Poco ruido y muchas nueces

Coordinación. Perico Sambeat, a la izquierda, con el saxo, junto a los miembros de la Gasteizko Ganbara Orkestra. /Blanca Castillo
Coordinación. Perico Sambeat, a la izquierda, con el saxo, junto a los miembros de la Gasteizko Ganbara Orkestra. / Blanca Castillo

La Gasteizko Ganbara Orchestra y el cuarteto de Perico Sambeat estrenaron un espectáculo original y de alto nivel musical

Natxo Artundo
NATXO ARTUNDO

No había mucho personal en las gradas de Mendizorroza para escuchar una propuesta que prometía mucho. El aforo real no llegaba, por bastante, a la mitad de la capacidad del recinto. Y esto dice bastante de la poca respuesta ante una producción que no sólo era un estreno absoluto, sino que estaba construida con las composiciones y arreglos del profesor de Musikene Miguel Blanco, junto a insignes firmas como Federico Mompou, Satie, T.S. Monk o el propio Perico Sambeat, todo un solista que ponía la impronta jazzística en todo momento, con autoridad, sabiduría e intención.

El saxofonista, que comenzó con el soprano pero se centró en el alto durante el concierto, encabezaba un cuarteto jazzero 100% y potente, con el pianista Joan Díaz, el bajista Masa Kamaguchi y el batería Marc Miralta, a quien presentó como «compañero de mil batallas». El resto del ejército, comandado por la batuta de Iker Sánchez Silva, fue la Gasteizko Ganbara Orkestra, exquisitamente organizada para ganar la guerra ante cualquier audiencia que la desafiara.

Los más de treinta músicos, renovando la tradición asentada sobre hitos históricos como las grabaciones de Charlie Parker con cuerdas, sonaban contemporáneos y con gran cantidad de matices. Cada instrumento y las diversas secciones de vientos, metales, cuerdas o percusiones se podían escuchar sin que eso afectara al necesario empastado de las diferentes texturas. En este campo, tiene parte importante de culpa el nuevo equipo de sonido que se estrena en estos días en el polideportivo. De momento, ha demostrado su versatilidad con el empuje eléctrico de Earth, Wind and Fire, la sonoridad marcada de Hudson, la suave mezcla de Carla Bruni o la potencia de la Mingus Big Band. Pero la verdadera prueba de fuego ha sido esta combinación de orquesta sinfónica y cuarteto jazzero: clara, diversa y directa, con múltiples matices.

Los hubo en lo estilístico, desde el ámbito clásico hasta lo puramente jazzero, pasando por los aires latinos, con la clave marcada a cencerro, con un gran número de paradas intermedias en un recorrido con sentido y gusto.

Miguel Blanco, con sus arreglos y composiciones, ha dado pulso a un espectáculo musical que trasciende de lo que es un 'simple' concierto. El mestizaje de lo contemporáneo y lo más tradicional ha sido realizado con mimo y, a la vez, con la frescura necesaria para que pueda ser apreciado por las nuevas generaciones, ausentes por lo general en las gradas de Mendizorroza. Hace falta algo distinto, renovar con mucha reflexión previa.

Pero no se trata del festival -al menos, no sólo del ciclo musical— sino del escaso eco y los contados recursos que terminan por apoyar propuestas como la escuchada anoche en esta primera parte de «nivelazo». La imaginación, el gusto y el trabajo de los músicos prueban que es posible desarrollar desde aquí apuestas originales, de calidad y con interés musical innegable. Debería, ahora, poder llevarse a otros lugares, 'exportarse' a otras zonas ciudades. Y hacer valer lo que se 'fabrica' aquí.

 

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