el último vasco

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Carlos Aguirre
CARLOS AGUIRRE

Si algo hay claro en esta sociedad, es que la edad media de nuestra población es cada día más alta. Si observamos con algo más detalle lo que está ocurriendo, vemos que se está produciendo un doble efecto. Por un lado, el alargamiento de la vida de las personas. Los avances médicos y, quiero pensar, unos hábitos más saludables, están logrando que cada vez vivamos más años. En Euskadi la esperanza de vida se ha alargado en 10 años en los últimos cuarenta, hasta alcanzar los 79 años en los hombres y más de 85 en las mujeres. Con ello nos hemos convertido en una de las sociedades más longevas del mundo. Y esto no ha hecho más que empezar, porque el aumento de la esperanza de vida se sigue produciendo año tras año, y afortunadamente de forma inexorable.

El segundo efecto es la fecundidad, y aquí nos encontramos entre los más bajos del mundo. En la actualidad nuestro índice de fecundidad (que es el número de hijos que como media una mujer tiene a lo largo de su vida) no llega a 1,4 hijos, por lo que la tasa de natalidad actual se sitúa en 7,9 hijos por cada mil habitantes. Para hacernos una idea, en 1975 estaba en 20 hijos por cada mil.

Esto tiene indudables consecuencias, y de todo tipo. Si por un lado cada vez vivimos más años y, por otro, cada vez tenemos menos descendencia, el escenario a futuro se antoja más que preocupante. Los economistas solemos utilizar un latinejo denominado «céteris páribus», que viene a significar «permaneciendo las cosas igual». Pues bien, hay estudios que han desarrollado un escenario en el que se proyecta cómo quedaría la demografía en los próximos tiempos si las cosas no cambiasen.

Lo que vienen a decir es que con 2,1 hijos por mujer se produciría el relevo generacional, pero por debajo de esa cifra ya no. También nos dicen que con una fecundidad de 1,4 hijos en cada nueva generación habrá menos personas. Esto no es una sorpresa si tenemos en cuenta que en 1975 la población vasca menor de 19 años representaba el 35% del total y ahora el 19%, mientras que los mayores de 65 años representaban el 9% y ahora el 22,5%, y que la tendencia es que estas cifras se agudicen.

¿A dónde nos lleva esto? La primera consecuencia es que la población cada día es más vieja, eso ya lo sabíamos. La segunda es que, en las condiciones actuales, poco a poco estamos llegando al pico de la población mundial. La gente, cuanto mayor nivel de desarrollo alcanza, menos ganas le quedan de tener una gran prole. Esto en Euskadi ya se lleva produciendo en los últimos 40 años. La tercera es la irrelevancia demográfica a la que va Europa. Hemos pasado de representar el 25% de la población mundial a principios del siglo XX, a apenas el 10% actual. Esto generará, de hecho ya lo está haciendo, problemas de influencia política y de relevancia económica.

Pero hay otro de corte estadístico en el que me quiero detener algo más. He mencionado que con tasas de fecundidad muy bajas no se produce relevo generacional. Sin querer sacralizar esta cifra, se puede estimar que para una tasa de 1,4 como la vasca se producen más fallecimientos que nacimientos y la población, sin contar los flujos migratorios, empieza a disminuir. Si esto continúa así, cada vez habrá menos mujeres en edad de procrear, por lo que a una misma tasa el número de nacimientos será cada vez menor. Esta progresión nos lleva a que cada vez haya menos, y menos, y menos nacimientos, y con ello menos, y menos, y menos población.

¿Existe un momento en el futuro en el que esta progresión nos lleve a la desaparición de la población vasca? Bueno, como creo que en aquel momento no estaré aquí para que me reprochen que me he confundido, voy a aventurar una fecha. Será dentro de unos 400 años. Se me antoja vislumbrar al último vasco vagando al lado de un Guggenheim en ruinas pensando en cómo hemos llegado a este punto.

Bien, esto son conjeturas estadísticas que seguro no se van a producir, pero que nos dan para pensar sobre la situación que se nos avecina a las sociedades más maduras y prósperas. En Euskadi, eso ya lo sabemos, tenemos una de las poblaciones más longevas del mundo, y además una de las tasas de natalidad más bajas. Mezcla a mi entender explosiva que seguro seremos capaces de remediar, pero asumiendo que estos remedios van a conllevar drásticos cambios en nuestra sociedad. En otros vecinos de Europa esto ya está ocurriendo, y por ahora no tengo claro que podamos extraer lecciones sobre lo bien que lo están gestionando.

Lo cierto es que el escenario demográfico cambiará hacia un lado u otro en función del desarrollo económico que seamos capaces de imprimir a nuestra economía y, consecuencia de ello, de la fuerza de trabajo que necesitemos para hacerlo posible. Por tanto, exportaremos bienes y servicios e importaremos mano de obra. Esta gente se integrará de forma más o menos natural en nuestra sociedad y contribuirá de manera decisiva a nuestra supervivencia como economía y como país, y además será el factor decisivo para garantizar la sostenibilidad de nuestro cada vez más costoso modelo de bienestar.