adiós a un mito

Todos los analistas coinciden en que Miguel Gallastegui fue el zaguero más grande de la historia

Miguel Gallastegui posa delante de un mural con su imagen en el Astelena de Eibar./MORQUECHO
Miguel Gallastegui posa delante de un mural con su imagen en el Astelena de Eibar. / MORQUECHO
Tino Rey
TINO REY

El próximo 25 de febrero iba a cumplir 101 años y deja tras de sí una huella imborrable en el gran libro de la pelota a mano. Miguel Gallastegui falleció ayer en su domicilio de San Sebastián. Todos los analistas coinciden en que fue el zaguero más grande de la historia. Leyenda y mito del siglo XX, marcó una diferencia abismal en los frontones. Su pegada con ambas manos era desgarradora.

En el caserío Asolaigartza, muy cerca de Eibar, fue creciendo ante la atenta la mirada de sus padres Miguel y Ceferina. Era el benjamín de la saga, pero eso no le libraba de arrimar el hombro en las tareas de casa. Por aquel entonces tres deportes acaparaban el interés de los jóvenes, el fútbol, la pelota y el ciclismo. No había muchos más. Él soñaba con golpear una pelota de mano y cada vez que podía se escapaba hasta el Astelena a echar un partido.

Su desarrollo fue espectacular. Muy alto, brazos largos, rocosos y unas piernas musculosas. Muy pronto destacó por encima de todos aquellos chavales que participaban en los torneos sociales, y su fama fue empapando toda la cuenca del Deba. Un 29 de junio de 1936, a punto de retumbar los cañones de la Guerra Civil, debutó en la Catedral entre una expectación inusitada. Acabada la contienda, abrió una diferencia abismal respecto a sus rivales. Fue el rey de la zaga. Martilleaba a sus rivales sin piedad con ambas manos. El público conmovido y arrebatado por sus actuaciones y los cronistas se deshicieron en un torrente de elogios. Unos y otros se pusieron de acuerdo para proclamarle con el apelativo de 'Don Miguel', que arrastró a lo largo de su dilatada carrera.

No ha habido, ni habrá, un pelotari que haya dado tantas ventajas en la cancha. Su látigo hacía estragos. Muchos fueron los duelos en solitario contra dos y en el que la mayoría de las veces terminó como vencedor. Respaldando a un delantero se enfrentó en innumerables ocasiones a tríos de reconocido prestigio. Sus enfrentamientos con el Zurdo de Mondragón hicieron saltar chispas.

Llamó a las cosas por su nombre. «Disconforme con el salario estipulado por mi empresa me aparté de su yugo y campé en solitario por los frontones», confesó hace ya unos años. Un verano, en la década de los cincuenta, fue por su cuenta y riesgo hasta el viejo frontón amurallado de Laguardia a disputar un partido a requerimiento del boticario –Carlos Laorden– que desató una gran expectación en La Rioja alavesa. Respaldando a Ormazabal, se enfrentó a Barberito III, Barberito II y Titín –padre de Titín III–. Fue la primera y última vez que le vi de blanco.

En 1960 colgó el 'gerriko'. Hace ya unos años que venía exhibiendo su crítico vocabulario por los derroteros tomados por la modalidad manista: «Esto no es pelota ni es nada, nos hemos afrancesado y se juega con pelotines», decía. No le gustaba lo que veía y lo proclamaba a los cuatro vientos. Porque siempre fue un transgresor. Su voz se ha callado para siempre pero deja un legado irrepetible. Descanse en paz.

 

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