Ascensión, de 104 años, tras la barra de su bar. /R. C.
Ascensión, de 104 años, tras la barra de su bar. / R. C.

A los 104 baja la persiana de la única taberna de Bárcena de la Abadía, un pequeño pueblo del Bierzo

J. A. GUERRERO

«Mis primeros recuerdos desde que tenía 4 años son detrás de un mostrador. Así que hoy es un día triste para mí pues la puerta del Bar Ascensión echa el cerrojo». Así comienza la carta de despedida a sus paisanos, los apenas cien vecinos de Bárcena de la Abadía, en el Bierzo, de Ascensión Ramón, la tabernera más longeva de España (a saber si del mundo) que con esta misiva comunica a sus fieles parroquianos el cierre del bar «por muchas circunstancias», entre las cuales la buena señora no menciona su esplendorosa edad. Todo lo contrario, afirma que ha llegado a los 104 años «con plena capacidad física y mental a lo que doy gracias a Dios». Sin embargo no oculta su «gran tristeza» por que su pueblo, sin escuela desde ya muchos años, se quede ahora sin bar, el último refugio -o «la válvula de escape», como ella lo llama- donde vecinos y forasteros compartían el café y las copinas de orujo de las tertulias, las partidas al tute y al truco (parecido al mus), las alegrías y «también las tristezas».

Ascensión, que creció tras la barra de la casa de Santos, como era conocido el establecimiento (que luego se llamó casa de Ascensión o bar La Viuda), hace memoria y repasa en un pispás los últimos cien años de su vida, que son también de la historia de España: «Hemos pasado tiempos difíciles, años de miseria, de guerras, de hambruna, de posguerra, de crisis... épocas buenas y no tan buenas de las que hemos salido con trabajo y sacrificio». Recuerda la centenaria mujer las noches en vela «con uno o dos clientes con un vasillo de vino», los bailes de los sábados con música en vivo y se congratula de que de su casa hayan salido unos cuantos matrimonios».

En su despedida, esta madre de siete hijos (seis jubilados y uno fallecido), abuela de nueve nietos y bisabuela de tres jovenzuelos da un toque de atención a los gobernantes para que reflexionen «y tomen medidas» para aliviar la carga fiscal que recae sobre los bares de los municipios pequeños. «No podemos soportar los mismos impuestos y exigencias como si estuviéramos en la Puerta del Sol», dice Ascensión que subraya que en los pueblos de pocos habitantes, como los que salpican esta comarca minera de León, las tascas como la suya son el único lugar de encuentro y muchas veces también funcionan como «lugar de terapia». En su pueblo hubo niños, profesores y mineros. Hoy solo quedan pensionistas. Ascensión, que en octubre cumplirá 105 años, dijo ayer a este periódico que aunque echa el cierre, las puertas de su bar siempre estarán abiertas para compartir un «trago, un pinchito y un rato para conservar».

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