Del optimismo a un cierre en falso

Del optimismo a un cierre en falso

Un bogey para acabar el día minimiza la ganancia de Jon Rahm, que tuvo en Pensilvania unos nueve primeros hoyos que animaban a verle cerca de los mejores

J.M. CORTIZAS

Día complicado, por muchos motivos. Primero porque hubo que cambiar de planes y rutinas cuando la PGA anunció que adelantaba los partidos unas cuatro horas para, con el madrugón, intentar no meterse en el tramo en el que el parte meteorológico anunciaba tormentas y su correspondiente aparato eléctrico. También porque este Aronimink Golf Club da la sensación de ser un campo cambiante. Desde luego le hizo mover varias veces ficha a un Jon Rahm que llegaba de la víspera con la sensación de poder mejorar su juego, pese a que avanzó por el carril de aceleración del BMW Championship el jueves. Porque se trajo como tarea pendiente ser más pulcro en las calles conquistadas como punto de partida para prolongar su juego hacia green con más posibilidades de acercar la bola a las banderas. Pasó el de Barrika de la excitación a la crioterapia y acabó con el amargor de un bogey final que minimizó su ganancia del día a un solo golpe para acabar con -5, a ocho del líder Xander Schauffele.

Hay datos que demuestran que Rahm se lo pudo tomar con más calma. O que midió mejor sus ansias y salidas. Porque de las cinco calles -se podría aceptar una sexta por reposar la bola en una zona recortada casi idéntica- firmadas pasó ayer a asegurar once. La forma de hacerlo quizá tuvo que ver con acortar su pegada, algo en lo que también pudo influir la colocación de las banderas. El caso es que desde el tee recorrió 15 metros menos de media por hoyo, cediendo en algunos casos hasta 50 y 60 pasos, como en el 7 y el 13. El inicio y el final fueron nocivos, con sendos bogeys, pero durante la primera parte del día hubo atisbos de ver en acción la mejor versión del jugador vizcaíno.

En un deporte como el golf en el que todo es analizable y medible, hay factores que determinan el brillo, la capacidad de presentar tarjetas ganadoras. Los pares 5 son un coto de caza en el que las presas tienen que caer sí o sí para poder destacar. También se destacan como territorios en los que la ansiedad suele pasar factura. Querer reventar la bola es para muchos pegadores una suerte de alivio de la que no siempre salen bien parados. Rahm canjeó el 16 pese a visitar el rough y librar un búnquer por los pelos y dobló la rodilla en el 9, uno de los más asequibles del campo, por convertir su descontrol en la necesidad de gastar cuatro golpes para llegar a green. Y pudo evitar darle un golpe al campo, pero en esas circunstancias la adrenalina disipa la claridad de ideas y así se explica que no acabe entrando un putt de un par de metros.

Fue una pena porque entre para asegurar pares o intentar birdies se dejó hasta siete posibilidades con el putter para embocar desde entre poco menos de dos metros y algo más de cinco pasos. Visto desde fuera parece más sencillo de lo realmente complicado que es. Pero no deja de ser un rasero, una tabla de medir en la que los campeones y ganadores alcanzan un saldo casi positivo al cincuenta por ciento.

Cuando Rahm comenzó con bogey ni se inmutó. Gaje del oficio y dispuesto a tirar de argamasa para tapar el desconchón y que acabara sin notarse el desliz. Movió los hierros con precisión de cirujano y en las siguientes banderas (11 y 12) se autoplagió. Calles y greens en regulación y la sentencia con el putter desde dos y tres metros. Lo más parecido a tirar de manual. Sin tardar, ya llevaba saldo en su cuenta diaria y aunque lo consumió a renglón seguido por la típica e inoportuna visita a la arena, tenía en la recámara un golpe de efecto descomunal. No le quedó más remedio al reacio realizar de la televisión americana que recrearse con la exquisita suerte suprema del de Barrika en el green del 14.

Un putt desde 20 metros

De los ocho pares 3 jugados (cuatro por día), en este bautizado como 'Iroqués' -todos los nombres se basan en cultura y tribus indias- es donde el vizcaíno dejó la bola más lejos del agujero. Redondeando centímetros, a 20 metros. Vio claro el itinerario y la fortuna, que a esas distancias siempre cuenta lo suyo, aportó lo suyo. Toque decidido, poderosos y comienza una rodada que durante unos segundos mantuvo en ascuas al respetable porque la verdad es que llevaba la línea idónea. Dentro. Apretó los puños para celebrar el acierto y fue acercándose a la cazoleta en busca de la pelota siguiendo con la mirada cada centímetro recorrido con la fidelidad de un rumbo perfecto.

Todo se antojaba bien montado, maquinaria engrasada y cabeza serena. Cazado el par 5 de ese tramo, pese a flirtear con un búnquer y esquivarlo dejando el segundo golpe a 15 metros de bandera, el -6 que consiguió colocar en su tarjeta debió haber crecido más, con un putt de birdie de tres metros en el 18. En ese radio, Rahm mete uno de cada tres. Pasar de pantalla y subir la media a dos de tres sería ese plus que aporta un ganador en potencia.

Llegó la estabilidad sin que la bola rondara tan cerca del hoyo. Diez pares seguidos y el traspié de la despedida. Rahm esperaba más. Le quedan dos días, posiblemente pasados por agua, para acercarse a la cabeza.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos