Turquía, ¡para alegrar el verano!

No hay manera de saber las razones de la discrepancia que brotan entre Trump y Erdogan

Trump y Erdogan./AFP
Trump y Erdogan. / AFP
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Donald Trump y Recep Erdogan se parecen. Ambos son altivos, poderosos y abrumadores. A los dos les gusta mandar y, mucho más, que les obedezcan sin rechistar cuando ejercen un poder personal que se supone limitado por la Ley pero que ellos consideran omnímodo. Y, muy importante, uno alardea de su flequillo amarillo y el otro pasea triunfal su bigote pardo. Almas gemelas. Claro que también tienen algunas diferencias. A Donald Trump le gustaría disponer en el Congreso americano de la influencia que ejerce Recep Erdogan en su Meclis, el Parlamento turco; mientras que a éste le encantaría interpretar el papel de matón mundial que aquél realiza con tantísimo deleite.

Ahora la vida les ha llevado a chocar sus egos y enfrentar sus intereses. Los dos son socios importantes de la OTAN, pero actúan como gallos en corral disputado. Un corral ciertamente peligroso y sensible en donde se juega una buena parte de la tranquilidad mundial y el bienestar de sus habitantes. No hay manera de saber las razones ni de conocer los entresijos profundos de la discrepancia que brota incandescente en sus relaciones económicas. Económicas... por ahora y crucemos los dedos para que lo militar permanezca ausente de la bronca.

La secuencia es curiosa. La administración americana decidió imponer unos aranceles a los productos turcos que agravan una situación ya de por sí delicada, con una inflación galopante y una deuda enorme. La lira turca, en consecuencia, se desploma, lo que agrava la inflación -del 15%HH- y contribuye a devaluar más aún su moneda. Pero eso convierte en más competitivos a los productos turcos -muy abaratados cuando se compran con dólares-, lo que obligará a los americanos a subir de nuevos los aranceles, si pretenden que éstos sean efectivos como medida de contención de las importaciones. Y, así, de victoria en victoria camino de la derrota final en una espiral enloquecida.

Erdogan debería pagar royalties a Maduro y a los Castros. Asegura que toda la culpa es de los enemigos exteriores y propone que los ciudadanos turcos vendan oro y dólares y los utilicen para comprar liras turcas. Esto del enemigo exterior es una postura comodísima de gran utilización por parte de los dirigentes incapaces de gobernar y que no asumen sus responsabilidades. Pero, la única posibilidad de que los turcos hagan tal cosa y cumplan obedientemente sus indicaciones es que se hayan vuelto bobos de repente. Como eso no es una posibilidad real, lo más probable es que hagan precisamente lo contrario. Cambiar sus liras -las que puedan evitar las limitaciones de cambio-, por dólares para evitar que sus ahorros entren en ebullición y se evaporen al calor del enfrentamiento.

Como no podía ser de otro modo, el problema ha afectado con severidad a la cotización del BBVA que, el viernes perdió más de un 5% en su cotización. Un montón de dinero. ¿Por qué? Pues porque el banco tiene una gran exposición al mercado turco y, lo que es peor, a su moneda. El Banco Central Europeo está preocupado por la posibilidad de que empiecen a incumplirse los compromisos exteriores turcos y ha decidido evaluar sus eventuales consecuencias sobre los bancos a su cargo, entre los que destaca obviamente el BBVA. En Turquía, los bonos denominados en euros, dólares y libras suponen más del 50% de su PIB y la devaluación los ha encarecido hasta límites insoportables. ¿Podrán devolverlos cuando llegue su vencimiento? Será complicado si no se endereza antes la cotización de la lira y para embellecerla nada mejor que subir los tipos de interés. Algo que de momento Erdogan no quiere hacer y el Banco Central turco no hará sin su placet previo.

Este mes de agosto, el «entretenimiento» no nos llega de Grecia, sino de Turquía, pero por aquí asoma el nuevo culebrón veraniego. Una bendición (?) para quienes aborrezcan la playa. Permanezcan atentos a las noticias...

 

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