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Familia López-Román/Edu López, Ana Isabel Román y sus hijos Martín y María nos abren las puertas del local donde desarrollan su actividad artística y donde pasan la mayor parte de su tiempo desde hace dieciséis años.
Familia López-Román / Edu López, Ana Isabel Román y sus hijos Martín y María nos abren las puertas del local donde desarrollan su actividad artística y donde pasan la mayor parte de su tiempo desde hace dieciséis años.
Luis Alfonso Gámez
LUIS ALFONSO GÁMEZ
'Interior de estudio', hacia 191758 x 78,8 cm. Adquirido por suscripción pública en 1918.
'Interior de estudio', hacia 191758 x 78,8 cm. Adquirido por suscripción pública en 1918.
Armonía ambiental con dominio de la luz

Este cuadro fue adquirido para el museo mediante suscripción popular tras la exposición individual de Barrueta celebrada en 1917 en Bilbao. Su talento se explaya en interiores como este, donde juega con la luz y las armonías sin supeditarse a un argumento. Por encima de la minuciosa descripción, con pincelada corta, de los objetos, destaca la luminosidad que entra por la ventana y se propaga por toda la habitación. El artista logra la armonía ambiental con matizadas gradaciones cromáticas. Las gamas ocres y grisáceas le atrajeron especialmente, quizá por las enseñanzas velazqueñas en el dominio de la luz y la atmósfera que aprendió desde su primera visita al Museo del Prado en 1893.

Benito Barrueta | Bermeo, 1873-1953

Nació en la Torre Ercilla de Bermeo, donde su padre tenía un taller de ebanistería y talla en el que pasó su infancia. Al trasladarse a Madrid para cumplir el servicio militar, acudió al Museo del Prado para realizar copias. Pasó once años en París con una beca del Ayuntamiento de Bermeo y allí conoció a Picasso, Kees Van Dongen, Juan Gris y Francisco Durrio, entre otros artistas. Luego se asentó en su villa natal y el entorno inmediato del pintor se convirtió en asunto habitual de sus obras.

El refugio del creador

«Está todo muy ordenado... aunque siempre está ordenado», añade a su primera impresión María López Román tras entrar en el estudio de sus padres. Acaba de terminar la sesión fotográfica del taller de Ana Isabel Román y Edu López como réplica del 'Interior de estudio' de Benito Barrueta. «Creo que el cuadro es engañoso, como una anotación en un diario. Barrueta pintó el estudio que quería pintar. Posiblemente sería así, pero lo ordenaría antes. Porque lo quería sacar así. Es un cuadro metafísico, con esa luz, esos colores, esa composición... Está representando un poco el alma del artista», dice Edu López.

Ellos también han ordenado el suyo para la ocasión. Un poco. «Es casi donde vivimos. Pasamos aquí todo el día, y yo no podría vivir en un caos. La personalidad del estudio y la del artista son parejas», afirma López, a quien la pintura de Barrueta transmite «calma». A petición del fotógrafo, ha distribuido por el suelo algunas obras de pequeño formato. No puede faltar el caballete, protagonista absoluto en el lienzo del artista bermeano y un vestigio de tiempos pasados en el estudio bilbaíno de la pareja. «No lo usamos. Es el que yo tenía en casa de mis padres antes de empezar en la uni», recuerda Ana Isabel Román.

El taller está abierto al distribuidor del local, donde su hija, que dos días antes de la cita ha cumplido 18 años –«¡Ya puedo votar..!», advierte con una sonrisa malévola– tiene una habitación. «María quería un espacio con puerta. Era antes el almacén. Sacamos de él la obra pequeña, pero se ha quedado la grande», explica su madre. Martín, de 24 años, tiene su zona de trabajo en un altillo. «Somos todos diferentes; nos complementamos», dice el pintor. «Ni Martín ni María han hecho Bellas Artes. Martín ha estudiado Comunicación Audiovisual y María, que ha estado en el grupo de teatro del instituto, empieza este año también Comunicación Audiovisual», indica Román. A María le gusta actuar; a Martín, captar la realidad en documentales con una diminuta Polaroid Cube de 2015 de la que no se despega. «La pega es que no ves lo que estás grabando, pero tiene su gracia», dice poco antes de hincar la rodilla en el suelo para posar, cámara en mano, con el resto de la familia. Su hermana está más cómoda, en la mecedora con un volumen de las comedias de Shakespeare que le han regalado.

Espacio vital. Edu López, Ana Isabel Román y sus hijos Martín y María posan en el estudio bilbaíno de los artistas.
Espacio vital. Edu López, Ana Isabel Román y sus hijos Martín y María posan en el estudio bilbaíno de los artistas.

Delante de la puerta de la guarida de la joven cuelga en el distribuidor un columpio en el que la pintora se sienta a veces a pensar. Como cuando era cría. «Tenía un columpio en el caserío de mi abuela, entre los árboles. Cuando estás contenta, disfrutas; cuando tienes problemas, te sientas en él y buscas soluciones. ¡No sabes las horas que mete María aquí!», indica mientras se balancea. La pareja se ha encargado del montaje de la muestra 'ABC. El alfabeto del Museo de Bilbao', «con la ayuda de mucha gente», subrayan en distintos momentos de la conversación. Recuerdan el «privilegio» de recorrer en solitario las salas de la pinacoteca para decidir dónde debía ir cada pieza y elegir su ubicación «con todo el cariño».

Frente al taller vacío del cuadro del Museo de Bellas Artes que les toca recrear, el de Román y López está lleno de libros, carpetas, pintura, pinceles, juguetes, figuras... y obras. «El de Barrueta es un estudio idealizado. Es la realidad, pero no toda la realidad. Es lo contrario que el de Bacon, lleno de mierda», contrapone el artista. «Yo estoy encantada con mi estudio. De los que conozco de colegas, es el que más me gusta. Me gustan el espacio y lo que puebla el espacio. Es toda mi vida. Están los libros y objetos que me seducen y también los que a veces no me han gustado cuando me los han regalado, pero a los que luego he acabado cogiendo cariño...».

Solo tiene un problema: la obra crece, pero las paredes no. «Cada vez nos cuesta más que se vacíe. Ana lo ordena y otra vez tenemos alguna pared libre, pero... Este no es nuestro primer estudio. Empezamos en uno precioso en la huerta que tenía la abuela de Ana en Camino de Arbolantxa, en Otxarkoaga. Su padre le construyó lo que nosotros llamábamos 'la chabola', pero la gente que venía a verla decía: '¡Esto es una casa de muñecas!'. Tenía chimenea y contraventanas y, aunque era muy pequeñito, era el estudio más grande de todos porque podías pintar en la calle, en el monte», dice López. Carecía, eso sí, de las comodidades de un taller en el que llevan dieciséis años y trabajan los cuatro. Y que muy posiblemente no sea el último. «Como artista, siempre tienes las maletas preparadas», coinciden.

 

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