Caída y ascensión del Rahm más salvaje

Jon Rahm no da crédito a lo que acaba de suceder en el 18, cuando su bola chipeada impactó con el mástil y quedó asomada al hoyo./REUTERS
Jon Rahm no da crédito a lo que acaba de suceder en el 18, cuando su bola chipeada impactó con el mástil y quedó asomada al hoyo. / REUTERS

Desde un triple bogey en el segundo hoyo firmó una remontada brutal que le llevó al cuarto puesto y a soñar con jugar el play-off

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Maquinaria ajustada. Jon Rahm llega a casa con los deberes hechos, los resultados sacados y la ambición por las nubes de cara a su siguiente cita, el The Open, el tercer 'major' del año que le llevará la próxima semana a Carnoustie. El periplo europeo le ha servido para calibrarse, para reconectar con sus virtudes, con la versión más agresiva de su juego, por momentos salvaje ayer en el Open de Irlanda que le despidió con tantos decibelios como el ganador en el play-off, Russell Knox. Era un domingo para poner a cada uno en su sitio y el de Barrika bien pudo volver a sentarse en su trono del Mount Errigal. Se lo impidió un accidente prematuro, un triple bogey en el segundo hoyo del día. Cuesta explicar, por increíble, emocionante y fantástico, lo que sucedió desde ese instante, con -3 en su tarjeta hasta verle colocado finalmente en el cuarto puesto, su tarjeta en -12 e igualado con un Van Rooyen que dilapidó su renta inicial de cuatro golpes perdiendo un título que era suyo.

Como accidente laboral hay que tomarse ese maldito triple bogey. Es el quinto que se ve obligado a anotar desde que es profesional. Sucedió con una mala doble salida. La primera bola la envió fuera de límites. Ilocalizable, injugable. Remitió otra provisional pensando en lo peor y la paró en la maleza. Estaba escrito que allí yacería una lápida recordando el amargo comienzo. El primer pensamiento fue enlazar el traspié con otro similar vivido la semana anterior en Francia. Horas después, con la bolsa recogida y la mente puesta en el reencuentro familiar, reconocía el enorme mérito que tiene haber sido capaz de llegar en ambos torneos al último hoyo con opciones tras semejantes reveses que le dio el juego. Entre Versalles y el condado de Donegal apiló cinco doble bogeys y dos triples. Una mochila con 16 golpes de más. Resten simplemente la mitad y en ambos supuestos Rahm se habría adjudicada sendas citas de las Rolex Series.

Lo que el planeta golf tiene cada vez más claro es que si un jugador es capaz de caer, levantarse y ascender sin ponerse límites, nació hace 23 años, es de Barrika y se llama Rahm, Jon Rahm, emulando a Mr. Bond. Ese sopapo con la mano abierta que le dio el campo provocó su ira, su sed de venganza, su necesidad de demostrar que está por encima de ese sufrimiento. Cedía once golpes ante un líder que aún no había arrancado. Abandonar, dejarse llevar, no era una opción.

Minutos de gloria para Campillo

Jorge Campillo se vio por momentos alzando el trofeo de cristal que ya reposa en las vitrinas de Jon Rahm. El extremeño tuvo un domingo épico, con una primera parte antológica en la que firmó cuatro birdies y un eagle, lo que le seguía retrasando tres golpes ante el líder. Pero la presión engulló al sudafricano Van Rooyen y las cuentas ya comenzaron a salirle al español. Fue el primero en alcanzarle y mantuvo su sueño en vilo empatando también con Knox y Fox a -13 después de un oportunísimo eagle al 17. Llegó con esa tarjeta a la casa club y en ella espera acontecimientos. El primero en descolgarse fue Van Rooyen. Después el mástil le dejó a Rahm a un golpe, pero Knox y Fox acabaron con -14, con el escocés embocando desde más de diez metros y el neozelandés fallando desde tres. Repitió putt de más de diez pasos Knox en el play-off y ganó.

Birdie al 3. Y al 4, que no ha dejado escapar vivo ninguno de los días de competición en Irlanda. En el siguiente tuvo que salvar el par con un putt comprometido. Y en el 6 se vino arriba, creció como sólo hacen los elegidos y puso Ballyliffin patas arriba. El único pero era que Jorge Campillo estaba encelado y jugando como nunca y Knox y Fox se habían apuntado a la fiesta. Pero Rahm aún no se fijaba en eso. ¿O sí? Descerrajó un tremendo varazo con el driver llevando la bola al pasillo de un búnquer de green. Le pidió a Adam Hayes su wedge de la suerte y chipeó para eagle. Había entrado en trance y le despertó un conjuro en el 7. Putt de más de diez metros que completa media vuelta al ruedo para negarse a acabar en el hoyo.

El gran truco final

El numeroso público que, como ocurrió en Le Golf National, optó por seguir su partido en vez de los de los más claros aspirantes a llevarse el Open se sintió especial. Su dinamita dejó la ignición. ¿Humedecida? Durante seis banderas hubo suspiros, algún grito. El juego del vizcaíno invitaba a creer en que la mecha volvería a prender. Ya no para renovar su título irlandés, pero sí al menos para acercarse lo suficiente para maldecir esa tacada de tres golpes que se fueron al limbo.

Y sucedió. Cambió las pilas a sus palos y se cobró birdie en el 13, otra bandera casi fija en su tarjeta. Tocaba redoble de campanas anunciando el sprint decisivo. Cayeron desde el 15 hasta el 17. Estaba en -11 y Campillo esperaba como colíder con -13 en la casa club. Y Rahm se resistía a no apurar, ya que había llegado hasta allí. Así que tras la enésima salida de pegador compulsivo se jugó los cuartos en busca del gran truco final. Otro chipeo mágico, perfecto de línea, tremendo de fuerza. El eagle era el premio y con él igualaba al extremeño. La bola impactó sonoramente en el mástil de la bandera y se quedó asomada a la oscuridad. El birdie no hubiera bastado. Pero entonces no lo sabía. Salvaje hasta decir basta.

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