La maleza atrapa a Rahm y le deja sin título

La maleza atrapa a Rahm y le deja sin título
J.M.CORTIZAS

Era colíder en Francia cuando un fotógrafo le despistó en la salida del 12 y sufrió una mutación que acabó en triple bogey

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Fue como quedarse colgado en un 'escape room' cuando se va a cumplir el tiempo estipulado y estás seguro de dar con la salida. Los golpes de efecto están para algo, pero generalmente no suelen concentrarse como para poner patas arriba una clasificación y premiar con el triunfo en un Rolex Series (más de un millón para el mejor) a uno de los jugadores de los que no se había hablado hasta la fecha en Francia, aunque ya ha dado otros disgustos llegando desde atrás. De hecho, es su segunda victoria remontando siete golpes en una jornada final. Alex Noren fue el más listo de la clase en el Abierto francés y tuvo esa dosis de fortuna que implica estar en el lugar adecuado cuando las cosas suceden.

No imaginaba el sueco que sus birdies al 16 y 17 fueran a coincidir en el tiempo con los accidentes encadenados por los que fueron líderes: Kinhult, Wood, Suri y un Jon Rahm al que Le Golf National le hizo un doloroso requiebro con la colaboración de un fotógrafo.

Lo tuvo en la mano el de Barrika. Desde antes incluso de su percance en un hoyo 12 que forma parte ya de su bestiario. Opción factible de birdie en el 1 –mientras Sergio García arrancaba con dos bolas al agua–, que sí canjeó en el 3 y debió hacerlo en el 6. Ahí estuvo el primer punto de inflexión en la jornada final de la cita francesa. Al unísono, Rahm pateaba desde metro y medio para colocar el -8 en su casillero que le hubiera dado el coliderato, ya que Kinhult se metía en un fregado de escándalo y facturaba un triple bogey en el hoyo 4. Como consuelo, la marca, el listón, se había normalizado, quedándose desde ese instante el de Barrika a rebufo, con un solo golpe de demora. Tuvo otra bala en la siguiente bandera y de nuevo el putt no respondió a las coordenadas que integró en el mecanismo de disparo. Además, Sergio García se apuntaba a la fiesta con una gran recuperación, igualando al vizcaíno y convirtiendo ese partido en el más seguido por el alto índice de probabilidades de que incluyera al ganador del torneo.

El de Borriol volvió a descolgarse en el 9 con una bola a la maraña de vegetación que movilizó en su búsqueda a más de cuarenta personas, incluida su mujer y uno de sus representantes. Apareció incustrada en el follaje al límite de los cinco minutos que da el reglamento. Rahm mantenía el paso, con amagos de taquicardia por lo cerca que se había quedado entonces del agua. Pero esa alteración del pulso le provocó la agresividad necesaria para intentar meter una marcha más. Su birdie en el 10 parecía comenzar a cambiarlo todo. Colíder con el estadounidense Suri y el sueco Kinhult. Ya sí podía pasar cualquier cosa. Buscó quedarse solo al frente en el 11, pero su envío con el putter se quedó dos dedos corto. Y llegó la fatalidad.

Escena dantesca

En el momento en el que coreografiaba su swing en el tee de salida comenzó la ráfaga de un fotógrafo oriental mal colocado y peor orientado sobre cómo es el trabajo de un reportero gráfico en un campo de golf. Existen reglas básicas, elementales, casi innecesarias de explicar. Una de ellas es no iniciar los disparos hasta que el jugador ha golpeado la bola si se está cerca de la posición de salida. O era un ignorante o pasaba de todo porque Rahm descubrió después que ya le había sucedido en otros hoyos con el mismo protagonista.

El mal ya estaba hecho. El de Barrika hizo un extraño moviendo la cabeza al escuchar el ruido y ya no pudo parar el golpeo. La bola salió desviada hacia la derecha aterrizando en la peor zona de matorral imaginable. Y comenzó una secuencia inexplicable.

Rahm entendió como jugable la posición, al estar a favor del nacimiento de los hierbajos. Pero la pelota estaba muy profunda. Apenas la movió unos metros y en la misma dirección, otra vez al rough más salvaje. En vez de recular y buscar la calle de modo más sencillo en apariencia insistió una vez. Y otra. Nada. La trampa había hecho su trabajo y acabó dejándose siete golpes, un triple bogey que heló su sangre, la de su caddie y las de los numerosos aficionados que presenciaron la escena con un silencio sepulcral.

Un dedo o menos le separó de birdies en los tres siguientes hoyos, pero el destino creyó haber sido demasiado cruel y quiso darle una postrera oportunidad. Así, mientras se jugaba, sin perderlo, el pellejo con una tremenda salida en el 16 –esencia de riesgo cien por cien– seguían pasando cosas a su alrededor. Suri se había ido al agua en el 18, Kinhult pagó con un doble bogey su excursión por la espesura y Wood se desinflaba con bogeys en el 15 y 17.

Rahm y Sergio García se presentaron en el último hoyo con -6, mientras Alex Noren esperaba en casa club con -7. Toda la carga en la última bala. La salida del vizcaíno iba para calle, larguísima, tanto que fue escorándose a la izquierda, botando y acabando en el agua. El castellonense cayó en búnquer y se la jugó, pero se quedó a un metro de tierra. Bola a remojo y los sueños rotos. De ambos. La cara, los ojos, de Jon Rahm lo decían todo.

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