Jugar más recto, casi imposible

Jugar más recto, casi imposible

Notable actuación de Jon Rahm tras coger 17 greens en regulación y una tarjeta de -10 que pudo tener cuatro o cinco muescas más

J.M.CORTIZAS

Por partes. La materia de la que se examina un jugador de golf es global, abarca todas las asignaturas. Pero sabe cómo debe ir repartiendo sus mejoras de nota. Jon Rahm comenzó en Filadelfia con el juego un tanto descontrolado desde la salida. Lo solucionó el viernes y ayer se enfrascó en asegurar el mayor número posible de opciones de birdie. En el tocho para ese control la clave radica en no fallar los greens en regulación. Traducido, llegar a tiempo, con el remanente de golpes necesario para poder mirar a los ojos a la bandera con aires de conquistador. Un balance de -5 en la jornada, compartiendo la cuarta mejor tarjeta, confirmó que había hecho los deberes. Si luego hay otros rivales en estado de gracia, eso queda fuera de su alcance.

La cinta no se puede rebobinar. De lo sucedido en los días precedentes hay que sacar experiencia, conclusiones y un montón de anotaciones en el libro de yardas. Y mirar hacia adelante. El resto es postureo, ganas de marear la perdiz o autoengaños. Rahm no pierde el tiempo. Pasa página y busca nuevos horizontes. Para él, en cierto modo, todos lo son aunque haya pasado en las 48 horas precedentes un par de veces por el mismo lugar. Escenarios en los que sólo la ubicación de la bandera cambia en el decorado y obliga a readaptar el juego. Ni comenzar con una salida en falso supone un lastre serio, aunque mejor sería un comienzo más amable. Pero hay que pasar por todo. Había llovido las horas previas, pero el campo estaba jugón, tragón, receptivo. Más de lo que quiere el que busca remontar e idóneo para quien sabe que intercambiando aciertos va a seguir en la pomada.

En adelante nos ahorraremos la referencia a si el de Barrika falló o no los greens. Sólo sucedió en uno de los 18 hoyos. El tantra en el juego persigue dejar la bola en la alfombra desde la salida en los pares 3, con el segundo golpe en los 4, o con el segundo o tercero en los de rango 5. Fue esa una materia de matrícula de honor gestionada por Rahm en el Aronimink Golf Club. También por ello escuecen más los deslices que cometió. Porque en el 1 tripateó al no ser capaz de embocar desde 13 metros en dos putts. El segundo sólo fue de un par de pasos, pero el mando a distancia estaba frío. En el 7 sucedió casi lo mismo. Tenía un tramo de 16 metros para saldar el par en dos intentos y falló el segundo desde 1,8. Le llevan los demonios por dentro cuando ocurre, aunque siga muy mentalizado en bajar persianas y cerrar cortinas para que se le note lo menos posible.

Pero fueron dos pizcas negativas en un mar de buen juego. Porque cogió esos 17 greens en regulación y el que se dejó hasta lo podríamos sumar siendo generosos y haciendo un poco la vista gorda, pues la bola reposó al segundo envío en el fringe o collar, la superficie cuyo rasurado está a caballo entre el green y la calle y que los ingleses llaman 'pelo de rana'. Esos dos accidentes tuvieron tres prolongaciones más, si bien esas eran para anotarse birdies. Se le escaparon desde dos metros (hoyo 2), dos y medio (13) y cuatro (15). A nadie le hubiera extrañado si Rahm hubiera concluido el sábado con una tarjeta cercana al -14, mucho más cercana a lo que realmente expuso su juego.

Esta vez sí cazó ambos pares 5 y destacó con la plusvalía de hacerse dos banderas en dos golpes. En los trece hoyos del 5 al 17 canjeó siete y sólo tuvo un desliz. Cifras de candidato a todo. Mantuvo ese común denominador de nunca quedarse corto con el putter y quizá fue una premonición que su primer birdie emuló a los mohicanos, que dan nombre al hoyo 5. Cambió la cabellera por la bandera como trofeo y desde esa casilla se vino arriba.

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