Zaratamo llora con los puños cerrados

Urrutikoetxea sintió el cariño de los suyos./Maika Salguero
Urrutikoetxea sintió el cariño de los suyos. / Maika Salguero

El pueblo de Mikel Urrutikoetxea se ha volcado con su ídolo, ha jaleado sus tantos en medio de la euforia y ha sido dueño de las gradas a pesar de la derrota

Javier Muñoz
JAVIER MUÑOZ

Sentado en la cancha tras cometer el error que dio a Irribarria el tanto 19, el rostro de Mikel Urrutikotxea lo decía todo. «Aquí ha perdido el partido», aseguraba uno de los suyos, con las manos apoyadas en una barandilla del graderío, sin reprimir la frustración. Un grupo de chavales guipuzcoanos corrió escaleras abajo para arropar desde más cerca a su ídolo de Arama, que poco después iba a proclamarse campeón. Urrutikoetxea, serio, ya no miraba al frente, sino que se movía cabizbajo. Beñat, entrenador de la escuela de pelota de Zaratamo, y los adolescentes del municipio que habían acudido a jalear a su figura, a ese pelotari que suele jugar con ellos cuando tiene tiempo, estaban desolados. Aun así, al llegar el tanto 22 de Irribarria no dejaron de animar al suyo, igual que habían hecho antes. «¡Mikel, Mikel!».

Su padre, Javier, había pasado todo el tiempo como un manojo de nervios, las manos entrelazadas a la espalda o sobre la barandilla, junto a otro aficionado que vestía el color rojo de su hijo. Él también tiene experiencia de finales, las que la familia comparte con Mikel. «No hemos hablado de pelota con él en toda la semana», había asegurado Javier antes de que comenzara el duelo con Irribarria. «Está más tranquilo que nunca», remachó. Y realmente eso se notaba cuando Mikel todavía estaba en el vestuario, observando detrás de la puerta el choque de parejas anterior. Entonces saludaba relajado a los que pasaban a su lado y le deseaban lo mejor, mientras su adversario charlaba a cierta distancia, la espalda contra la pared. «Qué quieres que diga, yo soy de Zaratamo. Mikel va a ganar, seguro», prometía un muchacho en lo alto del Frontón Bizkaia. «Es el mismo Mikel, pero más cargado», aseguraba Beñat. «Los chicos de la generación de 2009 juegan a pelota por sus triunfos», agregó el entrenador.

«Los chicos de la generación de 2009 juegan a pelota por los éxitos de Mikel» Uno de sus seguidores

«¡No puede ser, no puede ser»!, gritaba un aficionado cuando Mikel cometió un error decisivo Jarro de agua fría

Beñat saltaba de la esperanza al desaliento al ritmo del marcador. Con el 15-10, Mikel desató la alegría de Zaratamo, y los suyos no dejron de lanzar los puños al aire cuando conseguía un buen tanto. «Todo el pueblo está con él», aseguraba un joven. Cuadrillas enteras de amigos daban botes o salían corriendo por los descansillos del frontón con los brazos en alto. Las gradas eran una caldera encendida realmente por ellos, claramente dominantes, aunque los de Irribarria no perdían ocasión de hacerse notar.

«Yo creo que esta vez va bien», comentó esperanzado Beñat cuando las cosas todavía le marchaban rodadas a Mikel. Pero el entrenador no las tenía consigo, tratándose de una final. «Tiene que mover a Irribarria. Ha tirado muchas al centro», se lamentó en un momento del partido, consumido por la tensión. Porque el pelotari de Arama no cejaba y golpeaba con una fuerza descomunal. «Pero Mikel ha pasado situaciones difíciles y las ha superado», subrayaba Beñat.

La decepción

El padre de Urrutikoetxea, mientras tanto, apenas hablaba. Contempló el juego siempre de pie, a poca distancia de los fotógrafos, que captaban cada gesto de su hijo. Y durante mucho rato fueron ademanes de rabia, los puños cerrados igual que los de los muchachos de su pueblo, porque las jugadas le salían. Sin embargo, esa determinación desapareció con los dos fallos consecutivos que cometió Mikel en el tramo decisivo. Los tantos 19 y 20 de Irribarria. Esta vez los gritos de la afición fueron de decepción. «¡No puede ser, no puede ser!», gritó un aficionado, sin dar crédito a lo que había visto.

Mikel todavía tuvo un poco de esperanza al colocarse 20-21, pero era demasiado tarde para salvar la situación. La final concluyó con los dos rivales tendidos en el suelo, el vizcaíno y el guipuzcoano uno al lado del otro, mientras la hinchada de Zaratamo gritaba, a pesar de todo. «¡Mikel, Mikel!». No le salieron las cosas al vizcaíno; perdió el que cometió los peores errores. Nada que Urrutikoetxea no pueda corregir, porque, como le explicó un día a un periodista, «no somos máquinas». Y lo cierto es que, pese a la derrota, él ha estado esta vez cerca de serlo siquiera por momentos.

Su padre, Javier, pasó todo el tiempo como un manojo de nervios, las manos entrelazadas a la espalda o sobre la barandilla, junto a otro aficionado que vestía el color rojo de su hijo. Él también tiene experiencia de finales, las que la familia comparte con Mikel. «No hemos hablado de pelota con él en toda la semana», había asegurado Javier antes de que comenzara el duelo con Irribarria. «Está más tranquilo que nunca», remachó. Y realmente eso se notaba cuando Mikel todavía estaba en el vestuario, observando detrás de la puerta el choque de parejas anterior. Entonces saludaba relajado a los que pasaban a su lado y le deseaban lo mejor, mientras su adversario charlaba a cierta distancia, la espalda contra la pared. «Qué quieres que diga, yo soy de Zaratamo. Mikel va a ganar, seguro», prometía un muchacho en lo alto del Frontón Bizkaia. «Es el mismo Mikel, pero más cargado», aseguraba Beñat. «Los chicos de la generación de 2009 juegan a pelota por sus triunfos», agregó el entrenador.

Beñat saltaba de la esperanza al desaliento al ritmo del marcador. Con el 15-10, Mikel desató la alegría de Zaratamo, y los suyos no dejron de lanzar los puños al aire cuando conseguía un buen tanto. «Todo el pueblo está con él», aseguró un joven. Cuadrillas enteras de amigos daban botes o salían corriendo por los descansillos del frontón con los brazos en alto. Las gradas eran una caldera encendida realmente por ellos, claramente dominantes en las gradas, aunque los de Irribarria no perdían ocasión de hacerse notar.

«Yo creo que esta vez va bien», comentó esperanzado Beñat cuando las cosas todavía le marchaban rodadas a Mikel. Pero el entrenador no las tenía consigo, tratándose de una final. «Tiene que mover a Irribarria. Ha tirado muchas al centro», se lamentó en un momento del partido, consumido por la tensión. Porque el pelotari de Arama no cejaba y golpeaba con una fuerza descomunal. «Pero Mikel ha pasado situaciones difíciles y las ha superado», subrayaba Beñat.

La decepción

El padre de Urrutikoetxea, mientras tanto, apenas hablaba. Contempló el juego siempre de pie, a poca distancia de los fotógrafos, que captaban cada gesto de su hijo. Y durante mucho rato fueron ademanes de rabia, los puños cerrados igual que los de los muchachos de su pueblo, porque las jugadas le salían. Sin embargo, esa determinación desapareció con los dos fallos consecutivos que cometió Mikel en el tramo decisivo. Los tantos 19 y 20 de Irribarria. Esta vez los gritos de la afición fueron de decepción. «¡No puede ser, no puede ser!», gritó un aficionado, sin dar crédito a lo que había visto.

Mikel todavía tuvo un poco de esperanza al colocarse 21-20, pero era demasiado tarde para salvar la situación. La final concluyó con los dos rivales tendidos en el suelo, el vizcaíno y el guipuzcoano uno al lado del otro, mientras la hinchada de Zaratamo gritaba, a pesar de todo. «¡Mikel, Mikel!». No le salieron las cosas al vizcaíno; perdió el que cometió los peores errores. Nada que Urrutikoetxea no pueda corregir, porque, como le explicó un día a un periodista, «no somos máquinas». Y lo cierto es que, pese a la derrota, él ha estado esta vez cerca de serlo siquiera por momentos.