El CORREO con Jon Rahm en el PGA

Rahm se hace fuerte en un día de locura

El herido por el bolazo de Rahm sonríe en el suelo mientras el de Barrika se disculpa. / J. M. CORTIZAS

Amaneció confirmando su boda, dio un bolazo a un espectador en el primer hoyo, pisó una pelota no marcada y jugó como un candidato más al título

JOSÉ MANUEL CORTIZASEnviado especial. St. Louis

Hay días en los que uno no ve venir la jornada. Desconoce por dónde le soplará el aire y, desde luego, carece de una bola de cristal que le anticipe que le va a pasar de todo. Como a Jon Rahm ayer en la segunda entrega del PGA Championship en la que demostró madurez, paciencia e insistencia, virtudes que avalan a los candidatos a ganar, a cobrar una de las cuatro piezas exclusivas que se ponen a tiro cada temporada. Amaneció con la confirmación de su boda con Kelley Cahill y con la mirada clavada siempre en el horizonte, oteando hasta dónde iba a enviar la bola. Cuatro horas después era un tipo feliz, cansado y hambriento tras colocar en su casillero un -5 que le situaba a cinco golpes del líder provisional en el turno de mañana, Gary Woodland.

El primer cálculo le salió mal. Escapada por la derecha, sonido hueco en la arboleda y la bola vuelve rebotada a la calle. ¡Vaya suerte! Pero de inmediato los aficionados de la zona se arremolinaron en torno a una persona tumbada. No había sido un tronco, fue su cabeza, abierta como un melón, la que recibió el impacto. Rahm se preocupó al verle la cabeza abierta, pero charló con él, hasta bromeó el herido y recibió como consuelo un guante dedicado por el vizcaíno que colmará su ego pero no le librará del recuerdo en forma de grapas ni de los cócteles de calmantes.

Y el infortunio del aficionado se alió con Rahm, que pudo salvar el par sin problemas. Ahí inició un rosario de hoyos, hasta seis, en los que la uve verde del visto bueno fue dando paso al siguiente obstáculo. Era como si hubiera troquelado un molde. Cada bandera atacada del mismo modo. Y no se puede decir que tuviera déficit con el putter. Acertó de dos metros y medio en el 10, la bola frenó dada en el 11, desde ocho metros la dejó a medio paso en el 12 y sólo el del 13 quedó en su debe tras una brutal salida que le dejó a un par de pasos para entrar a matar. Y pinchó en hueso. Y no se detuvo. Otro putt de cuatro metros que roza el hoyo y una delicatesen en el 15 con un chipeo que rodó a un dedo de ser abducido por el lado oscuro.

Estos días sus declaraciones incluyen un poso de serenidad, de asunción de anteriores errores, que traspasa los micrófonos y llega a su juego. Habría que subtitular con el 'Basado en hechos reales' su paso por el PGA. Está a gusto, en paz consigo mismo. Y le sirve para no bajar la guardia, además de para sellar bien cualquier cable que pudiera estar pelado. Así acaban llegando los birdies.

El primero en el 17, a punto de cerrar los primeros nueve hoyos sin ganancia. Por la vía más delicada, aprochando desde el rough sin que la bola acabara de llegar, dentro del green, al plano en el que figuraba la bandera. Quedaba un putt complicado, exigente para salvar una cresta y después rodar hacia su destino. Cinco metros tenían la culpa y no le sobró ni un centímetro, cayendo la bola a cámara lenta, con su última vuelta, a la cazoleta.

En el tramo de regreso a la casa club vio cómo se quedaban colgadas un par de bolas del balcón. Reconoció después que creyó haberlas visto dentro, pero fue un espejismo. Sí la recogió del cuenco con otra soberbia salida en un par 3, que ayer le fueron que ni pintados. Había que rematar la faena con un putt de tres metros y la bola, sumisa, aceptó la orden. Y aún no había dado su mejor golpe. Lo reservó para el 7 en el que sería su tercer birdie.

Desde más de 80 metros colocó la bola a un metro del premio gordo. Otra pieza cobrada y quedaba el vivero del 8, un par 5 tragón. Y fue ahí donde Rahm cerró su día de locos. De salida acabó un metro dentro del rough. Cuando llegó a la bola y llamó a un 'ruling' fue señal de que algo pasaba. Nadie había marcado su bola, que estaba totalmente oculta y la pisó levemente. Las reglas son claras y le cayó un golpe de castigo, con el mosqueo lógico ya que los marshalls allí presentes ni vieron dónde había caído. Lástima porque era un hoyo para facturar sí o sí.

En cualquier caso se queda con lo mucho positivo de una jornada que le mantiene entre los grandes. Ya como prometido. «Pensaba que ya lo sabíais, es que un anillo (ríe)», dice refiriéndose a su compromiso con Kelley Cahill, del que nos da algunas pistas. «Fue dos semanas antes del US Open. Sabemos que queremos hacer una pequeña boda en España y otra en Estados Unidos. Mis abuelos no están para viajar, ni los suyos tampoco. Es lo más justo para las familias. Y siempre le he prometido a mi amama y a mi aitite que quería casarme en la Virgen de Begoña en Bilbao si es posible. No sabemos cuándo porque no estamos bautizados, ni comunión, ni confirmación. Sabemos que eso va a tardar un tiempo. Sería un milagro estas Navidades, así que se verá si en las del año que viene».

Clasif. provisional

1. Gary Woodland (EEUU) 130 (-10)

2. Kevin Kisner (EEUU) -9

3.Brooks Koepka (EEUU) -8

4.Dustin Johnson (EEUU) -7

.- Charl Schwartzl (SUD) -7

.- Thomas Pieters (BEL) -7

9. Jon Rahm (ESP) -5

32. Rafa Cabrera Bello (ESP) -2

64. Adrián Otaegui (ESP) PAR

75. Sergio García (ESP) +1

«Le he abierto la cabeza, pero está despierto»

No le faltó de nada a la jornada de Jon Rahm en Bellerive. De salida, un bolazo a un espectador. «No quieres nunca dar un bolazo a nadie. Literalmente le he abierto la cabeza, le estaban poniendo unos puntos, pero estaba coherente, despierto, estaba bien. A las ocho y diez de la mañana no es lo que esperas». Aunque pudiera no parecerlo fue el prólogo de un buen día. «He luchado mucho. Me sorprende que haya habido vueltas tan bajas. He hecho grandes pares y si tengo alguna pega es el 1 y 2 en golpes de corta distancia».

El rosario de pares con que se puso en marcha incluyeron algunos putts «que creía que habían entrado». Encarrilado el día, se quedó sin una opción de birdie en el 8, en la acción polémica del campeonato. «He fallado la calle por un metro, donde el rough está más denso y se había ido hasta dentro. No la ha marcado ningún marshall y yo imagino que está más visible o más adelante. He preguntado dónde está la bola y no me decían nada. Me dicen que siga andando y justo la he notado con los tacos. No sé si la he movido, pero es mi bola y al tocarla yo es un golpe de penalidad. Es culpa mía por no fijarme, pero hay marshalls que deben hacer su trabajo diciendo que la bola está ahí. Estoy orgulloso de mí mismo por mantenerme calmado y salvar el putt».

La imagen divertida del día fue cuando un agente le acompañó abriendo paso para ir al servicio. «Viene el de seguridad para atajar y no hacer cola para que no espere mucho el resto del grupo. No es que esté en peligro. Es un campo de golf y lo único que van a intentar hacer es darme una palmada y sacarse una foto».

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