Los 'bufones' salen a escena

Siempre en el escenario. El laboratorio teatral de Pabellón 6, al igual que La Haceria o La Fundición, demuestra la vitalidad de las artes escénicas en Bilbao. El teatro vasco ha triunfado en la última edición de los Max. | 'Bufones jugando al cochonnet': 1868. Óleo sobre tabla. 46 x 35,6 cm. Adquirido en 2003. /Iñaki Andrés
Siempre en el escenario. El laboratorio teatral de Pabellón 6, al igual que La Haceria o La Fundición, demuestra la vitalidad de las artes escénicas en Bilbao. El teatro vasco ha triunfado en la última edición de los Max. | 'Bufones jugando al cochonnet': 1868. Óleo sobre tabla. 46 x 35,6 cm. Adquirido en 2003. / Iñaki Andrés
Isabel Urrutia Cabrera
ISABEL URRUTIA CABRERA
Un momento de ocio con relieve histórico

En 1866, Zamacois empezó a representar a los bufones de la corte del rey francés Enrique III en actividades de juego y ocio. En esta obra, una de las más vistosas del artista, practican el cochonnet, juego similar a la petanca de origen francés. En una composición abigarrada, los bufones han abandonado sus enseres y aparecen ociosos mientras disputan, despreocupados, qué bola es la más cercana y por tanto la ganadora. Zamacois trata la condición física y social de los personajes con humor y humanidad, en consonancia con la escuela española del siglo XVII, y contrapone la trivialidad del juego con el solemne relieve histórico que sitúa como fondo.

Eduardo Zamacois | Bilbao, 1841 - Madrid, 1871

Fue el primer artista becado por la Diputación vizcaína y el primer pintor vasco de fama internacional. Con solo doce años inició en Bilbao su aprendizaje artístico, que prosiguió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y en el Museo del Prado como copista. En 1860 su maestro Federico de Madrazo le aconsejó viajar a París, donde frecuentó el Museo del Louvre para realizar copias y fue admitido como alumno de Ernest Meissonier. Adquirió gran prestigio y tuvo clientes ilustres como Charles Dickens. Murió de forma prematura por una angina de pecho.

Artistas de hoy y siempre

Parece la cueva de Alí Babá o el interior de una ballena. Se intuyen bultos, mesas y, forzando la vista, una escalera que serpentea hasta un nivel superior. «Aquí se hace la luz y... ¡empieza la magia!», advierte Ramón Barea en el vestíbulo de Pabellón 6, en Zorrozaurre. Como en todos los teatros, la energía flota en el ambiente; se palpa y hasta se huele. Pero la chispa salta de verdad cuando se encienden las bombillas. Clic. Clic. Clic. Señoras y señores, el espectáculo va a comenzar.

Los artistas acaban de presionar los interruptores al unísono y todo se precipita. Apenas son cuatro actores, pero dan la impresión de ser un regimiento. Van de aquí para allá; revuelven en armarios y baúles; se visten y desvisten a toda velocidad, corren y derrochan adrenalina.

El tiempo vuela en Pabellon 6, un centro de artes escénicas que chisporrotea en cuanto los artistas se ponen las pilas. Itziar Lazkano y María Goiricelaya llegan con buen material después de trastear, silbar y canturrear detrás de un biombo. Nadie pone objeciones. Las prendas convencen. Tanto el abrigo negro («que usamos en la obra 'Brujas, ninfas y reinas'», apunta Lazkano) como el traje con cintas de colorines que estruja Goiricelaya contra el pecho. «Me parece ideal. Muy bufonesco. Se acaba de usar en el montaje de 'Ocaña'», explica la joven actriz, una licenciada en Periodismo que prefiere comunicar y volcar todo lo que lleva dentro desde el escenario. «Compaginé durante un tiempo las dos actividades, pero me tiraba más la actuación y el calor del público. No hay nada igual. Una vez que lo pruebas, te engancha y no te suelta».

Todos se toman en serio su cometido. Es sábado, hace un día espléndido y aquí están, entre cuatro paredes, enfrascados en la teatralización de la estampa del cuadro 'Bufones jugando al cochonnet', de Eduardo Zamacois (1841-1871). Hay que elegir la indumentaria adecuada y luego salir a la calle para posar delante del fotógrafo. El tiempo que sea necesario. «He pasado unos días en casa de mi madre, en Algorta, pensaba haberme ido antes a Madrid pero todo esto merece la pena. Me encantan las tablas. ¡Es el sitio donde soy más feliz! ¿Escribir? También es otra de mis pasiones, claro. Son las voces que oigo en mi cabeza, personajes que me susurran su vida. Parece una locura pero es así», asegura con una sonrisa pletórica el dramaturgo Borja Ortiz de Gondra, con una tela roja a modo de túnica romana. Tras ajustarse un par de imperdibles en el hombro, se las arregla para caminar y girar la cabeza con donaire imperial.

El manchón rojo. Ramón Barea no dejaba de buscar el toque de color para el centro de la imagen. Y lo encontró. Le pidió prestada la sudadera al hijo del fotógrafo, Eder Andrés. / Iñaki Andrés

Son profesionales muy inquietos. Y resolutivos. Ramón Barea no termina de estar convencido. Se tira de la barba, mira a su alrededor y cavila, cavila... «Necesitamos un manchón rojo, todo lo demás puede variar, pero la nota de color del centro es fundamental», reflexiona, mientras observa con detenimiento el lienzo de Zamacois. Los demás siguen de aquí para allá. Sin parar. Lazkano carga con varios «tocados de orquesta de señoritas», primorosos y muy vistosos, diseñados por Daniel Bianco, que pueden servir para ocupar el lugar de las bolas del cuadro, con las que los bufones juegan al cochonnet (un tipo de petanca). La magia va tomando forma.

Ortiz de Gondra y Goiricelaya están ya caracterizados. El primero se ha desembarazado de la túnica cesariana y de los imperdibles para lucir el traje de cintas de colorines; Goiricelaya se ha enfundado un quimono y lleva un bombín en la mano. «Lo he cogido de una percha por ahí escondida, está nuevo y me queda perfecto. ¡Adjudicado!». Todo va rodado, pero Barea no deja de darle vueltas al asunto del manchón rojo. Itziar Lazkano sonríe porque sabe que la solución está cerca. Son más de 40 años de trabajo en común, de pasión por el teatro. Se comunican sin palabras. Una mirada basta. Con voluntad se sale adelante. No hay más que abrir los ojos y avivar el ingenio. Hay ansiedad, se discurre, se busca y... en eso, se fijan en el hijo del fotógrafo, Eder Andrés. Tiene 11 años, es muy alto y lleva una sudadera roja. Barea no lo duda. «Oye, ¿me la podrías dejar?». El chaval se la quita al segundo. Risas, palmas y satisfacción general. Le queda perfecta. Es el momento de que suba el telón.

Salen en procesión al exterior de Pabellón 6 y recrean el cuadro del pintor bilbaíno. La sesión es larga. Lazkano y Ortiz de Gondra se aguantan la mirada durante cinco minutos. Nadie se mueve. Casi no respiran. Hasta que termina la función. Bravo.

Participan

Ramón Barea (actor y director, Premio Nacional de Teatro 2013, socio promotor y cabeza visible de Pabellón 6), Borja Ortiz de Gondra (dramaturgo, premio Max a la mejor autoría teatral 2017), Itziar Lazkano (actriz y directora teatral, premios Ercilla, Jokularia y Serantes), María Goiricelaya (actriz, directora y dramaturga, miembro de Kabia, con espectáculos premiados).