Paralizado por una corbata a media jornada

Paralizado por una corbata a media jornada
EFE

Jon Rahm iba como un tiro cuando la bola le hizo la cobra en el hoyo 8 y en adelante tuvo que luchar a brazo partido para consolarse con la resta de dos golpes al liderato

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Una corbata tamaño XXL en el hoyo 8. Si hay que buscar un punto de inflexión a la vuelta de Jon Rahm ayer en East Lake fue ese instante. Venía como un tiro en el arranque de la final de la FedEx Cup cuando en ese punto del itinerario le esperaba su cuarto birdie, a uno cada dos hoyos. Pero la bola le hizo la cobra y le quebró algo. Entraba sumisa desde dos metros, comenzó a desaparecer del plano del piso para emerger con carga de golpe de efecto. Tres cuartos de ruedo recorridos para hacerle jurar en arameo al jugador de Barrika. El consuelo, dos horas después, que había restado un par de golpes al liderato.

Puede parecer exagerado concentrar en uno de los 68 golpes que dio la clave de su resultado. Pero no hay otro motivo aparente que explicara cómo se le cayó la vuelta, hasta entonces inmaculada. Sólo había fallado la primera calle y fue por centímetros. Pateó para birdie desde seis y cinco metros para calibrar su armamento y la tercera bandera ya constó como conquistada. Y por dos dedos no figuró como eagle tras el bolazo de más de 150 metros que soltó el vizcaíno. Le supuso más placer que rabia ver al llegar al green lo cerca que había dejado la pelota de la diana.

Su escritura era un ejercicio de limpieza, de renglones paralelos, ordenados, sin tachones. No acaba de rebajar la barrera de los cinco metros en los aprroachs, pero se sentía solvente porque la bola nunca se alejaba del lugar donde planeaba colocarla. Cazó, como es obligación inexcusable, el primer par 5 (el hoyo 6) y rubricó el mérito con un putt desde ocho metros en la siguiente bandera. Dos birdies seguidos que le acercaban ya entonces a tres golpes de un liderato de Justin Thomas que no tardó mucho en tambalearse. Cabe reseñar, es de justicia, que aquí los putts poco tienen que ver con el tiralíneas. Impera el uso de los transportadores que nos traían por la calle de la amargura a los estudiantes de letras.

Pero llegó el bajonazo, ese pitón con el que no contaba y que de algún modo le alcanzó, aunque tardara mucho en sentir la herida. Porque a la corbata que se burló de su buen juego le siguió otro putt desde dos pasos y medio que no entró, en esta ocasión por demérito en la ejecución. Cerraba los primeros nueve hoyos con la desazón de no haber podido acceder al rebufo del vagón de cabeza. Generalmente, lejos de pasarle factura, activa un resorte que le suele guiar por la senda de la recuperación. No fue el caso.

Fastidio multiplicado

En el tramo de regreso hacia la casa club perdió la perspectiva desde los tees de salida. Rough y búnquer en el 10, un green doce metros lejano en el par 3 del 11, otro arenal visitado para llegar con retraso al tapete en el 12. La regularidad, tacto y puntería anteriores se habían difuminado. Y el fastidio se multiplicaba porque la nómina de líderes comenzaba a repartirse pinchazos cual pelotón rodando sobre tachuelas. Sólo Schauffele, ganador de este torneo en 2017, mantenía su rumbo sin derivas. Los Thomas, Koepka, Cantlay y compañía se metían en charcos inesperados y el liderato se estancaba. Desperdició Rahm otra gran ocasión en el 14 al no poder salvar un par desde metro y medio -ya había superado antes un par de momentos confusos para sus intereses- y ese bogey lo contestó de inmediato embocando desde cinco pasos en el green del 15. Estaba a tres golpes de la cabeza y quedaba el último par 5, otra bicoca como rezaba la estadística. Pero se le fue la mano. No una, dos y casi hasta tres veces. La bola parecía ingobernable y le encasquetó el segundo tachón del día. Al final, donde y cuando más le duele. Hoy va a salir con ganas de revancha.