'Rahmbo' se impone al Jon más sereno

Aquí inició Rahm el principio de su fin, cuando el segundo golpe desde el búnquer del 11 lo envió en busca del green en vez de asegurar calle y el resultado fue una bola al agua./Afp
Aquí inició Rahm el principio de su fin, cuando el segundo golpe desde el búnquer del 11 lo envió en busca del green en vez de asegurar calle y el resultado fue una bola al agua. / Afp

Aguantó en el liderato hasta a falta de cuatro hoyos, pero llegaba muy presionado al sprint por una moneda al aire que le mostró la cruz en el hoyo 11 cuando buscó la magia y no la encontró

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Le sobraron cuatro hoyos. O le faltó una buena decisión en el 11, cuando asomó su espíritu de tahur y empujó todas sus fichas al centro del tapete. Tampoco se dio de bruces Jon Rahm con el día soñado y pasó de la magia del sábado con un -8 a claudicar ante el campo, cediéndole al TPC Sawgrass cuatro golpes a los que hubiera necesitado añadir uno más para ponerse a la altura de McIlroy, el ratoncito que fue haciendo acopio de fuerza, fe y pegada para asestar el hachazo al The Players en lo que los amantes del boxeo llaman la línea del dinero, esa frontera imaginaria que se pasa cuando uno sabe que tiene dinamita en los puños.

Cruel moraleja para el jugador de Barrika, que en cuatro horas de juego pasó por todos los estados imaginables, desde una arrancada en falso con tres bogeys en los cuatro primeros hoyos, a resarcirse entre su mejoría y los males ajenos para mantenerse en el liderato en solitario y compartido, hasta que comenzó a descolgarse con un bogey al 15 que abrió la veda de su desgraciada traca final.

Su última aparición en el coliderato se registró en el hoyo 14 y parecía rehecho del error del 11

Llegó presionado al sprint pero no quiso asegurar un puesto en el Top10 y fiel a sí mismo lo arriesgó todo

La víspera, cuando se supo el jugador a batir como líder tras la tercera jornada, Rahm habló y habló de mentalización, de serenidad, de los cambios que se ha autoimpuesto y en los que ha trabajado en los últimos meses. Dijo que unas hojas de almanaque atrás no habría reaccionado de manera tan positiva ante el error, el fallo o la frustración. Su discurso no se resquebrajó, pero a la vista está que hay conceptos de su juego que mantienen intactos. Como la toma de decisiones. Fue loable verle seguir adelante, sin torcer el gesto con una puesta en escena tan alejada de lo que esperaba, que era al menos ir asegurando pares para estabilizarse emocionalmente ante una situación en la que nunca se había visto: comenzar como liebre para los mejores depredadores del planeta golf en el torneo mejor pagado del mundo.

Un tripateo en el 1, un arenal en el tres, que ya era el segundo del día visitado, y una bola con vida propia que impactó en el pecho de un espectador le hicieron perder tres golpes de su botín y sólo con el tercero de los bogeys perdió momentáneamente el liderato. Porque la lluvia y el día desapacible no ayudaban en absoluta en la composición del escenario perfecto.

Rory McIlroy posa con el nuevo trofeo del The Players.
Rory McIlroy posa con el nuevo trofeo del The Players. / Efe

Atasco en cabeza

Se iba montando un monumental atasco en la cabeza, pero hasta con tal déficit de anotación Rahm seguía vivo, decidido a atacar, a la espera de sobrevivir a los ocho primeros hoyos para adentrarse en los siguientes diez que la estadística presentaba como un vivero, un terreno conocido y abonado para su ambición. Se fue a la cuarta trampa de arena en el territorio de la sexta bandera, pero sus hierros comenzaron a mostrar su buena forja. Con el primer birdie se reenganchaba al liderato junto a Furyk y Fleetwood y repitiendo muesca en el 8 (salida a green y putt de tres pasos y medio) ya estaba de nuevo sin compañía al frente de la clasificación.

Por delante, la locura. Golpes inverosímiles, una pléyade de candidatos a la pasta y la gloria. A cada hoyo surgía alguno. Y otros maldecían su posible destino torcido, como McIlroy en modo coleccionista de corbatas en sus escarceos por los greens. Rahm tenía el torneo en la mano, donde quería. Había defendido el castillo y ahora estaba recuperado para ser él quien atacara.

Y se pasó de frenada. Llegó al hoyo 11 con el cuchillo entre los dientes. Un par 5 al que había reventado las costuras esta semana con dos birdies y un eagle previos. Salivaba imaginando otra heroicidad. La bola se le escapó al búnquer por la izquierda. Fleetwood golpeó antes que él en busca de green y acabó en el agua. El vizcaíno no lo tomó como un aviso. Le pudo la ambición, la obsesión por romper la baraja, y su bola también acabó a remojo. Ahí sí surgió su queja, como un animal herido culpándose de haber caído en una trampa que hasta tenía anuncios de neón.

Se puso con -13 a rebufo de Pepperell y Vegas, magos con birdies inexplicables por difíciles y bellos en el green de la isla verde y resistió hasta que con un birdie al 13 se enganchó al vagón de cabeza en el que ya viajaban Furyk y McIlroy. Hasta la bandera 14 no se descolgó. Quedaban cuatro hoyos, una hora. Todo o nada. Y salió cruz. En el 15 una escapada le hizo pegar el segundo golpe desde el asfalto de una vía de servicio e impactó con una rama. Otro bogey y dos golpes de demora para su sueño. Volvió a visitar la pinaza en el 16, que era su última bala y otro árbol le cerró el paso con la pelota a plomo hundida en el enésimo arenal de Sawgrass. El mal ya estaba hecho. Era injusto que se esfumara todo en tan poco espacio de tiempo y campo.

Por buscar el imposible apuntó a un puñetero trapo en el 17 y remojó la segunda bola del día para que la cicatriz del doble bogey le recordara un axioma tan viejo como el deporte. Lo que pudo haber sido y no fue.

La decimosegunda plaza en The Players no le descabalga del Top10 mundial

El de Barrika curará las heridas esta semana en el Valpars, donde continuará con su preparación para el cercano Masters #:: j. m. cortizas

Frustración. Quizá no decepción porque Jon Rahm asume cuanto le sucede en la vida. No sabe cuánto tardará en replicar las sensaciones, el estímulo de saberse, sentirse, preparado para el asalto a uno de los torneos más prestigio del mundo. El mejor pagado y de casi tanta trascendencia como los cuatros 'Majors' a los que busca parecerse a golpe de talonario y cobertura mediática. Se lleva de Ponte Vedra Beach ese reconocimiento íntimo de saber que puede hacerlo. A falta de 18 hoyos era el mejor de todos. A cuatro del final seguía compartiendo el liderato. Lo de los riesgos bien o mal calculados lo debe digerir solo en compañía de su equipo de colaboradores y familia. Y no estuvo solo en el inicio de ese luto que supuso más que no ganar, que también, alejarse fuera del Top10 hasta una decimosegunda plaza compartida que afea lo mucho bueno acumulado durante los cuatro días. Porque los inquilinos del partido estelar claudicaron al unísono, aunque a Fleetwood le alivió un eagle postrero que le mantuvo entre los cinco mejores. El abrazo que se dieron los compañeros en la última Ryder fue como el de los supervivientes de un naufragio. Felices por seguir vivos, pero enojados por tener que haberlo vivido de esa manera.

Como mal menor, Rahm se aferra pese al decimosegundo puesto al Top10 en el ranking mundial que lidera Dustin Johnson y en el que McIlroy asciende al cuarto puesto tras imponerse en The Players. El de Barrika restaña ya las heridas para jugar esta semana de nuevo en Florida el Valspar dentro de su plan de preparación para el cercano Masters de Augusta.

La cara A del disco sonó con acento irlandés. Rory McIlroy reconoció, ya como vencedor, que los triunfos que se le han ido escapando en algunos de los últimos torneos disputados reforzaron su fe. «Tal vez si no hubiera tenido esas experiencias, no estaría sentado aquí con este trofeo, así que estoy agradecido y agradecido por lo que llevo vivido este año. Sí, hubiera sido bueno obtener otras victorias, pero valió la pena tener que esperar para ganar aquí en Sawgrass, con la cita acercada a marzo, lo que sin duda me ha favorecido».