Golf

Una sonrisa para despedir el infierno

Jon Rahm y su caddie, Adam Hayes, se despiden sonrientes con el birdie en el 18 y la atronadora ovación del público irlandés para el jugador de Barrika. / Reuters

Jon Rahm sale en falso en la última jornada del The Open, en la que le toca superar momentos dantescos para concluir undécimo en Portrush

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

El escenario del 148º The Open quedará grapado al expediente de Jon Rahm como un especialista en golpes bajos. Si el sábado le corneó en el hoyo 2 para ponerle más cuesta arriba su experiencia y le negó una sarta de birdies inimaginable durante el fin de semana, ayer le fulminó en el primero de los 18 asaltos del combate final. El golpe en frío fue letal. Con el viento muy fuerte desde el comienzo y previsiones que asustaban, el de Barrika cambió su modus operandi, dejó la madera 3 en la bolsa y sacó de paseo el mazo. Su primera bola a la arena. No lo sabía, pero en ese búnquer enterró todas sus ambiciones. El undécimo puesto final así lo demuestra.

Fue un brusco despertar. Esa bola quedó muy cerca del peralte de la trampa. Rahm aún estaba al ralentí, también en su solvencia para pensar. En lugar de pecar de cauto, buscó escapar de allí por la puerta grande. Su optimismo chocó contra el final de la pared de la duna y la pelota volvió a su casilla de salida. Un accidente que tuvo nocivas consecuencias en su tarjeta. Doble bogey, resta de dos golpes al saldo que imaginaba podría llevarle a los puestos estelares, como así debió ser. Su compañero de faena, Tony Finau, hizo una vuelta correcta, seria, inteligente. Cerró el grifo del riesgo y con el par en el día se encaramó al tercer puesto en solitario. Eso son muchos euros, muchos puntos y mucho ego alimentado.

De golpe, bajo, Rahm se había quedado resignado a pelear por metas que no le llenan. Es lo que hay. Y pudo ser peor, porque inició una querencia a la destrucción que tenía más que ver con la ausencia de suerte que con el mal juego. Corbata en el 2, corbatón en el 3 que implicó otro bogey, medio paso corto un putt en línea desde nueve metros en el 4 y repetición de la maldición arenosa en el 5. Había sido una salida para llevarle a hombros, pero la bola picó en green y rodó a la deriva de la derecha hasta acabar en el búnquer. Moviola. No la saca a la primera y de milagro al segundo intento, con toque en la cresta de la trampa y avance de sólo un par de metros en el rough. Otro bogey.

«¡Manda huevos!», dejó escapar en un castellano inmaculado cuando recordaba lo vivido. Sólo había cubierto cinco hoyos, que coinciden con los más vulnerables de Royal Portrush, y ya se había forrado perdiendo cuatro golpes, conminado a unos dividendos ajenos a su cotización real. Y con la amenaza de que el día, damos fe, se estaba poniendo muy malito en lo climatológico. Las cosas del golf. En las trece banderas restantes, que incluyen auténticos suplicios para el jugador, cumplió con el par. El mundo al revés.

Lo que nunca hizo fue dejarse ir, ausentarse del torneo visto que trepar por la tabla era complejo. Aunque siempre tuvo el Top10 a su alcance, dado que el domingo, auténtico ejemplo de un Open Británico de los de toda la vida, zurraba a casi todos por igual. Molinari (-5) fue la gran excepción, favorecido por un turno tempranero mucho más benévolo de lo que acabaría por llegar. Finau y Reed, entre los de la planta noble, al par. El resto a facturar: Lowry y Fowler (+1); Westwood y Willett (+2); Fleetwood, Koepka y Noren (+3). Rahm (+4).

El «jueguen» del hoyo 11

En ese espíritu obsesivo por seguir peleando, dejó el golpe del día en el 8. Partiendo de una bola oculta en la maleza la colocó a poco más de un metro de la bandera con un golpazo que hasta le repercutió en su muñeca derecha por lo que desbrozó con el swing. Sin saberlo, pero sí sintiéndolo, nos adentrábamos en la boca del lobo. Desde el 10, el viento se ceba con el itinerario. Lo del hoyo 11 fue casi dramático. El diluvio trufado con torbellinos violentos de aire. Rahm estaba en el tee de salida y era imposible pegar la bola. Gaviotas a cincuenta metros, una cortina de agua que impedía ver nada. El 'Marshall' fue paciente pero acabó casi con el «jueguen». Finau alucinaba. En adelante un infierno del que el vizcaíno consiguió salir con una sonrisa. Buscó el fallo por la derecha en el 18 para su entrada triunfal. Lo consiguió. Otro golpazo, birdie y una ovación de las que ponen los pelos de punta. Aunque sea por un instante se quedó sólo con lo bueno.