EL CORREO con Rahm en el The Open

Rahm saca adelante un día de extremos

Jon Rahm no da crédito a cómo quedó la bola asomada en el 18, que le supuso un cruel bogey. / Reuters

El de Barrika no desespera pese a que ocho putts flirtearon con el hoyo y acabó inspirado en una jornada en la que Lowry se escapó

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZASPortrush

Fue como abrir una lata de siete capas. Durante trece hoyos prácticamente no hubo manera. Los agujeros apretaban sus esfínteres en cuanto veían acercarse la bola de Jon Rahm. Salvo el asalto al 2 para cobrarse la venganza de cuando la víspera fue allí empitonado, cada intento era baldío. Como esos saltos al límite que cuando el cuerpo ha superado el listón dejan la barra temblando hasta que cae. El recuento que el jugador de Barrika era sumamente elocuente. Y real. «El putt del 1 iba en línea, nada, medio palmo corto. El 2, bien tirado. El 3 roza el borde. El 4 corto en línea. el 5, 7 y 10 rozan el borde. El 11 y 13 cortos en línea. He metido los del 14 al 17 y en el 18 se ha quedado media bola dentro, media fuera». Ni más, ni menos.

El balance, -7, no le convence porque no guarda reciprocidad con su juego. Rahm aspiraba ayer a cerrar con dos dígitos para así estar cerca de la cabeza. Luego, ni con eso le hubiera bastado ya que después de medio sábado haciendo la cadeneta Lowry, Fleetwood, Homes y Westwood, el primero, irlandés de pura cepa, se marcó un estratosférico -16, con ocho bajo el par en el campo, que le permitirán hoy manejar cuatro golpes de ventaja con Fleetwood y seis con Holmes.

Queda claro el cambio dado por el jugador vizcaíno para no caer en la tentación de liarse a bolazos viendo que su buen juego y mejores intenciones chocaban con una plancha que resistía hasta el soplete. Lleva camino de destrozar sus récords personales en este The Open. Lo de los greenes en regulación roza lo escandaloso. En el golf, la madre del cordero es llevar la bola en los golpes mínimos necesarios hasta el green. El perfil estándar es de 1 para los pares 3, dos para los 4, y dos o tres para los 5. Es como llegar a tiempo. Como los atletas de semifondo que nunca ceden la cuerda ni se descuelgan y se las ingenian para dejar una puerta abierta para que cuando llegue la hora del arreón, ineludible. Estar en el sitio adecuado y en las condiciones mejores posibles.

De las 18 banderas visitadas Rahm coronó esos greenes en regulación en 15. Se le escapó la 9, porque su sacada de búnquer acabó en rough; la del 15, con la bola botando en green y decantarse por rodar ladera trasera abajo en vez de hacia una bandera que picó a cuatro metros; y en el 18, quizá el único hoyo del día en el que le superó la ansiedad fallando con madera al búnquer y la pelota acabando en situación muy puñetera ante la que sólo quedaba la opción de devolverla a calle.

El síndrome del green desesperaba si cabe más a su legión de seguidores. Su prometida, Kelley Cahill, optaba por no mirar en algunos lances. Adama Hayes, su caddie, interactuaba cada vez que nos cruzábamos con un gesto de swing como diciendo «sólo falta que entre uno». Y tardó una eternidad.

Imagen congelada

El numeroso público que seguía su partido con banderas españolas e ikurriñas apretaba los puños, se ponía como Jon en cuclillas y miraba hacia el cielo porque la bola, erre que erre, no pasaba por el aro de la cazoleta. Y el liderato, aún, no estaba muy lejos.

Por eso cuando todo comenzó a cambiar en el 14 el suspiro de alivio de Rahm se escuchó hasta en la Calzada del Gigante, el cercano tramo de costa con las columnas basálticas, pasadas las ruinas del castillo Dunluce, que es Patrimonio de la Humanidad y ayer por la mañana estaba tomada por los turistas. Imagen congelada. Había sido uno de sus putts más complejos, un test de siete metros con movimiento. La bola entró, que hubiera gritado el pionero Juan José Castillo, y el de Barrika elevó los brazos apuntando al infinito. De tal gusia posó unos segundos, como si por la base de su putter le entrara algún rayo reparador remitido desde el firmamento.

Sólo había cambiado que le entró un tiro, pero parecía otro. Accedió a un estado de gracia procurada por su fe irrompible y puso la troqueladora en funcionamiento. Salvó el 15, acertó en la elección del carril que llevaría la bola al hoyo en el 16 y se cascó otro gran putt de cuatro pasos en el 17 con ligera cuesta abajo. Ya le estaba entrando todo y no se detenía a pensar el motivo. Swing, lectura, tacto y ejecución se mantuvieron constantes. La del 18 le vaciló. Y Lowry se escapó. En su debe, poca cosa. Hizo lo que debió.