Nadal eterniza su leyenda en París

Nadal eterniza su leyenda en París

El rey de la tierra batida sigue narrando una leyenda imposible ante el austríaco Thiem, que volvió a claudicar ante el español en París, por segundo año consecutivo

DAGOBERTO ESCORCIA

Rafael Nadal eternizó su leyenda sobre la tierra de Roland Garros al conquistar su decimosegundo título en París sobre doce finales disputadas. Ninguno como él. Nadie en la historia de este deporte había sido capaz de ganar 12 veces un torneo del Grand Slam. Nadal se convirtió en un mito al vencer por segundo año consecutivo en la final al joven austríaco Dominic Thiem, por 6-3, 5-7. 6-1 y 6-1 en tres horas de juego.

Desde que Rafael Nadal adquirió en propiedad, en el 2005, la «maison» más importante que está situada en el Bois de Boulogne de París, en su primera aparición en una subasta en la que ganó el preciado trofeo de la Copa de los Mosqueteros al argentino Mariano Puerta, otros seis compradores se han acercado a la pista Phillipe Chatrier para intentar adueñarse de Roland Garros. El último ha sido el joven austríaco Dominic Thiem, que ayer tuvo que desistir por segunda vez de su pretendida intención ante un Nadal inmenso, que dio un recital de tenis para mantener su hegemonía en el torneo más prestigioso que se disputa sobre tierra. Previamente habían salido con la cabeza baja de la casa de Nadal, Roger Federer (2006/07/08/11), Robin Soderling (2010), Novak Djokovic (2012/14), David Ferrer (2013), Stan Wawrinka (2017) y Thiem (2018/19).

La final tuvo su momento más intenso y espectacular en el primer set. En 56 minutos los dos tenistas se entregaron a fondo en una lucha extraordinaria en la que exhibieron el juego más sobresaliente que podían mostrar. No hubo un asalto de estudio. Tampoco ninguno de los dos esperó a ver qué hacía el otro. Se lanzaron en una lucha fenomenal y apasionante. Un intercambio de golpes en la búsqueda del más dañino. Del revés que hiriera y la derecha que rematara. Fue un «dame que te pego». Intercambios frenéticos y rallies larguísimos en los que estaba prohibido respirar.

El Thiem rápido, que eliminó a Djokovic en semifinales a punta de agotadores reveses liftados, derechas profundas y potentes y dejadas asombrosas, se encontró con el Nadal más brillante. Excelso estuvo el español con el servicio, con un 73% de efectividad con el primer saque. Magnífico se mostró en las subidas a la red (23 puntos en 27 subidas para un 85% de aciertos), y espléndido con su derecha y soberbio con su revés. Todo lo hizo mejor ante un adversario al que le entraban todos los golpes, pero que le exigía uno más en cada punto. Y ahí en esta fase, y en pistas de tierra, Nadal es único en el mundo.

La exquisitez del primer set dio paso a un segundo menos dramático y con un descenso en la intensidad del juego. No podía ser que repitieran una manga como esa primera en la que pareció que se lo jugaban todo. Si Thiem había leído las estadísticas históricas de las finales de Nadal en Roland Garros sabía que no tenía nada qué hacer. En partidos a cinco sets, cada vez que gana el primer set, Nadal se adjudica el partido. Thiem, sin embrago, no se rindió. Pareció incluso que Nadal perdonó a Thiem la derrota por la vía rápida. El austríaco, que había tenido un día menos de descanso que el español, igualó el combate al romper el saque de Nadal en el último juego.

Pero hasta ahí llegó la pelea. Habían jugado durante 1h40m. Nadal salió a definir y Thiem no tuvo opción. Si quería pelea la iba a tener, si quería vencer al rey de la tierra tendría que hacer algo más. Ni siquiera presentó lucha el austríaco. Nadal bordó la última parte de la final. El tercer set fue un paseo. Una cátedra de tenis. De 31 puntos disputados, Nadal ganó 27, y tuvo el 100% de efectividad con el primer saque (8 de 8) y con el segundo (4 de 4). Así se explica que Thiem fuera arrasado materialmente. Arrollado por el campeón que no se detuvo en el cuarto set para adjudicarse su título número 12 y confirmar al mundo que él es el dueño de esta tierra parisina. Y que cada partido que gana es como si fuera el primero de su vida. Por eso todavía se acuesta en la tierra cuando siente que ha vencido. Por eso todavía se emociona y abre los brazos al cielo. Es eterno.

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