Un espectáculo chapado en oro

Un espectáculo chapado en oro

El show de Jamie Cullum triunfó con poco jazz y mucho pop mientras Barron y Holland dejaron el listón por las nubes

NATXO ARTUNDO

No siempre el éxito y el nivel musical van de la mano. De hecho, los artistas de jazz saben bien que el rigor de una carrera y el duro trabajo en los clubes no suelen tener recompensas como para tal y como sucedía en los años dorados con grandes como Miles Davis o Roy Haynes , comprarse unos cuantos coches deportivos y hacer carreras con ellos. Las carreras de los jazzistas son más de diálogo que de proclamas a gritos, y así quedó reflejado en un polideportivo de Mendizorroza lleno en la noche del jueves, después de que el tirón de Jamie Cullum acabara con las entradas sueltas. Pero no tan saturado de gente como en algunas ocasiones en las que el aforo ha llegado a parecer sobrepasado.

Con temas como 'Pass It On' o 'Waltz for Wheeler', composiciones dedicadas a jazzmen por Dave Holland, el bajista británico y el pianista estadounidense Kenny Barron autor de piezas como 'Spiral' crearon magia jazzística. Hacen una música elegante y con amplios recursos, que no se apoya en el virtuosismo (que se supone a instrumentistas de su nivel), sino en el saber hacer asociado a una capacidad artística.

El nivel de intensidad se multiplica cuando ambos intercambian frases con maestría y nivel. Es, como rezaba su trabajo conjunto en disco, 'El arte de la conversación', en clave de jazz. Pero el 'Seascape' de Barron, 'Segment' de Charlie Parker, o 'In Walked Bud' de Thelonious Monk con la que terminó la actuación adquieren su verdadera naturaleza en escena. Son como las actualizaciones de programas y aplicaciones en informática, que se van transformando en versiones 'definitivas' con cada experiencia.

Sonó música viva, diálogo con serenidad para dar lugar a una creación viva con muchas capas en las que bucear con el oído y la mente. Por eso fue del gusto de toda la concurrencia, que se mostró especialmente tocada por la balada 'Rain' de Barron, cuyo título ('Lluvia') tiene ya aroma de melancolía, fue tejida con sentimiento y delicadeza, con nostalgia y emoción. Oro puro.

Ya en la segunda mitad, bajo, batería, trompeta y saxo acompañan a ritmo de blues al piano y la voz de Jamie Cullum. Saludó y agradeció al público en castellano y en euskera, alabó al festival y a la oportunidad que le dio en su primera actuación en España, vestido con camisa negra, con letras blancas que formaban palabras como 'joint', 'rock', 'fuck', 'parties', 'music', 'city' o 'guilty', pantalón del mismo tono y camiseta gris oscura. Completaba el atuendo con unas deportivas azulonas con las que bailó, botó o se subió al piano Yamaha para saltar desde él.

No era algo nuevo, pues Cullum ya se ha descubierto muchas veces como showman. Pero a diferencia de sus dos anteriores actuaciones en la capital alavesa, el peso se fue más en esa dirección que hacia lo musical. Tanto, que algunos aficionados al jazz amenazaron pronto con hacer 'brexit' ante el talante del espectáculo del inglés, con más brillo dorado que sustancia. Hubo momentos de percusiones a lo Mayumana, con todo el grupo baquetas en mano, y también una amplia diversidad de instrumentaciones, ya que el saxo también tocó teclados o clarinete, y el trompeta, guitarras eléctricas, fiscornio. Y todos hicieron coros.

La voz cantante fue la de un Jamie Cullum que se metió en el bolsillo al respetable, le pidió dar palmas, hacer la ola y responder frases, reunió en torno a sí a los aficionados especialmente a las fans femeninas, que le hicieron coros y hasta alguna le gritó su amor y dejó al personal dando botes y palmas. En el repertorio sonaron 'Twentysomething', 'Can't Feel My Face', la publicitaria 'Everything You Didn't Do', 'Blackbird', 'Jungle Book Song', 'Don't Stop the Music' o la hendrixiana 'The Wind Cries Mary' transformada en una tonada festiva y verbenera. Taquillas llenas, gente contenta y algunos retazos de jazz aquí y allá en la más light de las actuaciones de Cullum en Vitoria. Tal vez, el contraste con la altura de la primera parte fuera excesivo. O, tal vez, el propio artista británico subrayara lo que pudo haber sido con el mejor tema de la noche: un 'Gran Torino' con voz y piano, en la propina.

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