¿El fin de la Banca? Pues no

Imagen exterior del Banco Central Europeo./Efe
Imagen exterior del Banco Central Europeo. / Efe
Carlos Aguirre
CARLOS AGUIRRE

En esta tercera parte de mi artículo voy a escribir sobre los aspectos de carácter normativo y regulatorio que están condicionando el mundo financiero. En primer lugar, está la evolución de los tipos de interés. En la actualidad la referencia para los tipos, que es el Euríbor, está -0,15%. Esta situación en negativo lleva desde principios de 2016 propiciada por la política del Banco Central Europeo y está condicionando la cuenta de resultados de los bancos. Aunque las perspectivas son al alza en la curva de tipos, lo cierto es que la entrada en números positivos no se espera al menos durante el próximo año.

El segundo factor es la inyección de dinero que ha supuesto la facilidad financiera del Banco Central Europeo (BCE). Los ya famosos TLTROs o líneas de crédito del BCE a la banca europea han arreglado durante años la liquidez de los bancos. Estamos hablando de unos 760.000 millones de euros de financiación a la banca de la Eurozona, de los que 170.000 corresponden a la banca española. Y eso que la cantidad ha ido bajando, porque allá por 2012 llegó a alcanzar los 1.200.000 millones (400.000 en España).

El caso es que estas operaciones han hecho que otras líneas de financiación pasasen a ser irrelevantes, y que la liquidez para prestar a personas, empresas y administraciones fuese prácticamente ilimitada. Estas líneas de eurofinanciación son las que poco a poco se van recortando, lo que en último término llevará a una paulatina subida de los tipos de interés. La cuestión ahora está en el cuanto y el cuándo, porque no parece aconsejable proceder a la retirada de estos estímulos en un momento de desaceleración de la economía como parece que viene.

El tercer factor es la plena implantación de modelo supervisor europeo. A partir de 2014 ha tomado mando en plaza el Mecanismo Único de Supervisión (MUS) del Banco Central Europeo. Lo que antes hacía el Banco de España ahora lo hace el BCE, y la actividad supervisora se ha ampliado (y endurecido) de una manera más que reseñable. A muchos nos empiezan a sonar palabrejas como Recovery Plan, Resolution Plan, Marco de Apetito al Riesgo, Stress test, Autoevaluación de capital y de liquidez, Revisiones temáticas, o acrónimos como (mejor no digo lo que significan) IFRS9, MIFID, APRs, SCIIF, PBCFT, RIC, COS, IPAC, CRS, SREP, EMIR,…

Si a estas alturas alguien me sigue leyendo les diré que yo me hice un pequeño diccionario con los acrónimos más usuales, y ya tengo 247. El caso es que la banca europea se ve sometida a un proceso de supervisión continua para velar que cumplen con la normativa, que resumiendo mucho podría se podría concretar en los tres pilares de Basilea III: Solvencia, Gestión del riesgo, y Transparencia.

En relación a la solvencia, lo que se exige a la banca es disponer de un colchón de capital suficiente para cubrir de forma razonable todos los riesgos inherentes a sus operaciones. En otras palabras, que no vuelva a ocurrir, como en la década pasada, que los bancos tomen riesgo muy por encima de lo que podrían cubrir con sus recursos propios. Ahora lo que se exige es un nivel de recursos propios (capital, reservas y otros fondos equiparables) suficiente para cubrir los riesgos de impago que se podrían producir si las cosas se complican. Estaríamos hablando de entre el 11% y el 12% de sus activos ponderados por riesgo.

Esto es el «mínimo minimurum», porque a partir de ahí existe una normativa, que se llama MREL (Requisitos mínimos de fondos propios y pasivos elegibles) que exige una capa adicional. Esta capa de requerimiento nos llevaría a tener en nuestro balance unos fondos propios o asimilables probablemente por encima del 24% de los activos ponderados por riesgo. Aquí dejo este tema, que es muy complejo de explicar. Lo importante es que estos requerimientos de solvencia van a encarecer la financiación de los bancos, y con ello es muy probable que también los tipos de interés.

En relación a la gestión del riesgo, lo que se exige es que todos los bancos vigilen sobremanera cada operación de crédito que realicen, de forma que determinen de antemano el riesgo que asumen y puedan provisionar de forma razonable este riesgo latente. Es aquí donde entran en juego los potentísimos y sofisticados modelos bancarios para calcular la probabilidad de que se produzca un impago y la pérdida en caso que esto ocurra. Todo esto ya está en la contabilidad bancaria de este año y, dependiendo del perfil del banco, va a representar una mayor dotación de provisiones, con la repercusión en la cuenta de resultados.

El tercer pilar se refiere a la transparencia. Lo que se quiere es que no haya una sola operación, ni de activo ni de pasivo, que no haya sido comunicada, informada y explicada perfectamente al cliente. El banco es el responsable de que todos sus clientes conozcan qué producto financiero compran, y cuáles son sus características y su riesgo. Para las operaciones de crédito lo mismo, cuáles son las condiciones, y qué asume cada una de las partes.

La directiva europea sobre instrumentos financieros e información sobre mercados (MIFID II), que ya está vigente desde enero de este año y cuya trasposición a la normativa española se realizó en septiembre, marca las reglas de juego en el campo financiero, y he de decir que son muy estrictas. Las consecuencias son en la mayoría de los casos muy positivas, aunque los bancos pudieran argumentar que su aplicación plena está teniendo impacto en su cuenta de resultados.

Voy acabando, y resumiendo, todo lo que he escrito en los tres artículos. En los últimos diez años a la banca le están dando por todos los lados. Le cuesta sacar una sentencia judicial positiva, lo que está teniendo un impacto brutal en la cuenta de resultados. El estrechamiento de margen por intereses hace que su margen bruto se resienta. La cada vez menor posibilidad de disponer de una potente cartera de participadas hace que sus ingresos por operaciones financieras también vayan bajando.

Por el lado del gasto se está produciendo un gran ajuste en el dimensionamiento de plantilla y oficinas, y la impresión es que esto todavía no se ha acabado, ya que la banca tradicional debe reinventarse para dar respuesta y competir con las nuevas formas de hacer banca a través de la red. Me refiero a entidades casi virtuales, sin apenas costes operativos, que trabajan a nivel global, y que disponen de un mayor grado de información sobre los gustos y preferencias de los clientes. No doy nombres, pero a todos se nos ocurren unos cuantos muy bien posicionados en internet.

Por último, los requerimientos regulatorios y supervisores han endurecido mucho las condiciones de actuación de los bancos, y esto está teniendo un coste, por no hablar de la dificultad de determinados modelos bancarios para afrontar los nuevos requerimientos.

A estas alturas me dirán ustedes: ¿Es esto el fin de la banca? Pues no. Su capacidad de enfrentarse a estos retos y de sacar incluso ventajas de la nueva situación es más que reseñable. Evidentemente no todas las instituciones financieras han podido atravesar este duro proceso, pero las que han quedado presentan en su mayoría grandes fortalezas. Y si todavía hay alguno que pueda caer, el sistema en su conjunto tiene mecanismos más que suficientes para absorber el impacto.

Me podrán decir ustedes: ha descrito un panorama casi atroz para banca, y sin embargo cada año presentan unos resultados mejores. Pues sí, tienen razón. Los bancos tienen una gran capacidad de reaccionar ante los acontecimientos. Esto me da para una última reflexión sobre el futuro de la banca. Pero será en otro artículo.

 

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