antídotos para una sociedad descontenta

Una manifestación de los taxistas en Madrid. /Efe
Una manifestación de los taxistas en Madrid. / Efe
Ángel Toña Guenaga
ÁNGEL TOÑA GUENAGA

Llevamos algún tiempo conociendo, con perplejidad creciente, distintos acontecimientos económicos, políticos y sociales, globales y locales, que nos sorprenden y que conllevan grandes consecuencias, hechos inesperados y cuya salida tampoco nadie es capaz de prever.

El triunfo de Trump, el 'Brexit' y su compleja situación, el éxito de la extrema derecha en multitud de lugares de Europa y América, los chalecos amarillos franceses, la situación en Venezuela, el conflicto radical de los taxistas y las plataformas digitales en Madrid y Barcelona, la crisis de los refugiados, por poner algunos ejemplos.

La mayoría de estos hechos tienen en común, a mi juicio, el descontento de amplias capas de población relacionado con su sentimiento de ser los perdedores de la situación económica y política en la que nos encontramos. En definitiva, la inaceptable desigualdad creciente dentro de cada país, que ha venido a afectar negativamente a sus clases bajas y medias en los últimos diez años.

Es cierto que la desigualdad, medida en términos mundiales, ha disminuido, debido sobre todo a la irrupción de las clases medias en China y la India. Pero sí lo ha hecho en el interior de cada país. Y recalcar el aumento de las desigualdades es signo de haber elevado nuestros estándares de exigencia moral, lo cual nos hace mostrar este pesimismo exigente, y nos obliga a seguir combatiendo desigualdades inaceptables.

La segunda mitad del siglo XX nos había proporcionado una situación de creciente estabilidad social y económica. Ya con anterioridad a la crisis de 2008, nuestro Estado de Bienestar estaba siendo negativamente afectado, y la crisis la ha dejado parcialmente malherida. Con la recuperación, a partir de 2015, hemos recobrado el PIB y buena parte del empleo perdido. Pero los indicadores de crecimiento clásicos, PIB y nivel de empleo, aunque se hayan recuperado en términos cuantitativos, ya no gozan del nivel de salud en términos de calidad que tenían antes de la crisis. El PIB no refleja una recuperación del nivel económico mediano de las familias, ni siquiera de la mayoría de empresas, porque se concentra en grupos de personas y empresas más reducido, y el empleo ya no es garantía de ascenso y estabilidad social. Y esto, provoca inestabilidad y riesgos. En definitiva, mayores niveles de contingencia social.

Ya no somos capaces de anticipar lo que puede pasar y cómo nos va a afectar. Los riesgos son más imprevisibles que nunca. Las lógicas históricas ya no funcionan, y ante esta zozobra, todos -personas, empresas y países- tratamos de hacer lo posible para externalizar y procurar que los riesgos no nos afecten. Si tiene que pasar algo malo, que les pase a otros, a otras personas, a otras organizaciones o a otros países. Y esos otros resultan ser, siempre, los más desprotegidos, los más débiles.

Y son esos colectivos los que en los últimos años vienen reaccionando y provocando hechos cuyas consecuencias son cada vez más relevantes. Reaccionan quienes se sienten directamente perjudicados por hechos económicos, o por hechos políticos cuyo origen son cuestiones económicas.

La economía, las finanzas y las empresas funcionan con una lógica cortoplacista, en la que lo importante es la ganancia mayor y en el más corto plazo. Somos conscientes de que no es la mejor manera de actuar, pero la inmediatez y la presión que ejercen los mercados, lo hacen inevitable. La política es también consciente de que debe actuar para atajar los problemas, pero sabe bien que sus decisiones no pueden inferir en los mercados, en la lógica económica, porque la clase política es consciente de que unas decisiones en favor de una mayor cohesión social que modifiquen a la baja las rentas de capital, se volverán contra ella, por la vía de la presión, o por la vía de los hechos.

No podemos ignorar que las democracias también pueden quebrar por interferir intereses económicos dominantes y contravenir las lógicas del mercado. Pero la novedad ahora, es que también pueden quebrar si desatienden en el tiempo los niveles mínimos de cohesión que sus ciudadanos demandan.

Sin propiciar tejidos sociales consistentes, todo se vuelve contingente, líquido. Las pérdidas afectan a los más débiles de inmediato; pero los ganadores también resultan afectados. Si el bienestar de unos se instala sobre el malestar de los demás, la estabilidad no está garantizada en el tiempo. A futuro, el crecimiento no puede ir en detrimento de la mayoría, y por eso la cohesión social es el mejor antídoto frente a la contingencia.

La mejor gestión del riesgo no está basada en la protección del mayor valor para uno mismo o para los suyos, ni en las empresas, ni en los países. La mejor gestión del riesgo es la que pone su atención y preocupación en el interés del conjunto de los ciudadanos afectados. Actuar así no sólo es éticamente razonable y socialmente responsable. Es, además, útil, eficiente e inteligente. La inteligencia es amiga de la racionalidad, y la inequidad creciente es censurable éticamente, además de poco inteligente.

El bien a proteger es el interés de todos. Mantener un sistema político, social y económico, sólo cobra sentido cuando el sistema cumple con su función. Y su función no es su pervivencia, que es sólo un valor instrumental. Su finalidad es servir a sus ciudadanos, sin olvidar que existe en un mundo globalizado, en un mundo que debe, sobre todo, focalizar su atención en las personas.