Por qué unas huelgas fracasan y otras no

Referéndum de taxistas en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas para decidir sobre la continuidad de la huelga./EUROPA PRESS
Referéndum de taxistas en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas para decidir sobre la continuidad de la huelga. / EUROPA PRESS

Los taxistas de Madrid no han logrado nada. Información y poder son armas básicas para sentarse a negociar con más posibilidades de conseguir los objetivos reivindicados

JORGE MURCIA

No tenían demasiado claro lo que querían (o podían realmente) conseguir. Además, dieron por sentado que su capacidad de coacción era inagotable, y al final no lo ha sido tanto. Por eso ha fracasado la huelga de los taxistas madrileños, sostiene Javier Rivas, profesor de Gestión Empresarial de la Universidad de Comillas ICAI-ICADE y experto en negociación. Información y poder. Son las dos claves para llevar a buen puerto las reivindicaciones laborales de un colectivo sin tener que recurrir a una guerra de desgaste como la que representan las huelgas. Sobre estos dos conceptos descansa el método Harvard, el más popular de los manuales sobre negociación eficiente, y que los taxistas madrileños no han llevado a la práctica.

«La teoría te dice que primero hay que conseguir información, luego poder. Cuando tengas ambas cosas, empiezas a negociar», dice Rivas. A su juicio, los taxistas de la capital de España «querían presionar, pero no sabían muy bien lo que quería la otra parte». La otra parte era el presidente de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido, «que además es una persona que no se va a presentar a unas elecciones, a diferencia de Ada Colau, y a la que por consiguiente no puedes presionar tanto. En ese sentido, han estado mal informados».

Garrido, por su parte, ha seguido la llamada táctica negociadora del samurái, o del sumo. Consiste en no moverse, de forma que el otro vaya poco a poco cediendo en sus pretensiones. «Primero hizo una medio propuesta, poniendo la cuestión de regular las VTC en manos de la alcaldesa. Como los taxistas no reaccionaron, empezó a negociar mejor los tiempos: gestionó mejor la información, y supo lo que quería la población, que por otra parte se ha sentido rehén de los taxistas».

Ahí entra en juego el poder, una baza que el gremio del taxi sobrevaloró. «Pensaban que la gente les iba a apoyar mucho más. Pero fueron perdiendo ese previsible apoyo social, con acciones como el corte de La Castellana, el no establecer servicios mínimos… Además, poco a poco se ha visto que la ciudad no se paralizaba. Hace 10 o 15 años podría pasar, pero ahora hay muchas más opciones de movilidad», dice el profesor de la Universidad Pontificia de Comillas. A los taxistas no les funcionó la táctica del últimatum, el poner la fuerza encima de la mesa, y no les quedó más remedio que acabar con una huelga al cabo de 16 días.

Hay otras tácticas de negociación, como la del 'poli bueno y el poli malo', muy habituales en el ámbito judicial. «Alguien te plantea una propuesta muy mala, tan mala que cuando luego te ofrece algo mejor, lo acabas aceptando», explica Javier Rivas. O la del 'win to win', en la que las dos partes ganan con el intercambio de propuestas. Es el principio que rige «las negociaciones de buena fe».

El experto en negociación cree que las huelgas sólo tienen visos de éxito «si la empresa es muy dependiente de la mano de obra y la actividad no es sustituible por tecnología». Recuerda casos de empresas asiáticas cuyos trabajadores consiguieron subidas salariales después de una huelga. «Al cabo de dos años, esas empresas estaban introduciendo autómatas en la producción», dice.

El fracaso de los controladores aéreos

En teoría, el sector del taxi, así como el de los controladores aéreos o los pilotos de avión, cumple con esa premisa. Pero el de los trabajadores que regulan el tráfico aéreo fue «un claro ejemplo de fracaso. Pensaron que tenían mucho más poder del que finalmente resultó. Prácticamente no hicieron aviso de huelga, y casi de repente se pusieron todos 'enfermos'. Y al final el Gobierno acabó por enviar a controladores aéreos militares».

Claro que también hay casos de huelgas culminadas con éxito, muchas veces en buena medida por la impericia de la empresa a la hora de llevar la negociación. Fue el caso de la embotelladora de Coca Cola en Fuenlabrada, que la central estadounidense propuso cerrar para concentrar la producción en otros lugares. «Los trabajadores hicieron huelgas y huelgas, y la empresa se cabreó tanto que los mandó a la calle con un ERE, una medida poco racional. Finalmente la Justicia acabó por dar la razón a los trabajadores, que tuvieron que ser readmitidos. Tenían menos poder de coacción, y sin embargo, salieron ganando», dice.

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