Cuidar la viña

El sector público ha de intervenir sin distorsionar y legislar sin perjudicar

Cuidar la viña
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Desconozco cómo se ha tomado el Gobierno la advertencia -de momento no llega a la categoría de amenaza-, emitida esta misma semana por el Consejero Delegado del Banco de Santander, primero, y varios colegas del sector, después, quienes, ante la anunciada intención de imponer un impuesto específico y asimétrico para la banca, han recordado que quizás eso obligue a las entidades a repensar su estrategia corporativa e incluso su propia localización.

Este gobierno -y la verdad es que casi todos los anteriores y, con toda probabilidad, casi todos los venideros-, incurre en una serie de errores cuando se trata de encarar el espinoso problema del equilibrio de las cuentas públicas. En primer lugar, a una buena parte de nuestros dirigentes, esto del equilibrio de las cuentas les preocupa entre muy poco y casi nada. A ellos les gusta gastar y contentar a los ciudadanos y los desequilibrios que tal comportamiento provoque en el futuro serán quebraderos de cabeza... para sus sucesores. A los directivos de los clubes de fútbol les obligan a responder con su peculio personal de los destrozos que causen en el patrimonio de las entidades que gestionan. Pero ya sabe que, entre nosotros, el fútbol es una actividad mucho más desarrollada y, para algunos, más importante que la política. Por eso los gobernantes siempre se afanan con el gasto y se ufanan de su incremento, mientras que nunca analizan su eficacia.

En segundo, y puestos a ello, siempre necesitan más ingresos dado que nadie estudia la relación coste beneficio de ningún capítulo de gasto susceptible de ser eliminado o, al menos, racionalizado. Se da por hecho que todo gasto es necesario y toda competencia está bien gestionada. Es como si, en una empresa cotizada, su cotización la fijasen sus propios gestores. Viviríamos en una burbuja bursátil permanente y por eso vivimos en una burbuja de gasto público permanente.

¿Cómo se cuadra todo? Pues muy sencillo, aumentando los impuestos. Es decir, quitando dinero a los más eficientes para repartirlo entre los más ineficientes. Ya se que dicho así, a lo bruto, suena muy mal, pero si lo piensa un poco es lo que hay. La solidaridad social es uno de los pilares sobre los que asienta el contrato social, pero no deberíamos olvidarlo, ni dejar de matizarlo. Entre otras razones, porque los más eficientes acostumbran a hacer cálculos y adoptar decisiones, para seguir siendo eficientes.

El anuncio del nuevo impuesto a la banca, al igual que el establecimiento de una tributación mínima efectiva para todas las empresas y con independencia de su oportunidad, justicia y conveniencia, necesita mucha reflexión antes de intentar aplicarla, si no queremos evitar que produzca más perjuicios reales que beneficios potenciales. ¿De qué tipo impositivo hablamos, en qué supuestos y sobre qué bases imponibles se aplicará? Son preguntas cuya respuesta requiere estudio, sosiego y cálculo desapasionado. Por ahora, la mayoría de los cálculos que he visto son muy burdos y comparan los beneficios totales obtenidos con los impuestos pagados... en España. Olvidan que, dado el importante nivel de internacionalización logrado por muchas de nuestras grandes empresas, el beneficio obtenido en España es solo una parte, y no siempre la más importante, de la totalidad. De ahí que, primero, es obligado desglosar el origen geográfico de los beneficios; y después, considerar los impuestos previamente pagados en los lugares obtenidos, exista o no un convenio de doble imposición.

A cada hacienda nacional -y aquí, además, a cada hacienda foral-, le interesa maximizar el ingreso que capta de cada empresa. Pero debe considerar que eso mismo le interesa a cada una de las haciendas con las que una empresa multinacional se relaciona en los diferentes países en los que actúa.

Es muy cierto que la economía de hoy se desmaterializa a pasos agigantados y las actividades se deslocalizan más rápidamente aún y eso obliga a las haciendas a extremar el cuidado de su viña. Pero, dado que este proceso es irreversible y nadie -ni siquiera el exagerado tipo que vive debajo del gran flequillo amarillo, al otro lado del Atlántico- puede revertirlo, es igualmente necesario para el sector público intervenir sin distorsionar y legislar sin perjudicar. Al menos, sin perjudicar más de lo estrictamente necesario. Vamos, digo yo.

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