Correr EL maratón de nueva york

Para cualquier corredor popular, esta prueba es un sueño. Y este sueño, cuando se hace realidad, supera incluso las expectativas

Correr EL maratón de nueva york
JAVIER SÁNCHEZ-BEASKOETXEAMaratoniano popular

Nueva York es el mejor maratón del mundo. No es un maratón rápido. Más bien lo contrario -yo tardé 4 horas y 34 minutos-, pero es el único en el que hay un público entusiasta que empuja a los cincuenta mil participantes durante toda la carrera y durante todo el día. Es tal el ambiente y el ruido que hacen millones de voces gritando que a veces casi deseas un poco de silencio para correr con tus pensamientos.

Más de dos millones de personas animando a 50.000 corredores de todas las partes del mundo. Es un ejemplo de la magia que puede conseguir el deporte. Aquí no hay extraños, no hay extranjeros, no existen los otros. Todos somos uno, todos sentimos lo mismo, todos corremos y animamos con un solo corazón. Durante este primer domingo de noviembre, en Nueva York se demuestra que el mundo, que la gente, es mejor de lo que algunos nos quieren hacer ver.

Para mí ha sido la segunda vez. Aun así, y como cualquiera que lo haya vivido, si pudiera vendría todos los años. Por muy mal que lo haya pasado en los últimos kilómetros, por mucho que me haya costado llegar a la meta, Nueva York siempre cumple con creces todos nuestros anhelos. Este año he venido acompañado de algunos amigos del equipo Beer Runners Bilbao. Por eso esta vez la experiencia ha sido mejor aun que cuando lo corrí en 2013.

Es una frase muy manida pero es verdad: Nueva York es un maratón único, no hay otro igual. Yo he corrido en muchos maratones internacionales, como Berlín o París, pero en ninguno he sentido lo mismo que siento al correr por los cinco barrios de la gran manzana. Todo lo que rodea a la carrera es pura magia: el ambiente de la ciudad, la larga espera al momento de la salida, oír el himno y el cañonazo que abren las puertas del cielo, la visión del inmenso puente Verrazano, la entrada a la locura de Brooklyn, los últimos kilómetros por Central Park... Solo volver a recordar esas sensaciones se me ponen los pelos de punta.

Hoy me duelen las piernas y no me apetece salir a correr. Pero cuando miro la medalla que me pusieron en Central Park solo puedo decir «Misión cumplida, ha merecido la pena».