Jon Fernández se deja el título en Oklahoma

Jon Fernández durante un combate./ Borja Agudo
Jon Fernández durante un combate. / Borja Agudo

Primera derrota del púgil de Etxebarri ante un Foster escurridizo y muy directo a la contra

JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Podía pasar. Y sucedió. Jon Fernández ya no tiene un palmarés inmaculado. La pasada madrugada se dejó en el Firelake Arena de Oklahoma su título Mundial Silver WBC en la que estrenó su casillero de derrotas. La primera. Posiblemente la que más duele tras dieciséis muescas en la culata. Esta vez fue él la presa. Decisión unánime de los jueces. Justa la victoria de O'Shaquie Foster. La vio venir el vizcaíno desde los primeros asaltos, lo comentó en el rincón con Tinín Rodríguez y Celaya, y no encontró esta vez el camino para variar tan peligroso rumbo. Soltó doscientas manos más que el norteamericano, pero la efectividad la puso el ya nuevo campeón en la división superpluma.

Iba 'Jonfer' preparado para todo. De hecho, en lo que a Foster concernió no tuvo que activar un plan B. Sabía que haría todo lo posible para que no le fijara. Buscaría la foto movida e ir quebrando la paciencia y el aguante del campeón. Desde el gong inicial el vizcaíno asumió quizá con excesivo celo su papel. Era el perseguidor de un escurridizo oponente que no se ruborizaba por bailar aquí y allá. Trotes laterales para no acabar con el puntero láser sobre su anatomía. Y lo que no tardó en ser preocupante. Se queda fuera del alcance de las manos de Jon Fernández, pero contragolpeaba con directos muy precisos, de esos tan claros que le hacen coger el boli a los jueces. Usaba Foster ambas manos para desviar golpes y también para enmarañar al de Etxebarri.

Lo intentaba, lo buscaba, llevaba la iniciativa 'Jonfer', pero Foster era quien facturaba. Golpes claros, rectos, jabs de manual entre la guardia de un rival que asumía el reto y el riesgo. «Creo que voy perdiendo», se sinceró en su rincón en el descanso tras el cuarto asalto. Su entrenador le recordaba. «Al árbol, desde abajo». Como tantas otras veces en que taló a rivales cazándoles entre hígado y costillar. Apuñalados. La televisión americana avanzó que las tarjetas daban ventaja al estadounidense en los cuatro rounds. Uno de los pómulos del vizcaíno lo certificaba. Mientras que sólo había conectado en su destino un seis por ciento de los jabs lanzados, el americano lleva su media al treinta y tres.

No sucedió en adelante nada que no fuera esperado. Siempre quedaba la fe en una cazada, pero Foster seguía muy entero y móvil para dejarse atrapar. Jon Fernández se impacientó, lo que es comprensible. Quería y no podía. Su precisión bajaba más enteros y nunca faltaba un recordatorio del boxeador local para tensar más la situación. Un muy buen peleador que se dedicó a rentabilizar una filosofía de boxeo que esta vez le salió niquelada.

Siete asaltos y nada cambiaba. En el rincón la serenidad no oculta la deriva tomada. «Vamos un poco jodidos. Me dicen que tenemos que meter ritmo», apunta Tinín Rodríguez sabedor de por dónde van las tarjetas de los jueces. «Cambia de guardia y mete la marcha», le despide. Están en un casino y la consigna suena a 'all in', a apostar lo que queda, todo. El efecto fue el contrario al buscado. Foster estaba indemne, se veía ganador y no le perdía la cara a la situación. 'Jonfer' no dudó, muy valiente, en meterse en la boca del lobo. Y pasó sus peores momentos. En el octavo acortó a la mínima expresión la distancia y se comió sin rechistar un brutal crochet de derecha y después dos izquierdas también cruzadas. Con el desgaste que llevaba, no acabar en la lona habló muy bien de su preparación y capacidad de aguante.

Nunca se rindió. Confió en que era posible el vaticinio-deseo de su esquina. «No te preocupes, que le vas a encontrar». Pero a la vez Tinín le preparaba para lo peor. «Esto es el boxeo. Hay que pasarlo». No hubo margen, ni golpe sobre la campana, que en la disputa de este cinturón no era salvadora. Persiguió a cara descubierta a Foster hasta que se consumieron los diez asaltos. Sabía que había perdido y aplaudió a su verdugo mientras le reconocían la victoria por unanimidad. Primera derrota, algo por lo que un púgil debe pasar. El palmarés sigue tan rutilante (16-1) como su futuro.

Y los números corroboraron lo sucedido. Se midió a una anguila. De los 619 golpes que tiró un 16 por ciento llegaron a su destino. Foster con 'sólo' 407 facturó el 36 por ciento. Fue como perseguir una sombra.

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