Desencanto

Zabaleta dominó la zaga a su antojo y le sacó más de medio cuadro de ventaja en el peloteo a Rezusta, mientras que Ezkurdia, con mordida y genio, superó a Elezkano II vendido a su suerte

Desencanto
Tino Rey
TINO REY

Dos de los sentimientos más arraigados en la época barroca fueron el desencanto y el pesimismo. Estas dos sensaciones se vertieron a raudales en la final del Campeonato de Parejas disputada ayer en el frontón Bizkaia. Ezkurdia y Zabaleta pasaron por encima de Elezkano II y Rezusta, que estuvieron sin fuelle, pegada, ideas y no supieron contener las acometidas de sus rivales. Carecieron de una hoja de ruta cristalina del pimer tanto al último.

Un símil taurino. Cartel sin duende suelen decir cuando los primeros espadas no desprenden ese aroma de artistas que enardece a la afición. El de ayer de Bilbao, matices aparte, carecía de ese importante glamour. Ausentes Olaizola II, Altuna III, Urrutikoetxea y Bengoetxea VI, la final había quedado en manos de un cuarteto que no se distinguen por su alma pelotística.

El alma según las creencias de antaño era una entidad inmaterial que pertenecía a los seres vivos. El que no tenía ese don vagaba por la tierra con mucha pena y poca gloria. Por esos derroteros, con escasa sensibilidad, pocas propuestas y escasa lucidez, se movió la cita de Miribilla. Nadie quedó satisfecho. Hasta los propios seguidores de los vencedores mostraban un rictus de decepción. Fue un triunfo exento de esa reputación que otorgan las grandes citas.

Desde el minuto cero ya se tenía constancia que Beñat Rezusta, el que ha venido siendo el zaguero del campeonato, no estaba para el paseillo. Sufrió de lo lindo para mantener el vendaval que desató José Javier Zabaleta, que una y otra vez se adueñó de la zona larga de la cancha con autoridad. El zurdo guipuzcoano, muy poco consistente en el peloteo, nunca se ponía a la pelota y carecía de ese blindaje para defender con uñas y dientes su parcela. Estaba de recadista, como vulgarmente se dice.

Con esta desventaja, a Danel Elezkano se le amontonaba el trabajo constantemente. Era un delantero vendido a su suerte y su golpe de pelota daba la impresión que llevaba puesto un silenciador. Lo suyo era un exigente ir y venir, siempre con el aliento de su oponente en el cogote. La finura de otras tardes se había disipado como una neblina.

No era ni con mucho el Elezkano por todos conocido. Su virtuoso gancho que hizo estragos, sesgado y muy ajustado a la raya de la contracancha, nunca lo puso en práctica. Y cuando lo hizo, sin mordiente y dirección. Ahí están sus estadísticas que lo vienen a corroborrar. No hizo subir al marcador ningún tanto con esta jugada. ¿A qué se debe semejante metamorfosis? Quizás al miedo escénico que le infundió su primera final.

Joseba Ezkurdia fue el mejor del cuarteto. Aunque siempre he dicho que es más partidario de lo grueso que de lo fino, respondió a las exigencias del partido. Abrochó los tantos con maestría y se erigió en amo y señor de los cuadros de la verdad. No es uno de esos delanteros que pone a la grada de pie, pero su pelotazo lleva mucha intensidad y pone la pelota muy lejos del frontis.

Sin un juego para enmarcar tuvo al menos mordida y genio, lo que hizo achicarse a sus oponentes constantemente. Se convirtió en una amenaza para el de Zaratamo y hay que subrayar que alteró con su definición el rumbo de la final. Le anoté nueve tantos en su columna del haber y sacó con intencionalidad y buscando la pared con insistencia.

Zabaleta dominó la zaga a su antojo. Más de medio cuadro de ventaja le sacó en el peloteo a Rezusta. Es un guardaespaldas moderno, que sabe desenvolverse bien en el frontón, con unas buenas piernas y que intuye perfectamente donde va a ir a botar la pelota. La jugada de la tarde salió de su derecha. Una dejada al «txoko» irrestable que puso el punto y final a la contienda.

 

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