Hasta el infinito y más allá... desde Bilbao

Pablo Bedialauneta, Ángel Gil y Laura Burgos enseñan el cohete que han construido. /Luis Ángel Gómez
Pablo Bedialauneta, Ángel Gil y Laura Burgos enseñan el cohete que han construido. / Luis Ángel Gómez

Estudiantes de la Escuela de Ingeniería de Bilbao compiten por ser los primeros universitarios en lanzar un cohete de fabricación propia al espacio

IRATXE BERNAL

A cien kilómetros sobre nuestras cabezas empieza el espacio. El infinito y más allá de Buzz Lightyear. Esa es la distancia consensuada por la comunidad científica para situar la línea de Karman, el punto donde la atmósfera pierde tanta densidad que las alas y las hélices no sirven de nada. Allí, una nave necesita la velocidad de un satélite para mantenerse en órbita y seguir volando. Una frontera a la que miran desde cabo Cañaveral o Kourou y, a partir de ahora, también desde Bilbao. Desde la Escuela de Ingeniería, donde 23 estudiantes se han propuesto ser los primeros universitarios que lanzan un cohete de fabricación propia al espacio.

Quieren, además, lograrlo en sólo cuatro cursos, en 2022, porque ellos no son los únicos en el intento. El equipo, al que han puesto el nombre de BiSKYTeam haciendo un juego de palabras a la inglesa entre cielo y Bizkaia, compite por el título con jóvenes de otras quince universidades europeas. Entre ellas, la de Universidad de Stuttgart, que ya ha llegado a los 60 kilómetros, la Tecnológica de Delft (Holanda), que lleva ya casi veinte años en el empeño y ha superado los 20 kilómetros, y la Politécnica de Cataluña, hasta ahora la única española en esta 'carrera espacial' a la que llegó el año pasado. De hecho ya están hablando con los alumnos de estos centros para, en diciembre del año que viene, celebrar un primer encuentro en el que todas las universidades con equipos similares se reúnan para definir las reglas del juego.

Porque, más allá de ver quiénes son los primeros de alcanzar los 100 kilómetros, la idea de fondo de todos ellos es crear una competición que imite el modelo de la Fórmula Student, una prueba anual en la que la Escuela participa desde hace una década y en la que los estudiantes compiten con alumnos de otros centros fabricando (y pilotando) sus propios monoplazas, que después prueban en los circuitos de Silverstone y Montmeló. Allí, además del propio resultado de la carrera, se valora la aportación técnica de los vehículos y su viabilidad económica, es decir, si podrían llegar a ser fabricados y vendidos. Todo ello con unas características técnicas determinadas de antemano y que los participantes están obligados a cumplir. «Posiblemente, además de especificar cómo han de ser los cohetes, se establezca una altura inferior a los cien kilómetros para dar cabida en la competición a más universidades», explica Ángel Gil, alumno de primero del Máster de Ingeniería Industrial y uno de los promotores de la iniciativa.

«Empezar de cero es muy difícil. Así que lo hemos hecho siguiendo la organización que tiene el equipo de Fórmula Student de la Escuela. Ellos trabajan divididos en áreas de especialización y cada curso, aunque se renueva parte del equipo con la entrada de nuevos estudiantes y la salida de los que terminan sus estudios, no se empieza de cero sino que se fabrica un monoplaza al que se incorporan mejoras con respecto al que compitió el año anterior. La idea es hacer, a partir del curso que viene, un cohete por año», explica Gil.

De momento los estudiantes, procedentes de las especialidades de Industrial, Telecomunicaciones, Mecánica y el doble grado en Física y en Ingeniería Electrónica, están divididos en dos grupos: simulación y electrónica, por un lado, y motores por otro. Es decir, van a empezar de dentro hacia fuera. Cuando en el segundo curso se atrevan ya también con fusilaje, estos grupos se dividirán en cinco. «En la parte electrónica habrá un equipo especializado en aviónica y otro en control, que hoy trabajan juntos pero que pronto se separarán para que uno se dedique a la fabricación de las placas electrónicas y otro, al trabajo sobre esas placas. Otro grupo estará especializado en estructuras, que realizará todos los diseños mecánicos, incluido el del motor. Trabajará junto con el equipo de propulsión, que hará los dimensionamientos y diseños del motor. Por último, estará el grupo de aerodinámica, que se ocupara de estudiar cómo afecta la atmósfera al vehículo y facilitar esa información al grupo de estructuras», detalla Gil. «Tenemos que buscar gente de Ingeniería Química para la parte de propulsión y control», desliza aprovechando para tentar a otros estudiantes de la Escuela.

Rozamiento

«En realidad, hay varios tipos de dificultades. La primera es la construcción de un cohete lo suficientemente grande como para alcanzar esa altura, que podemos estar hablando de 20 metros de altura. Pero los sistemas de control y optimización del combustible son también todo un reto. En los primeros kilómetros, la atmósfera es muy densa por lo que conviene que el cohete al principio no suba con demasiada velocidad y espere a acelerar después, cuando el rozamiento con el aire es menor y no causa tanto consumo de combustible. Esto hay que programarlo y medirlo, porque durante el vuelo no se puede modificar la trayectoria», subraya Pedro Luis Arias, responsable académico del proyecto, que depende de los departamentos de Ingeniería Química y de Comunicaciones.

La iniciativa también cuenta con el apoyo del Aula Espazio de la propia Escuela, dedicada a la formación en Ciencia y Tecnología Espacial. De hecho, está previsto que los estudiantes de ésta puedan realizar su trabajo de fin de máster en el taller de BiSKYTeam y el primero, que quiere hacer su TCM sobre radiofrecuencia, sobre las comunicaciones con tierra, será la siguiente incorporación al equipo. «Todo lo que sea inventar, fabricar, desarrollar, programar y trabajar en equipo está muy relacionado con trabajo de un ingeniero. Así que todo lo que sea ir más allá de ecuaciones y fórmulas, de lo puramente teórico, nos parece un aprendizaje estupendo; por eso, cuando los alumnos nos lo propusieron nos pareció una idea genial aunque pudiera parecer algo un poco de 'frikis'», ríe el profesor.

«La idea se nos ocurrió en marzo, que fue cuando presentamos el tema a los profesores y la propia Escuela, pero a trabajar hemos empezado en septiembre. Como prueba de fuego compramos un 'cohetillo' en el que en dos semanas incluimos nuestra propia electrónica. Incorporamos, además, una memoria SD (como la de los móviles) para recopilar los datos de presión, temperatura, aceleración y posición y que nos los enviara a través de una antena para luego poder reconstruir el vuelo si es que el cohete se estrellaba en la caída y no lo encontrábamos. Era una prueba que, sobre todo, nos permitía ganar credibilidad y demostrar que éramos capaces de trabajar en equipo», subraya. Algo muy importante cuando se intenta recaudar cerca de 50.000 euros para desarrollar el proyecto y se busca el patrocinio de instituciones como la propia Universidad del País Vasco y el Aula Espazio de la Escuela de Ingeniería y de empresas como Rotork, Sener y AVS. A ellos se unen el Consejo de Estudiantes y el Centro Formativo Otxarkoaga, cuyos alumnos fabricarán algunas de las piezas.

Hasta Huelva

El 'cohetillo', lo ven en la foto hecha esta semana en el congreso Space for Inspiration organizado por la Agencia Espacial Europea en el Palacio Eskalduna, no se estrelló pero para lanzarlo tuvieron que desplazarse hasta Alcolea de Cinca (Huesca). «Un cohete así no se puede lanzar en cualquier sitio, porque puede alcanzar los dos kilómetros de altitud y hay que asegurarse de que la caída no ocasiona ningún problema. Y, claro, conseguir los permisos es muy complicado. Allí la ventaja es que hay una asociación que se ocupa de realizar los trámites para realizar lanzamientos y competiciones de aeromodelismo en su campo de vuelo, pero queremos conseguir permiso para poder realizar las próximas pruebas en el aeródrono de Dima», señala Gil.

Habla de las pruebas bajitas, las del cohete del curso que viene, porque a partir de ahí, si las cosas van bien, superarán los dos kilómetros de altura y tendrán que viajar hasta las instalaciones del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial de El Arenosillo, en Mazagón, Huelva. Allí, único campo de experimentación que hay en Europa para estos lanzamientos junto al noruego de la isla de Andoya, hacen ya sus pruebas desde hace años algunos de sus rivales en esta particular carrera espacial.

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