¿Por qué no se pueden formar las mesas electorales con voluntarios o parados?

¿Por qué no se pueden formar las mesas electorales con voluntarios o parados?

Es el tema de conversación en este paréntesis entre los comicios del 28A y los que se celebrarán el día 26... Pero, ¿tiene fundamento?

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

Es la comidilla de estos días en bares, a pie de barra, donde la gente intenta arreglar el mundo, y también en el mercado, en las charlas con los amigos, con los vecinos de la escalera y hasta con los cuñados, esos seres que ya se han convertido en el arquetipo de persona discutidora y tirando a chapas. ¿Por qué la Administración no busca voluntarios para formar las mesas electorales en lugar de elegir a sorteo a presidentes, vocales y suplentes 'forzosos'? Es una duda -y hasta un clamor- que se ha colado en todo tipo de foros populares (hasta alguna petición ha habido en Change.org). Un asunto especialmente caliente estos días, en los que los ciudadanos están recibiendo las notificaciones para 'crear' las mesas del 26M.

Lo cierto es que casi nadie quiere formar parte de los equipos de los centros de votación, a pesar de que cada miembro percibe una dieta de 65 euros... Si haces el cálculo de todo el tiempo que tienen que pasar allí, sale a cuatro euros y medio la hora. Eso, si la cosa no se alarga mucho. Y ni siquiera te dan un bocadillo y un botellín de agua, una leyenda urbana muy extendida (menos mal que los apoderados de algún partido se suelen apiadar y aparecen con algo comestible). Esta realidad, que a muchos les parece un horror, para otros es una experiencia interesante que, además, les permite llevarse unos euritos. ¿Por qué no tirar de ese grupo de 'interesados' para así 'obligar' al menor número posible de ciudadanos? Esta lógica popular, que a priori puede parecer impecable, no se sostiene. «Aquí el voto es libre -en algunos países no, te sancionan si no vas-, pero participar en una mesa no, es obligatorio. Y es lo más justo, porque así se conforman de manera aleatoria, un requisito para que el sistema funcione bien», explica Javier Tajadura, experto de Derecho Constitucional de la UPV.

Según indica, el método usado en España es «rápido y de una limpieza absoluta». ¿Para qué tocarlo? «Las elecciones son un engranaje de todos... hasta de los que les toca la 'mala suerte' de estar en la mesa un domingo que querían ir a la playa», comenta Tajadura, a la vez que recuerda que «por causas justificadas» un ciudadano puede librarse del llamamiento. El sistema tampoco es un monstruo implacable.

Entonces, ¿nada de voluntarios? «Sería peligroso. La neutralidad quedaría tocada», subraya. Podría haber grupos políticos o de poder que se hiciesen con el control del proceso. Y también discriminatorio. Imaginemos que la gente sólo fuese por dinero a las mesas electorales: quedarían señalados ante sus vecinos como personas que necesitan recursos y sería algo similar a las bulas papales en el pasado, se libraría el que tiene dinero. En las redes sociales, estos días hay muchas voces que piden que los perceptores de la RGI -puesto que reciben dinero público- se encarguen de las mesas, una barbaridad discriminatoria desde el punto de vista constitucional. Y una incoherencia en la llamada 'fiesta de la democracia'.

«'Catequesis' constitucional»

«Elegir a sorteo es lo más igualitario. Tenemos que entender que la democracia la hacemos entre todos. Además, es la mejor forma de garantizar la transparencia», indican expertos de las juntas electorales vascas. «Es un deber constitucional, cívico y ético. Al igual que la normativa tributaria establece que todos contribuyamos, la democracia debe descansar sobre los hombros de todos los ciudadanos, como marca la Constitución», indica Héctor Viribay, letrado y miembro de una junta electoral. Según explica, «el hecho de llamar a todos es una 'catequesis' constitucional: es decirle a la gente, 'oye, que tú pintas algo en este tema'. Si sólo se recurriese a parados o gente con pocos recursos, estaríamos como en la Roma del final del Imperio, encargando a los esclavos ciertas labores». Para Viribay, «si queremos tener una democracia de máxima calidad, está va a tener algún coste, que es el de que todos tenemos que contribuir».