Una ecuación difícil: deuda, impuestos y gasto social

Joaquín Almunia
JOAQUÍN ALMUNIA

Estamos asistiendo a una legislatura muy extraña. Y me atrevo a decir que muy poco productiva en términos de reformas de calado que nos permitan dejar atrás los destrozos provocados por la crisis. Dos elecciones generales casi seguidas -diciembre de 2015 y junio de 2016- dieron paso a un Gobierno que duró poco más de año y medio, y no hizo grandes cosas en el terreno socioeconómico, que ha sido sustituido por otro Ejecutivo de distinto color que sólo cuenta con el apoyo firme de sus 84 diputados sobre 350.

La economía parece comportarse bien hasta ahora, esquivando las turbulencias de la situación política. Pero observando el panorama con cierta atención vemos cómo, además del previsible final de los vientos de cola que tanto nos han ayudado en los últimos cuatro años, asoman ahora una serie de riesgos, entre los cuales me parecen más preocupantes la deriva adoptada por el nuevo Gobierno italiano y las posibles consecuencias de la irresponsable guerra comercial emprendida por Trump.

Desde 2012, cuando tuvo lugar el rescate bancario y con él la reestructuración de nuestro sistema financiero, los responsables económicos españoles han desperdiciado bastante el tiempo. Ahora, el margen de maniobra que no utilizaron entonces va a empezar a reducirse. Y como sucedió en la pasada década, no hemos hecho todos los deberes para ponernos a salvo de futuras crisis. Nuestro nivel de endeudamiento público y privado sigue siendo muy elevado. A pesar de los recortes y de la austeridad de la primera mitad de esta década, nuestro déficit público necesita seguir siendo reducido. Y habrá que hacerlo en una fase del ciclo económico de menor crecimiento del PIB y del empleo. Nos lo acaba de recordar, con su fría prosa, la reciente misión del FMI al hacer públicas sus consideraciones provisionales

A medida que suban los tipos tanto el presupuesto público como el sector privado notaremos la presión. Si ello se debe sólo al repunte de la inflación y el final de la política monetaria expansiva, confío que esa presión aumente de manera gradual. Pero una marejada en los mercados de deuda como la que que pudiera provocar la irresponsabilidad del gobierno Conte, o un final caótico de las negociaciones del 'Brexit', tendría consecuencias más difíciles de absorber.

Endeudarse será más caro, y habrá que hacerlo en peores condiciones. Así que, entre otras cosas, el sistema de pensiones no podrá seguir cubriendo sus déficits por esa vía, como ha sucedido en los últimos años, ni tampoco con un Fondo de Reserva prácticamente agotado. Bajo la hipótesis de que se renuncie a recortar los niveles de cobertura actuales, se necesitan nuevos recursos, como también ha recordado el FMI, que no se van a generar en proporción suficiente a través del aumento del número de cotizantes o de sus bases de cotización. Sin nuevas fuentes de ingresos, que exigen decisiones aún no adoptadas, las promesas de volver a ligar la revalorización de pensiones con el IPC no podrán cumplirse.

Esos ingresos tendrán que venir del Estado, y no sólo del propio sistema de Seguridad Social. ¿De dónde van a obtenerse? Los esfuerzos adicionales en la lucha contra el fraude y la elusión fiscal, tan necesarios, tampoco serán suficientes. Habrá que revisar las bases imponibles de los actuales impuestos, en particular de los más importantes: IRPF, IVA, Sociedades, Impuestos Especiales. Subir los tipos marginales del IRPF o del de Sociedades en algunos supuestos puede estar justificado en aras de la equidad, pero tampoco basta. Los ricos y las grandes empresas pueden pagar más, pero aún así su aportación como contribuyentes no sería tan grande como para cubrir por sí solos el desfase entre ingresos y gastos. Y la capacidad recaudatoria de las nuevas figuras tributarias de las que se habla no supondría más que un complemento del esfuerzo fiscal que recaiga sobre los sujetos pasivos de los cuatro grandes impuestos, que tendría que afectar a capas de contribuyentes que no pueden considerarse 'ricos'.

La dificultad de conseguir resultados plenamente satisfactorios a corto plazo con una estrategia como la dibujada es evidente. En el mejor de los casos, requiere de un esfuerzo prolongado en el tiempo. Un tiempo más bien escaso, pues el déficit del sistema contributivo de nuestra Seguridad Social ha alcanzado proporciones preocupantes. En tanto no se aborde con una visión integral el capítulo de ingresos, cualquier compromiso de más gasto en prestaciones en los próximos años debe ser sopesado con serenidad.

P.D.: Hay quien quizás crea que la actual oposición de PP y Ciudadanos tiene una fórmula mejor, consistente en bajar impuestos, en vez de subirlos, y volver a apretar las clavijas de la austeridad, sin siquiera aprovechar el pequeño margen que la ministra Calviño consiguió arrancar a la Comisión Europea. Pero en economía, menos que en cualquier otra disciplina, los 'cuentos de la lechera' acaban mal. Y la pereza a la hora de abordar reformas de calado acaba volviendo, más pronto que tarde, como un boomerang. Es decir, con más déficit, más deuda, menores pensiones y la renuncia a invertir en educación, innovación y modernización. Quizás si la actual oposición pensase algo más en los ciudadanos del país que tanto dicen amar, y se mostrasen más proclives a negociar un acuerdo con amplio apoyo parlamentario sobre estos temas, nos iría mejor. Y ese 'nos' somos los ciudadanos de un país llamado España.

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