Una picadura final tras una gran vuelta de Jon Rahm

Salida con madera de Jon Rahm en el tee del hoyo 7 de Copperhead. /AFP
Salida con madera de Jon Rahm en el tee del hoyo 7 de Copperhead. / AFP

Llevaba la segunda mejor tarjeta del día cuando falló un putt de metro y medio en el último hoyo, aunque está en el Top10 y bien colocado en las apuestas

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Cuatro horas y media de juego y lo que perdura camino de la casa club es la oportunidad perdida en el último hoyo, lo que debió ser el golpe que rematara una gran jornada. Un putt de metro y medio para par con el que firmar sexta plaza y tener a los líderes a un par de golpes. Jon Rahm rumiaba la corbata, la picadura de la 'cabeza de cobre', la serpiente que da nombre a esa bandera. Le parecería injusto y posiblemente lo fuera. Aunque con el paso del tiempo y tras arroparse con su mantra de «es golf» fueron recuperando espacio los motivos multiplicados que tuvo para reconocerse feliz con su juego en Palm Harbor. El Valspar Championship sigue a tiro, él está bien colocado a ganador en las apuestas y restan dos días apasionantes que invitan a una confianza ciega en el de Barrika, que en la segunda vuelta oficial a Copperhead ya le ha tomado mucho mejor las distancias y el tacto en los greens.

No tardó en recurrir a su duende ayer en Florida. Ya en el 1 necesitó bordar una salida de búnquer desde 21 metros para dejar la bola a un paso y asegurarse el -1. En el 2 sufrió un contacto en la salida con la copa de un árbol. Aún así sacó 50 metros a Day y Simpson, que acabarían despidiéndose del torneo al no superar el corte. Desde el fringe (primer corte) necesitó inesperadamente usar tres veces el putter para embocar. Pero ese bogey lo enjugó al instante con otro golpe de efecto, un putt de siete metros que acabó sin rechistar en la cazoleta. Desde esa bandera hasta el final del primer tramo se mantuvo constante en calle y eso retroalimentó la fluidez del resto de su juego. Combinaba alguna ligera escapada con los hierros con la eficacia de su drive. Entre mazo y maderas, llevaba la bola recta y era cuestión de tiempo y de un hierro eficaz que continuara facturando. Lo hizo de nuevo en el 7 con un buen putt desde tres pasos.

Lo más destacado era que Rahm estaba jugando muy recto. A nivel de línea era un delineante exquisito. Sólo la potencia y algunos botes que no favorecieron le impidieron fabricar media docena de opciones de birdie más cercanas. Tampoco le acompañó la suerte en el 10. Hizo volar la bola 313 metros en la salida, llegó al fringe con el segundo toque y cuando pateaba para colocar el -3 en su tarjeta, la pelota iba directa y pasó por encima de la moneda de marca de Jason Day. Dio un saltito que bastó para desviarla dos dedos. Se lo tomó el vizcaíno con una sonrisa.

Recarga de ambición

Recogió la recompensa a continuación y con una dosis de fortuna, no hay que negarlo. En el 11, un par 5 que recorrió sin tocar calle ni green. Del rough a un búnquer milagroso en el que acabó la bola después de que botara, rebotara y rodara desde un rough horrible, cuesta abajo y abrupto en el que meterle mano era una quimera. Cuatro metros cuesta arriba y el -3 llegaba acompañado del Top10. Siguió motivado y recargaba su ambición con una recuperación desde la arena tremenda. Y en el 13 volvía a tocar pelo, en plan torero. Par 3, la bola sale algo larga al fringe y desde él, a nueve metros, conectó su Spider como si fuera un mando a distancia. Putt épico. Cuatro bajo par en el día (era la segunda mejor tarjeta) y en el global, y sexta plaza compartida.

Siguió. En el 14 entró en acción un retroceso inoportuno; en el 17 chipeó de 15 metros y la dejó a un paso. Y solucionó, o lo parecía, su secuencia búnquer-rough en el final del pozo de las serpientes. Pero la Copperhead le clavó sus colmillos. Lo que no sabe la bicha es que dolorido Jon Rahm es más peligroso.