Rahm se reserva ases para el final

Jon Rahm sujeta el driver tras golpear desde la salida del hoyo 7./Afp
Jon Rahm sujeta el driver tras golpear desde la salida del hoyo 7. / Afp

Empezó como un cohete, con birdie-eagle al 2 y 3, se desinfló y volvió a reaccionar a tiempo para mantener las opciones de ser hoy el primer español en ganar un Mundial

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Nos las prometíamos mucho más felices con la arrancada que protagonizó ayer en la tercera jornada en Memphis. Salió disparado, propulsado como un cohete. Un segundo golpe magistral para dejar un birdie hecho en el 2 y el premio a su agresividad en el 3, echándole un pulso al agua, librando mojar la bola por dos o tres metros para canjear en la ventanilla su primer eagle en Tennessee. Jon Rahm tardó eso, tres hoyos en enviar un sonoro aviso a los navegantes. En media hora volvía a ser colíder con Fitzpatrick y al poco rato mantuvo la plaza en solitario cuando el inglés se atragantó en el hoyo 4. Avanzada la cinta unas cuatro horas, comprobar que el de Barrika no cerró el día en un puesto más estelar que la cuarta plaza compartida, a tres golpes de la mejor tarjeta de McIlroy (emulando el -8 del jueves del vizcaíno), podría provocar cierto rictus de bajón. Pero no es el caso. El TPC Southwind reparte coces y sólo un par de elegidos se libran cada día.

Sabe Rahm que puede estar entre ellos porque lo hizo. Porque ha pasado por un liderato sólido, ha sabido pagar una factura prohibitiva a un viernes sin brillo y ha concluido, por ahora, sin marearse en la montaña rusa en la que viajó el sábado. Y también conoce que la maldad del campo es de ida y vuelta. Y que nadie en un rango de cuatro o cinco golpes puede ser descartado por lo rápido que se modifica el panorama. Parece que la paciencia tiene un valor añadido aquí, como ha demostrado Rory McIlroy. Vigésimo cuarto el jueves, decimotercero el viernes y ayer líder en solitario en uno de esos días, que parece no se repiten seguidos, en los que a sus ojos los agujeros parecían de la anchura de neumáticos. Se puso ciego a patear y atinar en una franja de entre seis y once metros, como si se tratara de una atracción de feria trucada, todas las bolas para adentro. Un pasito más avispado e intenso que Koepka, esa alimaña que no avisa de su llegada, que sabe proteger su rastro hasta que emerge junto a la yugular de la víctima.

Con una jauría así se las está viendo Jon Rahm en el FedEx St Jude. Nada que extrañe, por otra parte. Hablamos de la élite mundial. De jugadores que parecen llegados de otra galaxia. Y el vizcaíno, lejos de desentonar, exige su espacio entre ellos. Las pasó de todos los colores. Se comió tres corbatas, esa suerte fatal en la que la bola se mofa de sus intenciones y decide pasar de largo cuando parte de su volumen ya ha cedido. Se complicó la vida en el 6 pero no puede reprochar nada ya que un árbol devolvió la pelota a la vida en lugar de quedar fuera de límites y penalizado. En su debe el tripateo del 8, un par 3, para completar cuatro metros. Se dio un respiro cazando la novena bandera, casi emboca de 16 metros en la siguiente y le cayeron dos rejones seguidos gastando, además, otro comodín con una bola en el 11 que buscó el agua con ansiedad. Pero siempre tiene reacción. Recuperando el putter desde cuatro y seis pasos y diciéndose a sí mismo que le quedan ases para ser hoy el primer español que gana un Mundial.