100 años saltando el Duero

100 años saltando el Duero

Una de las empresas nodriza de Iberdrola nació hace cien años, tras una apasionante epopeya económica vasca

IRATXE BERNAL

Todavía hoy hay quien paga el recibo de la luz a Iberduero. Cosas del habla, que ignora las fusiones empresariales y no deja que la costumbre se altere a la ligera, de cualquier manera. Así pasen 26 años desde que la firma se fusionara con Hidroeléctrica Española para crear Iberdrola, hoy un gigante mundial. En aquella concentración de 1992 se perdía el rastro (al menos el etimológico) de una de las mayores aventuras empresariales de la industria: la creación hace ahora cien años de Saltos del Duero, la sociedad con que se inicia en nuestro entorno la construcción de los grandes embalses reguladores con centrales a pie de presa, una novedad en España y en el resto de Europa, y que Iberdrola pone como referencia de su centenario «compromiso con las energías limpias y sostenibles».

En el País Vasco, especialmente en Bizkaia, el siglo XIX había nacido aupado por un desarrollo industrial nunca visto hasta entonces. Proliferaban los altos hornos como los de Iberia, La Vizcaya o Santa Ana de Bolueta, y los astilleros como los del Nervión o Euskalduna; mientras una densa red de talleres de construcciones metálicas se disponía a proveer a las navieras Aznar, Bilbaína, Ibarra o Vascongada. Y Papelera Española y Unión Española de Explosivos iban camino de crear auténticos monopolios. Aquellos monstruos necesitaban de potentes y fiables centrales eléctricas con las que abastecerse. Las pequeñas instalaciones con que se alimentaban ferrerías, molinos y fábricas textiles ya no servían. Había que crear un nuevo modelo y los descubrimientos técnicos en el transporte de la electricidad permitían que la búsqueda se realizara en cauces lejanos, como los del Ebro o el Duero.

Así, numerosos industriales se aventuraron a recorrer barrancos y sendas poco o nada transitadas para, a lomos de mulas o a pie, descubrir cauces con desniveles aprovechables para generar energía. En aquellas travesías iban acompañados por ingenieros de caminos como José Orbegozo, que en 1906 decidió no ser un mero asesor y consiguió reunir fondos y socios (Eugenio Grasset Echevarría y Pedro Icaza) para constituir la Sociedad General de Transportes Eléctricos, que desde el principio puso sus ojos en el Duero. Concretamente, entre las desembocaduras de los ríos Tormes, Esla y Huebra, ya en la frontera portuguesa. Allí, a lo largo de 160 kilómetros el Duero discurría por un desnivel de 400 metros.

El proyecto consistía en construir saltos en localidades de Zamora y Salamanca (Ricobayo, Villalcampo, Castro, Saucelle y Aldeadávila), pero también grandes embalses que regularían el caudal asegurando la producción de las centrales que se instalasen aguas abajo. De lograrlo, multiplicarían por cinco el consumo eléctrico de España.

El Banco de Bilbao entra en el proyecto

Pero el proyecto tenía más problemas que los técnicos. El primero, el económico, que quedó solventado con la entrada en el proyecto de Horacio Echevarrieta, un magnate con intereses en el sector del carbón, el ferrocarril, la construcción naval, la industria militar y hasta la prensa, que ya participaba en el sector energético en la sociedad Saltos del Ter y poseía derechos sobre el caudal del Duero en el distrito portugués de Braganza. De la mano de Echevarrieta entró también el Banco de Bilbao, que no quería perder un tren que ya había cogido uno de sus principales rivales.

En 1901, un grupo de empresarios encabezados por el ingeniero de minas Juan Urrutia había logrado el apoyo del recién creado Banco de Vizcaya (había sido fundado tres meses antes) para constituir en la capital vizcaína Hidroeléctrica Ibérica. El capital social alcanzaba los 20 millones de pesetas, lo que da una idea de las esperanzas puestas en un proyecto que ya contaba con concesiones en el Ebro. Después fue adquiriendo otras en los ríos Leizarán, Urdón, Mijares, Júcar, Segura y Tajo con la pretensión de suministrar energía más allá de las fronteras vascas y llegar a Santander, Madrid, Valencia, Castellón y Cataluña. Y la cosa marchaba; en 1904 habían inaugurado la central de Quintana Martín Galíndez, en el Ebro, con la que abastecían a Bilbao, y en 1909 entraría en servicio la del Salto del Molinar, que atendía a Madrid.

Así, el ambicioso proyecto de Orbegozo y Echevarrieta ponía al Banco de Bilbao en la senda de un negocio que echaba chispas y que indudablemente sería uno de los sectores estratégicos del desarrollo económico nacional y no sólo vasco, y la entidad decide entrar en la nueva sociedad, la Hispano Portuguesa de Transportes Eléctricos, más conocida como Saltos del Duero. Era 1918.

Participación de Portugal

El siguiente escollo eran los problemas diplomáticos. Había que lograr la participación de las autoridades portuguesas, que de primeras no fueron nada favorables a un proyecto a todas luces dirigido por españoles. Tanto, que el Gobierno de Madrid, convencido de la necesidad de sacarlo adelante, llegó a plantearse desviar el curso del Duero y eliminar a los lusos de la ecuación. Pero el proyecto era tan caro que hubo que resignarse a negociar y repartirse la desembocadura del Tormes con los portugueses, que en 1927 dieron el visto bueno al inicio de las obras.

Estas comenzaron en 1929 por el aprovechamiento de Ricobayo, en el río Esla, que fue inaugurado en 1935. Tras el parón de la Guerra Civil, la compañía retomó las obras en Villacampo (1942), pero las dificultades para lograr financiación la obligaron a fusionarse en 1944 con Hidroeléctrica Ibérica y crear Iberduero antes de seguir con las centrales y embalses de Castro (1946), Saucelle (1950) y Aldeadávila (1956), todos ellos en el río Duero. En total, una potencia instalada de 3.560 megavatios (MW).

En 1992, Iberduero se unió a Hidroeléctrica Española, nacida en 1907 como un filial de Hidroeléctrica Ibérica con el fin de atender el centro de la Península, para crear Iberdrola. Pero es ya otra historia.

 

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