Ganas de agradar, miedo a frustrar

El nuevo Gobierno enfoca el gasto sin un plan de eficiencia y recurriendo a tributos efectistas

Ganas de agradar, miedo a frustrar
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Las ganas de agradar y el miedo a frustrar se han convertido en los dos motores que mueven la política actual. Traducido al cristiano eso es sinónimo de más gasto. Como era de esperar, el 'Gobierno bonito' de Pedro Sánchez es todo un paradigma del agrado y el contento. Lo expresó nada más llegar al Ministerio la titular de Hacienda: «En España no hay un problema de gasto, hay un problema de ingreso». Y para celebrarlo, don Pedro amplió en cuatro el número de ministerios y ella nos anuncia una batería de nuevos impuestos y subidas de algunos existentes. Total...

Me gustaría separar el mecanismo de decisión seguido de la propia decisión adoptada. Este y todos los gobiernos consideran el nivel de gasto recibido como un stock inmutable. Es decir, dan por hecho que todo lo que gasta el Estado es necesario y está bien gastado. Pero a nadie se le ocurre hacer un análisis coste/beneficio de lo que se considera necesario ni un análisis de eficiencia de cómo se gasta lo que, supuestamente, está bien gastado. Así cualquiera.

Una vez concluido que todo se gasta bien y dado que siempre quieren gastar más, hasta ahora ha existido una alternativa: o se aumentan los ingresos o se incrementa el déficit. Lo segundo lo hizo José Luis Rodríguez Zapatero con fruición y situó el descuadre de las Cuentas públicas por encima del 11%. Ahora ya no es posible, porque Bruselas no deja y, además, Pedro Sánchez quiere -menos mal- agradar en Europa. Así que no queda otro remedio que subir los impuestos. Y eso es así porque ningún gobernante tiene ni la audacia ni la paciencia necesaria para tratar de aumentar la base imponible y esperar a que redunde en mayores ingresos. Así, que se limitan a subir los tipos.

Puestos a ello, se podría -se debería- optar por el IRPF y/o el IVA; los únicos impuestos que de verdad proporcionan ingresos. Pero tienen la pega de que ambos suscitan el desagrado de los ciudadanos -¡tabú!, ¡anatema!-, así que han encontrado una fórmula que camufla el objetivo. Digo camufla porque todos los impuestos los terminan pagando siempre, de una u otra manera, general o por grupos, los ciudadanos. ¿Quién si no iba a pagarlos?

Castigar a los bancos, por ejemplo, tiene muy buena aceptación popular, aunque nadie se ha preguntado porqué merecen un castigo y nadie se ha sentido obligado a explicarlo. ¿Es porque su actividad se considera nociva o simplemente porque su salvación ha costado mucho dinero? Lo primero sería una originalidad. Y, si es lo segundo, se debería haber circunscrito el castigo a las entidades dirigidas -¡qué curioso!- por los propios políticos, y entre ellos quienes ahora castigan. ¿Por qué no se castigan ellos a sí mismos? ¿Cuánto dinero le han costado al erario público el BBVA, el Santander, el Sabadell, la Caixa o Kutxabank, que son quienes van a soportar el impuesto?

Otra novedad es el mínimo del 15% establecido para el impuesto sobre Sociedades. Visto así parece sensato, pero la apreciación se sustenta sobre un equívoco. Cuando se compara el total de los beneficios obtenidos por las empresas grandes -en especial las del Ibex 35- con el impuesto total pagado a la Hacienda española, el porcentaje aparece como muy escaso. Pero se olvida que más del 60% de lo ganado por estas empresas se obtiene en el extranjero y que pagan allí por ello. ¿Deberíamos obviar los convenios de doble imposición y volver a cargar de impuestos aquí lo ganado y tributado allí? ¿Piensa alguien que esa es una buena práctica para atraer y mantener entre nosotros los centros de decisión de las grandes multinacionales? Pues se equivoca.

Otra mala idea es el destope anunciado de las cotizaciones sociales. Primero porque es una injusticia al aumentar la progresividad de manera brutal, una vez que no se piensa destopar las pensiones como consecuencia de ello. Y, segundo, porque supone un castigo al empleo y, precisamente, al de mayor calidad. ¿No queríamos mejorar la calidad del trabajo? Pues vaya manera de apoyarlo.

Total. Que nos espera más de lo de siempre. El Gobierno va a lo más fácil, para él claro, que aproximadamente es lo más complicado para los demás. Mala suerte.

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